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Mentiras Argentinas

  •  -¿Qué sucede cuando un hombre, Lüar Nömar, es abandonado por su mujer, y lo deja  parado en el medio de la vida, a los cuarenta?
  • -¿Qué sucede cuando Hamlet Caporosso, se refugia en la amistad de Lüar y viceversa?
  • -¿Qué sucede cuando estos personajes intentan sobrevivir, rodeados de mentiras argentinas?

  • -Sucede la vida en una blognovela que vos podés acompañar y comentar en todos sus capítulos.

  •     Novela escrita como la vida, sin corrección, espontáneamente. Publicada entre octubre de 2005 y abril de 2006, permanece en la red tal cual, porque los argentinos somos incorregibles. Hacé click y entrá en el mundo de “Mentiras argentinas”.

Ahora se puede leer directamente en este link

Viernes, 28 de octubre de 2005

SEDUCIDO Y ABANDONADO


La semana pasada, se levantó histérica, como lo venía haciendo desde hacía varios meses, cuando encontró en el cajón más chico de mi escritorio una cantidad considerable de fotos de chicas en tetas y en culos al viento. Jamás comprenderé del todo a las mujeres que me han rodeado desde que una de ellas me arrojó a este mundo inmundo. Porque los consejos vinieron por parte de ellas: para sobrellevar una excelente relación, sobre todo sexual, hay que alimentarse de fantasías. Y de ese modo llegaron a mi cajón esas fotos. Claro que, en mi puta vida iba a pensar que una de esas chicas que posan alegremente en distintos sitios webs había hecho las escuelas primarias y secundarias con ella. Y allí fue cuando se le puso en la cabeza que le ocultaba algo. Bah, sin eufemismos, que le ocultaba una relación con esas chicas. Lo cierto es que después de telefonear a todas sus amigas y tías y primas y madres habidas y por haber, de consultar con ellas, de medirme, y de juzgarme, vino la sentencia: me voy con todo, pero para que veas que tan mala como vos no soy, te dejo tu PC.
Así fue como comenzó esta historia. Así fue como cambié, involuntariamente, milanesas quemadas de ambos lados y fideos pasados todos los mediodías, por una relación, no tan fría después de todo, con este aparato que tanto auge tiene hoy en día en todo el mundo. Hasta le puse un nombre. Porque si ella tenía un nombre, ésta también debe tenerlo. Así que mi fiel, hasta hoy, compañera, se llama PeCa. Como poco, eso sí, nunca supe cocinar más que algún huevo hervido y algún bife tostado en la plancha que heredé de mi hermana, la divorciada seis veces, con seis hijos, cuán engañada la pobre. El costado positivo de la cosa es que, por fin, pude bajar un poco la barriga de conviviente que me acompañaba desde que ella estaba a mi lado. Hay ecuaciones que son invariables. Convivencia con mujer hincha la barriga; separación de esa misma mujer devuelve físico de deportista de primer nivel.
Otra cuestión importante que cambia es que salir a la calle ya no requiere de tantas precauciones y no sobrevienen tantas preguntas si te cruzás con alguien que no conocés y te ponés a charlar. Como el pibito que me encontré en la vereda esta mañana, cuando fui a comprar un sandwich para el almuerzo. Él me contó la primera anécdota que me llevó a conseguir una columna en el sitio de unos locos amigos. Luego de pasarme la historia, me cobró poco: comprame un sánguche (por sandwich), Lüar, me dijo. Y se lo compré, por supuesto. No hay que ser mal agradecido. Este pibe y esa columna me han hecho olvidar por algunas horas que di mi vida a una mujer, y así me fue. Ella me sedujo con sus palabras, con sus pollos al horno, que después supe eran comprados en la rotisería de la esquina, con sus caricias eternas y su reproductor de CD a fuego lento con canciones de Sabina, con sus susurrantes poemas pasados de moda de Kerouac, con sus caminatas a orillas del río (porque mi ciudad está a orillas del Paraná) que duraban toda la madrugada, cuando éramos capaces de andar desde la estación Fluvial para terminar enredados de cuerpo y alma frente al estadio de Central como fondo celestial. Pensar que vivimos y soportamos rodeados de mentiras argentinas como el árbol más fuerte frente al voraz tornado, para que ella, de la que no quiero recordar su nombre, encontrara la excusa más nimia para irse detrás de no sé qué. Pero no voy a llorar inmerso en una supuesta crisis de los cuarenta. No. Voy a caminar, para contarles a ustedes, mis lectores, todo lo que vaya hallando en el camino.

