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En este sector presento los c.ds. que he publicado recientemente.Es una propuesta nueva y un desafío que me interesa llevar a cabo en los tiempos que corren.
Diez Cuentos Pops
Entiendo a la Literatura como la materialización de sueños que, de una u otra manera nos persiguen a lo largo de nuestros días. Entiendo a la Literatura como el vehículo que nos permite compartir esos sueños. Esos sueños, a veces, terminan persiguiéndonos a lo largo de nuestras semanas, de nuestros años, de nuestras vidas. Y si digo materialización, hablo de material. El material más fantástico que pudo entrelazarnos con la Literatura es el papel. Porque el papel, y tal vez no haga falta reiterarlo, convertido en objeto libro, nos ha permitido construir una amistad con la Literatura, por ende, con los sueños de centenares de señores, señoras, muchachos o chicas que se atrevieron a plasmar en papel sus sueños, durante todos estos siglos que abarcan nuestra cultura humana. Gracias al objeto libro, pudimos apegarnos a la Literatura, de tal modo que nos hemos acompañado mutuamente en viajes, en esperas de turnos clínicos, en tardes primaverales debajo de algún árbol, en largas noches de insomnio. A tal punto nos apegamos a la Literatura que esa legítima amistad acabó por convertirse en amor, y así pudimos llevarla a nuestros lugares más íntimos, como la cama, por ejemplo. Amamos esos objetos libros, porque amamos su contenido. Amamos ese objeto libro porque nos es fiel, porque aún con el paso de los años, siempre está allí, en algún sitio de la casa esperando una caricia, un abrazo, una lectura que es la materialización de la conversación con la Literatura.
Con el transcurso de los años, sobre todo durante el siglo que pasó, el veinte. Nuestro siglo. El siglo en que nacimos. Han ocurrido avances en la creación de materiales que sean capaces de contener cultura: música, cine, Literatura. Esos materiales fueron adoptando diversas formas, hasta concluir en ese objeto finísimo, redondo, brillante como el cromo, llamado Disco Compacto. Entonces, uno, que es una especie de traficante de sueños propios, comienza a pensar en cómo incorporar esos sueños en forma de Literatura, para que vengan a sumarse a esa irrefutable aventura de amor que tenemos con el libro de papel. Grabar un disco que contenga Literatura no es algo que podamos llamar “original”; pues ya lo han hecho otros escritores. Ya desde épocas de vinilo y de cassette han circulado sueños que nos han permitido realizar rondas de amigos, café de por medio, para escuchar Literatura. La tecnología de nuestros días nos permite la construcción de discos mixtos. El C.D. de hoy puede, si lo construimos para tal fin, leerse en la P.C. y escucharse en cualquier equipo reproductor de estos discos. Ésto nos da la posibilidad de acercarnos con nuestros sueños al descanso del trabajador mientras almuerza, a quien va manejando un coche y enciende el reproductor para escuchar Literatura. Nos da la posibilidad de acercarnos a aquellas personas que, por dificultades visuales se han visto obligadas a dejar de leer. Tampoco esto último es original porque, lo hemos visto en la internet, ya hay una enorme cantidad de bibliotecas parlantes a disposición de millones de personas en el mundo. También, el disco objeto nos ofrece la oportunidad de cargar fotos, tal vez de lugares donde transcurre ficticia pero certeramente la Literatura. Y nos ofrece la posibilidad de realizar tiradas pequeñas, como es este caso de “Diez Cuentos Pops”, que se van expandiendo en función de las necesidades de difundir nuestra Literatura. Este C.D. forma parte de un Proyecto de Literatura que intentará ganar el corazón de los lectores/oyentes, por lo menos hasta que se corte la luz, o se acaben las pilas. Aún así, sabemos que nuestro fiel objeto libro papel estará esperándonos, en algún sitio de nuestra casa.
raúl astorga
Diez Cuentos acerca de mi ciudad
Son historias que transcurren en sitios de mi ciudad que no siempre ve toda la gente.
Son cuentos breves que pueden escucharse en cualquier equipo de audio, y pueden verse en P.C. donde fotos y videos reflejan lugares que tienen un contacto estrecho con la ficción.
Diez cuentos acerca de mi ciudad ingresa como literatura en los formatos actuales, sin dejar de lado su esencia: narrar historias que intenten cautivar al lector.
Este C.D. está apareciendo en abril de 2008.
Acerca de Diez cuentos pops:
Son cuentos que tienen algún punto de contacto con canciones que se han cruzado alguna vez por la vida de su autor.