Viernes, 04 de noviembre de 2005

El dato del pibito

El pibito, cuyo nombre para que lo vayan conociendo es Felipe, me tiró un dato importante para mi columna seria (la del portal de mis locos amigos). Me dijo que escuchó, en el bar donde pasa ofreciendo un periódico alternativo que venden chicos de la calle e internos de un psiquiátrico, acerca de un tipo que va a abrir un supermercado y va a tomar a sus empleados en regla. ¡Un notición! Que un supermercadista de mi ciudad inscriba como corresponde a un trabajador en los registros de la secretaría de trabajo de la provincia es una nota irrepetible. Porque, no me olvido que escribo para todo el orbe, muchos supermercados, de esta zona, están plagados generosamente de pasantes (eufemismo por trabajadores en negro, o con sueldo rebajado, o sin carga social). Incluso uno de ellos fue lastimosamente señalado por un medio hasta que tomó una medida que hizo desaparecer la noticia de las incorruptibles páginas del periodismo de mi ciudad. ¿Cómo? ¿Con enconadas amenazas de muerte? No. ¿Con algún boicot publicitario? No. ¿Cómo, cómo, cómo? Aumentando los paquetes publicitarios en los medios. Hoy ese supermercado está en todos los medios, a cada hora, minuto o segundo en que enciendas una radio o un televisor. ¿Y qué medio está dispuesto a despreciar esa cuenta? Antes, los directivos de esos medios, venderían un hijo. Por eso era noticia lo que me comentaba Felipe, mi informante. Por ende, decidí localizar al supuesto inversor, no sólo para hacerle una nota, sino para felicitarlo por sus virtudes de buen ciudadano y, de paso, ofrecerme como redactor de sus publicaciones, de sus folletos con promos de productos baratos, de sus notas institucionales o de los cartelitos que adornan las góndolas sugiriendo calidad y precios especiales.
Fui hasta la parada del colectivo (bus, para todo el ciberorbe), dispuesto a esperar una media hora, tal el eficiente servicio que nos brindan estas empresas de transporte. Recordé a Hamlet, no el hijito de Shakespeare, sino Hamlet Alfredo Caporosso, un ex compañero de la secundaria. Odiaba tanto a los empresarios del transporte que vivía señalándolos como enemigos de la ciudadanía, afirmando que sus empresas quebraban porque se jugaban las jugosas ganancias en un casino de Corral de Bustos, una localidad cordobesa. Allá por los años ochenta, era frecuente ver en los medios de comunicación a empresarios del transporte que imploraban por un aumento en la tarifa bajo vaticinio de que en una semana no podrían prestar más servicio y la gente se tendría que arreglar como pudiera. Ésto a Hamlet lo irritaba sobremanera y organizaba unas campañas en solitario que consistían en diseminar miguelitos (tachas, clavos) con el fin de reventarles los neumáticos para que tuvieran más pérdidas aún. Incluso un día, viajando en el último asiento, contra el que da la puerta trasera al abrirse, hizo fuerza con sus pies al unísono hasta romper el vidrio de la misma cuando bajó un pasajero. El chofer escuchó un ruido extraño, levantó la cabeza, observó por el espejo y, como lo único que halló fue a Hamlet durmiendo, siguió la marcha normal. Sin embargo, Hamlet al bajar sentiría una de las satisfacciones más grandes de su vida al haberle provocado a un empresario del transporte un gasto que se podría haber evitado. Lo cierto, es que el colectivo llegó como lo hacía habitualmente: tarde. Así y todo fui en busca de ese hombre que sería noticia en mi columna seria. Iba mirando por la ventanilla, con la atención que merece todo escritor, cuando la veo a ella (no me sacarán el nombre, por ahora). Parecía alegre. Sé que sólo es producto de mi imaginación. Parecía espléndida. Había cambiado su peinado por uno similar al de las modelos que publicitan sin pudor champúes por doquier, en la tele, en las revistas, en los afiches callejeros. Estaba parada frente a un comercio de venta de bijouterie dispuesta, seguramente, a comprarse esos aritos de plata con forma de delfines que le negué hace un par de meses porque tenía que cambiarle el cartucho de tinta negra a la impresora de mi PC. Me recosté en el asiento para que no me viera (podría hacerlo a través de la vidriera), consiguiendo que el inspector, que recién acababa de subir, se abalanzara como un huracán hacia mi humanidad para pedirme la tarjeta magnética donde constaba la marca de mi pasaje. Al comprobar que todo estaba en regla se alejó dándome las gracias que su patrón no le daría por la alcahuetería. El colectivo avanzó unas cuadras pero ella se quedó por un rato en mi agenda mental. Bajé en la esquina debida. Llegué hasta la oficina y antes de acercarme a la chica de formal estampa que se limaba las uñas con esmero detrás del escritorio, decidí dar media vuelta y seguir vagando por las calles para recalar donde ellos me esperan siempre. Mientras caminaba, preguntándome por qué si deseo borrarla de mi mente, aparece como un signo de mi debilidad, o ante mis ojos, como un graffiti pintado con sangre en una pared color crema gritando una consigna callejera. ¿Por qué?
Para entretenerme, y olvidar un poco el mal trance, al pasar por una funeraria vecina, vi que su portón se abría y se cerraba automáticamente aunque no se acercara ningún coche. Aposté conmigo mismo que sería capaz de arrojar mi birome adentro cuando se abría el portón y la sacaría antes de que se cerrara. Lo hice. Al ingresar a la playa, donde había varios coches estacionados, me resbalé. Ésto me hizo perder unos segundos, los suficientes para que, al darme vuelta viera que el portón ya se cerraba totalmente. Aunque corrí, quedé atrapado. Miré a mi alrededor para solicitar alguna ayuda. Fue cuando venía una mujer espigada, vestida de negro, con la nariz colorada de tanto llorar, que se aferró a mí como a una tabla en pleno naufragio. Varias veces musitó: viniste, viniste. Luego me llevó a la sala y me convidó con café. Cuando salí me di cuenta que ella estaba completamente sola y que debí acompañarla al cementerio a dar su último adiós. Llegué a casa y me acosté. Calculé que ellos seguían esperándome, pero ya era tarde. Me dormí.

Viernes, 11 de noviembre de 2005

Sueños, sólo sueños

Algunas semanas transcurren como si las anteriores no hubieran existido. Ésta que pasó, me ha inducido a creer que por años no había soñado tanto, y por eso vinieron todos los sueños juntos. El domingo, por ejemplo, tras recibir el impacto de encontrarla en el parque rodeada de amigas a las que hacía varios años que no veía, tuve un sueño que se pareció más a una burla grosera que a otra cosa. Ella, sí, amigos y amigas lectores y lectoras, de ella hablo, tomando mate con severos anteojos para sol, cual estrella hollywoodense tras divorciarse de Brad Pitt. Y en el grupo, por supuesto, estaba la insoportable de Cristina Wolf, una especie de Jeanine Garófalo sin su simpatía, que tuvo un altercado conmigo años atrás en una fiesta de fin de año en una quinta de Funes, a metros del aeropuerto, en pleno estado de no superar una prueba de alcoholemia. Porque yo siempre estuve ferozmente enamorado de ella (mi ex) y Cristina no se lo bancó. Competencia pelotuda entre amigas (¡qué amigas!). Les decía que el domingo sobrevino el primer sueño. Era de noche, en el sueño por supuesto, la luna se reflejaba cual dama nupcial sobre las aguas calientes y nocturnas del Paraná, a la altura del estadio de Central. Allí había un concierto: Diego Torres. Tras entonar a su manera, “Color esperanza”, su remanido tema (y de Coti, valor de mi ciudad, carajo), presentó a su banda: en guitarra fulano, en bajo mengano, en vientos, qué sé yo, un huracán; en batería: Lüar Nömar. Y todo el estadio aplaudiendo, incluida ella, que arrojaba su mate para aplaudir, junto a la Jeanine amarga que compartía el césped, localidad preferencial. Me aplaudían con innegable admiración.
El lunes fue diferente. Todo el día estuve buscándole un significado a ese sueño. Releí algunos libros, llamé a una astróloga que por diez pesos me dijo que si me volvía a ocurrir la llamara nuevamente, y salí a caminar después de cenar un par de familiares de mortadela. Anduve varias cuadras, despacito, con una brisa fresca lamiéndome el rostro, como una canción de Sabina después de una derrota de mi equipo de fútbol. Me acosté tranquilo. Leí unas páginas de un libro viejo de Fresán (el único que me gustó): “Historia Argentina”. Y me dormí. Transcurría apaciblemente la madrugada hasta que comenzó a proyectarse otro sueño. Yo golpeaba el palillo de la batería con suavidad, pero con ritmo incesante. Thelonius Monk al piano. Marsalis al saxo. Y Libertad Lamarque entonando, también a su manera: “Bring on the night”, de Sting. No me presentaban. La gente aplaudía en la oscuridad y yo recibía un mensaje como telepático que aprobaba mi actuación. Desperté con la sensación de volver del paraíso. Fui hasta la cocina buscándole un significado. Preparé café y encendí un cigarrillo. Comencé a practicar poses de Bogart, de Dean, de James Dean, la precuela de Di Caprio. Entrecerraba los ojos e intentaba inventar frases para levantar chicas no tan chicas a mis