Adelanto: Tiempo para caminar
Desde que era chico, muy chico, tuve la idea de encontrar un lugar desde el cual, caminara hacia donde caminara, pudiera ir hacia el sur. Al fin lo logré, por circunstancias obligadas, pero me encuentro andando sin parar y contemplando cómo está el mundo. Sé que ella me espera en el sur, como hemos convenido. Pero ambos sabemos que cuando llegue, ya no seré el mismo. Es el riesgo. Seguir estos caminos me ha hecho pensar que no importa el tiempo. Ayer anduve entre edificios de cristal de cuarzo, merodeando el afán de los más perturbadores arquitectos que intentan propagar su fama. Quién puede asociar ese paisaje con un tipo que sólo ingresa en un comedor a comer, por necesidad; no para cargarse las pilas como hace la mayor parte de estos seres disgregados. La gran guerra nos dejó esta ocasión de cruzarnos casi sin vernos. Sin embargo, hay esperanzas en este chofer que me lleva en su vehículo hacia las afueras de la ciudad. Me dice que caminar por aquí es peligroso y que las patrullas no defienden a quienes se empeñan en ir hacia el sur. Esta mañana, crucé velozmente los campos abrumados por la eterna sequía. Las pantallas de los medios de información afirman que jamás volverá a crecer una planta. Sin embargo, al mediodía pude ver el sol que se muestra firme, eterno y dispuesto a esperar el tiempo necesario que permita volver a creer en la humanidad. Me senté junto al río, vacío, rasgado, azul de la nada que dejó ese maldito azufre que esparcieron alguna vez. Miré alrededor, sin hallar siquiera un perdido compañero a caballo. Claro, si ya no existen esos animales, aunque me empeñe en creer en ellos. La esperanza de cruzarme con un perro que me siga, tampoco. Sin embargo, hay algo en el paisaje que lo hace poseedor de una belleza macabra. Por la tarde sigo hacia el sur, cruzando canales, monumentos en ruinas erigidos en otra época por los ausentes, y selvas amazónicas resecas y altivas por su gris apagado. Ya, a esta altura, no hay ellos; sólo nosotros como vine sospechando desde tiempo atrás. Y sigo escandalosamente hacia el sur, bordeando el Paraná que perdió todo menos su nombre. Perdió su sabor, su color marrón, sus pueblos a ambos márgenes. Mientras el sol cae, o caigo yo, según se mire, llego a destino. Aparecen las primeras estrellas, y la veo. Está sentada de espaldas a las cuatro torres que marcan nuestros puntos cardinales, sobre un montículo deprimido, contemplando con sus ojos de mirar al infinito el río que ya no existe. Me espera porque sonríe cuando me ve. Su rostro se apaga, pero permanece la silueta de su cara, de perfil, a contraluz de la incipiente luna. Le digo que es verdad: estamos solos. El primer mundo es de los androides, y todos los calendarios que pude ver marcan el 2999. Me rasco el antebrazo ante la primera picadura de mosquito que sufro desde que salimos a la superficie. De pronto, se oye un sonido que habíamos olvidado. A metros de allí, un destello violáceo nos guía hacia la infatigable alarma. Nos acercamos para ver. Es un teléfono celular, solo en la inmensidad cósmica del universo. Nos miramos apenas. Ella lo levanta y me pregunta: quién podrá ser a esta hora, y desde dónde.
(Septiembre 2006)
Adelanto: Calle nueva
Llegó con paso lento, como lo hacía de costumbre. Decía, con convicción, que caminar despacio con la valijita de chapa gris, bien limpia aunque estuviera rayada, era también una especie de publicidad. Afirmaba que la gente lo veía y le tomaba el teléfono que exhibía en una calcomanía que llevaba pegada a los costados de la valijita: si paso rápido, me pierdo una enorme cantidad de clientes, y los tiempos no están para desperdiciar changas. Golpeó la puerta de esa casa señorial y, mientras esperaba que alguien abriera contemplaba la calle, el empedrado, el paredón y los añosos árboles que ofrecían una generosa sombra.
Abrió Matilde Ribolza Núñez. Ella misma lo había llamado, porque se lo había recomendado en un té de otoño una amiga con la que, en otros tiempos, había recorrido el mundo. Lo miró de pies a cabeza, se acomodó los anteojos de carey y lo invitó a pasar. Matilde le pidió que la siguiera hasta la cocina.