cuarenta. No sé si lo conseguía. Sólo notaba un progreso en mi forma de fumar, exhalando el humo a menta con suavidad, como seduciendo a la chica invisible que nos acompaña en todo momento (una especie de ángel guardián de la adolescencia, aunque ya no soy adolescente... creo). Ya casi no tosía al fumar, y era bueno, porque la primera vez que lo hice fue el día en que ella me dejó. Me dije: algo tiene que cambiar. Y cambió. Fue estupendo, me sentí más hombre, y supe automáticamente que el dinero que me alcanzaría para tres meses, sin una nueva ocupación, se iba a reducir a dos meses.
Una de las cosas que me sorprendió al realizar el balance fue que hacía mucho tiempo que no íbamos al cine. Creo que fue “Il postino” la última vez que lo hicimos juntos, aprovechando una promoción de dos por uno. La película nos gustó tanto que ella corrió a una librería de viejo para encontrarse con un libro de Neruda, mientras yo pasaba por cuanta lencería se me cruzaba y sólo pensaba en Beatrice Russo (y repetía la pronunciación estirando los labios como un idiota enamorado, al igual que el personaje de Troisi). Ayer sobrevino otro sueño que tiene que ver con ésto, con el cine quiero decir. En la primera secuencia (vale hablar con propiedad), aparecía ella (mi ex) apuntando con un revólver en un restobar y recitando unos salmos o algo así. En la segunda secuencia, corríamos los dos bajo la lluvia mientras de fondo sonaba “Gotas de lluvia caen sobre mi cabeza”, por un callejón en penumbras, mientras detrás de un contenedor para residuos asomaba E.T. diciéndonos: mi casa, mi casa (pobre, pensaba yo, de hollywood a este basural). Todos los pensamientos eran veloces, no daban tiempo a la reflexión, telepatía pura. De pronto hallábamos un par de skates y nos disponíamos a huir de allí, cuando apareció en la punta del callejón Poncharello, el de la vieja serie Chip’s, con su motocicleta al lado y su chapa de policía, apuntándonos sin decir palabra. Como no estábamos dispuestos a entregarnos, disparó. Me crucé y recibí la bala que se dirigía tan rauda como perversa hacia el corazón de ella. Ella no paraba de llorar y de gritar: socorro, llamen a Batman, llamen a Batman. Pero fue tarde. Morí al instante mirándole a los ojos y chorreando un hilo de sangre desde mi boca hasta el cuello de mi camisa, como corresponde a toda película de acción. Pero en el sueño había una tercera secuencia. Ella y yo estábamos en una plaza, frente al restobar, esperando a alguien. Caía el sol cuando apareció Tarantino y nos dio un arma a cada uno, mientras nos decía: cuando diga acción, entren y ya saben lo que tienen que decir.
Me desperté aliviado. Sólo había sido un sueño mal montado o montado a lo “Rayuela”, la novela de Cortázar. Pensé en el dato que me había pasado Felipe. Pensé que debía seguir camino. Y, sobre todo, pensé que tenía que comenzar a acostumbrarme a cruzarme con ella hasta en los sueños. A menos que... me cruzara con Hamlet, el hombre que resistía en soledad.