Cruzaron la sala de estar, un ámbito oscuro de cuyo techo colgaba una araña del siglo diecinueve que tenía dos lámparas de bajo consumo solamente y apagadas. Algo de luz entraba por el ventanal. Él casi se lleva por delante el antiguo piano que descansaba a un costado tapado por una enorme tela de raso de color cobrizo. Cuando llegaron a la cocina, Matilde le explicó cuál era el problema: la canilla goteaba demasiado y no la dejaba dormir de noche. Él le comentó que había que cambiar el vástago completo y que eso le podía salir unos setenta pesos. Matilde le dijo que no había inconveniente, si el trabajo estaba bien hecho. Él le aclaró que tenía que llegarse hasta un negocio de repuestos para sanitarios que había en la calle Mendoza, y que para eso tenía que cortar el agua, sacar el vástago y llevarlo para que le vendieran la medida exacta. No importa, dijo ella, total estoy viendo la novela de la tarde, vaya tranquilo.
Él salió. Antes de tomar hacia Mendoza contempló una vez más la cuadra, el empedrado, el paredón, los árboles. Recordó que, cuando era pibe, su padre pasaba en bicicleta por allí y le llevaba las pelotas de tenis que caían sorpresivamente desde atrás del paredón. Un día lo trajo en la bicicleta, un domingo, y a él le pareció mágico que las pelotas pasaran como si nada, porque no veía a los jugadores. Movió la cabeza para ahuyentar el recuerdo y caminó en busca del vástago.
En media hora estuvo de vuelta. Mientras esperaba que Matilde le abriera, su vista recorrió el empedrado, el paredón, los árboles. Matilde le abrió y le pidió que se apurara, porque se perdía el capítulo de la novela. No sabe lo linda que está, dijo con entusiasmo. Muy pronto estuvieron los dos en la cocina, ella sin sacar la vista de la pantalla y él en la faena de cambiar el vástago con su manera tan meticulosa de reparar.
¡Claro, ahora la maltratás, pero en “Las siete rosas” bien que te gustaba porque ella era rica y vos un triste jugador! exclamó repentinamente Matilde. Él la miró sin comprender. Matilde notó esa mirada y le aclaró que se refería al actor, que ya había trabajado junto a la actriz con la que jugaba la escena en ese momento. ¡Ahora te quiero ver! ¿Qué le decís al padre? ¡A ver si sos tan guapo, ahora! Se envalentonó Matilde. Él giró la llave caño y reclinó el cuerpo para espiar la pantalla del televisor. Matilde notó esa curiosidad y le aclaró que el padre de la chica había sido el protagonista de “Pendenciero”, una telenovela nocturna que tuvo al país en vilo hacía ya casi treinta años.
Cuando él terminó su trabajo se dio cuenta de que también terminaba la telenovela. Matilde apagó el televisor y le ofreció un café. Él aceptó. Se había levantado demasiado temprano y aún tenía que hacer un par de domicilios más. Mientras él saboreaba el café, Matilde fue a buscar el dinero para pagarle. Al volver a la cocina le dijo: usted no va a creer, pero estas cosas que muestran en las novelas pasan. Y le confió: yo conocí un caso, la sobrina de la hermana de la nieta de mi bisabuela, porque eran tres nietas, se enredó con un hombre que parecía tan caballero, y sin embargo, supimos por la hija de la hermana de la madre de esa sobrina que le digo, que el hombre, el que parecía caballero, le pegaba cuando volvía borracho del hipódromo. Él se limpió la boca con la servilleta de papel que Matilde le puso en la mesa, entrecerró los ojos como haciendo un cálculo y acotó: usted me habla de una prima hermana suya. ¿La conoce? preguntó espantada Matilde. No, señora, la escuché atentamente y todo es cuestión de recorrido genealógico. Se levantó de la silla y le dijo que la canilla no iba a gotear por mucho tiempo. Matilde le pagó y le pidió que la acompañe hasta la puerta.
Él contempló el entorno y le dijo: usted sabe, creí que ya era una calle nueva ésta, que estaba pavimentada con macadam; yo pasaba por aquí con mi viejo cuando era chico. No me diga, sonrió Matilde, nosotros vivimos aquí de toda la vida, esta casa era de papá. Él le tendió la mano. Matilde le dijo: si tengo otro problema lo llamo. Y lo vio alejarse con la valijita gris, y vio que, de tanto en tanto, se daba vuelta para ver el empedrado y el paredón y los árboles que, ya a esa altura de la tarde, cubrían con su sombra la mayor parte de la cuadra.