Viernes, 18 de noviembre de 2005

Hamlet, siempre Hamlet

El fin de semana había transcurrido sin demasiados sobresaltos. Sin ningún sobresalto si tenemos en cuenta que me la pasé en la cama viendo revistas sobre cine y literatura, leyendo cuentos de fútbol, que son más interesantes que los propios partidos, y escribiendo en la PeCa mi columna para el portal de esos locos amigos, que había que cargar el lunes por la mañana. Fue entonces, el lunes por la mañana, cuando iba a salir, que encontré junto a la puerta del lado de adentro un papel con un mensaje de Hamlet Alfredo Caporosso. Me citaba en un bar del centro, para encontrarnos el lunes por la noche. Me decía que tenía una propuesta importante que nos iba a sacar del ostracismo para siempre. Hamlet era así: sensacionalista en los mensajes y realista en el desarrollo de los temas.
No sé si todo el ciberorbe sabe que en mi ciudad se realiza anualmente, en noviembre, la fiesta de colectividades, en homenaje a todos los inmigrantes que se han llegado hasta aquí en busca de prosperidad. Se trata de una semana de muestras culturales y comidas tradicionales que se pueden disfrutar, en general, un par de días porque habitualmente llueve el resto de las jornadas. Se dijo siempre que lo de la constante lluvia era producto de una maldición de gitanos que se vieron impedidos de montar su carpa desde el inicio de esta fiesta. Lo cierto es que este año no llovió un solo día, y todos ya creen que hubo algún indulto gitano, o cosa por el estilo. Sin embargo, este lunes en los medios no se habló de otra cosa que de la elección de la reina de colectividades, de la cantidad récord de gente que concurrió y de lo curioso que fue que no lloviera una sola vez. Yo tendría que haberme preguntado dónde y para cuando se estaba guardando tanta agua acumulada para descargarse sobre nuestra tan querida como odiada ciudad. Debí suponer que terminada colectividades, cuando la zorra rica vuelve al rosal, la zorra pobre al portal, y el avaro a las divisas, las aguas iban a caer de alguna manera. Es cierto que no soy muy afecto al uso de paraguas, objeto inútil si lo hay, que se dobla y se rompe ante la menor ventisca, así que cuando fui al encuentro de Hamlet, siendo las diez de la noche más o menos, tal era la hora de la cita, se desató el aguacero. Mojado hasta las pelotas ingresé al bar haciendo paneo en cada una de las mesas para ver en cuál estaba Hamlet. Cuando lo ubiqué, me acerqué, chorreando sobre el piso la prueba del incidente. Hamlet, que estaba escribiendo algo en un cuaderno espiralado, percibió la sombra de mi humanidad, levantó la vista y no tuvo mejor idea que preguntarme qué me pasó. Silencio. Me senté y pedí un café bien cargado y bien caliente.
Miré a Hamlet con la mirada del amigo que espera un alegato que permita cambiar el sopor de una vida sin rumbo por el ruido de otra con un norte que valga la pena. Hamlet dijo que tenía la justa. Esa sentencia indicaba que la cosa venía cargada, más que el propio café. Me aclaró a la defensiva que no se trataba de ningún rebusque de baja estofa como el de Mariano, un ex compañero en común, en la secundaria, que incorporó a su vida un negocio tan redituable como ilógico para algunos, y estúpido para otros. Mariano registraba gestos y costumbres en la dirección de propiedad intelectual. Y decía que vivía holgadamente de ese negocio. Se jactaba de haber registrado, por ejemplo, sacudirse tres veces el pene luego de orinar. Entonces, había conformado un ejército de inspectores, era tal el negocio, que se ocupaban de recorrer bares, estadios de fútbol, cines y otros tantos lugares públicos, con el único fin de instalarse discretamente en los baños señalados para caballeros, hombres, o men y fiscalizar quiénes sacudían más de tres veces su pene luego de la placentera descarga, tomarle los datos y enviarle trimestralmente el recibo para que puedan abonar el tributo con comodidad en cualquier banco junto a cualquier recibo de t.v. por cable, el agua, la luz, y otros. Hamlet aclaraba que su propuesta no tenía nada que ver con tan espurio negocio que había comenzado a generar traumas psicológicos y escandalosas exposiciones de hombres que salen a un hall de cine, o a la mesa de un bar, con los pantalones mojados porque evitan la sacudida extensa para evitar el tributo. También se han detectado ataques a inspectores y alto índice de consultas a urólogos por problemas de vejiga en hombres que se aguantan cuatro o cinco horas cada vez que salen con sus amigos o sus parejas. Hamlet repitió que su propuesta no tenía nada de eso. Y anunció con elocuencia que en cuanto la escuchara, me iba a caer de culo.
Cuando se acercó el mozo con mi café, giré para hacerle lugar. Mientras dejaba mi pocillo con comodidad sobre la mesa, acompañado por el diminuto vasito de soda, mi vista estaba puesta en la puerta de entrada. No me quedó más remedio que verla. Era ella, empapada hasta las piernas, que en su fino vestido negro semitransparente aparecía tan sensual como lista para una noche post cine con torta de chocolate, mate y canciones de Sabina (ah, y poemas de Kerouac). Fue un momento culminante, lo reconozco, fue como haber llegado al alba en segundos, hasta que toda la magia se apagó cuando vi, detrás, pegándole patadas a un paraguas doblado, a la imbécil de Cristina Wolf. Sí, la devaluada Jeanine Garófalo de las pampas. Me di vuelta para decirle con la mirada a Hamlet que no lo podía creer, pero él estaba embelesado con la figura de Jeanine, a la que estoy seguro veía mientras en su mente sonaba el recordado “I’m singing in the rain. Just singing in the rain”. Se levantó para auxiliarla inmediatamente con el paraguas (se conocían, obvio, gracias a nosotros, aunque histeriqueaban permanentemente), así que ella y yo quedamos cara a cara. Le ofrecí una silla en nuestra mesa y la abrigué con la campera que el mozo tenía colgada en el perchero. Nos quedamos hasta las cuatro escuchando música con mucho saxo y bajo eléctrico. Ella me dijo que en la semana iba a ir para casa a buscar unas revistas que se olvidó cuando se fue. Hamlet y yo las acompañamos bajo la luz de la luna, ya no llovía, hasta el departamento de Cristina, donde pasarían el resto de la noche. Hamlet le hablaba a Jeanine de la importante incidencia de la lluvia y las alcantarillas tapadas en la conformación de parejas duraderas. Nosotros caminábamos en silencio, mirándonos sólo de vez en cuando.
Hamlet me llamó esta mañana para que nos reunamos por el tema de su propuesta. Me habló durante cuarenta y cinco minutos sobre eso y trató de meter forzosamente el tema de las chicas: ella y Jeanine. Le dije que por ahora no pensáramos en otra salida juntos. Aún cuando yo sigo pensando en el beso de despedida de ella, en la mejilla, muy cerca de la boca.

Viernes, 25 de noviembre de 2005

Cómo empezó la cosa

Muchos, algunos o nadie se preguntarán cómo empezó la cosa. Esto de la amistad con Hamlet. Todos en nuestro país llegamos de alguna parte. Y mi familia no llegó del norte como más de uno podría haber imaginado. Lo de Lüar es el apodo que me puso una chica que conocí mucho antes de ella, y que soñaba con irse a vivir a Woodstock con un sueco totalmente rubio que le diera sexo, porros y rock and roll. Pobre chica, ni pudo ir a Woodstock porque estábamos en los ochenta, ni pudo teñirme mi exultante, y extensísimo cabello azabache. Lo de sexo porros y rock and roll se pudo negociar con facilidad. Lo de Nömar, simplemente era para acompañar el apodo y no desentonar, porque, al fin y al cabo, siempre detesté esos afanes de exotismo que conllevaban a hacer surgir personas, o personajes, denominados en sus DNI tan abruptamente como Jennifer Pastacciutti, o Elizabeth Brochalargue, o Washington García. Por qué tanta falacia, si es tan cool llamarse Isabel, Juan, Pedro, o Hamlet.
A propósito, porque por ahí venía la cuestión, la cosa con Hamlet comenzó en la escuela secundaria. Ambos fuimos a una escuela industrial donde estaba, entre el cuerpo docente, toda la flora y fauna de Rosario. Ya por esas épocas, de la dictadura militar argentina, Hamlet comenzaba a resistir. Andaba con algún disco de los Rolling Stones bajo el brazo, que trataba de esconder entre libros de biología e historia moderna y contemporánea. Las profesoras de Matemáticas y Geografía le aconsejaban dejar de lado esa música demoníaca y volcarse hacia las melodías inexplicables de Bach y de Mozart. Hamlet les hacía un alegato que duraba toda la clase acerca de por qué escuchar en ese momento a los Stones, qué representaban, qué se podía cambiar en un mundo que caminaba hacia la fragmentación para siempre. Lo cierto es que Hamlet rompió las pelotas con los Stones hasta que llegó la guerra de Malvinas y, además del cagazo a que nos convocaran como reservistas si duraba mucho más, nos escondíamos en los dormitorios para escuchar música en inglés. En una de esas sesiones Hamlet me confió que odiaba la violencia y la guerra, porque perjudica a la gente común. También me dijo que comenzaba a odiar a las mujeres, porque ellas quieren a los muchachos de autos caros y motos extravagantes. Él no imaginaba a una adorable adolescente asediando, en persona o telefónicamente, a un ordinario muchacho pelilargo que deambulaba por la ciudad con un L.P. de tapa de cartón deshilachado con aroma a sovaco. Hamlet maldecía haber nacido en estas pampas, porque creía que las chicas que él idealizaba nacían, crecían y se reproducían en norteamérica o en Inglaterra. Así fue, entre discusiones y goces musicales, que llegamos al día en que conocimos a ella y a la Jeanine de estos lares. Pero si bien yo me enganché con ella, porque adoraba la poesía y la narrativa en una extraña combinación con un deporte de masas que no viene al caso; Hamlet no pudo con Jeanine, aunque ésta se empeñaba por aprenderse las letras de los Rolling Stones. Aunque cuando íbamos al cine, de a cuatro, Jeanine le susurraba “Miss you”, o “Satisfaction”, a Hamlet todo le sonaba falso. Con el correr de los años siguieron viéndose, amagando a que en cualquier momento se enganchaban con un hombre o mujer respectivamente, sin embargo terminaban tomando cerveza en algún barcito de galería, luego se iban al dormitorio de Hamlet y al amanecer buscaban cualquier excusa para separarse por algunas semanas. Las tostadas mal quemadas, la vieja manteca pegoteada en la heladera Siam de la abuela de Hamlet, o el cuchillo desafilado que no permitía cortar bien el pan, eran suficientes para alejarse uno del otro después de una noche de arrumacos y sexo explícito.
Esta semana encontré a Hamlet en un nuevo proceso de resistencia. Todo el mundo sabe que en febrero del año que viene van a tocar los Stones en Buenos Aires. Lo que no sabe todo el mundo es que Cristina Wolf, la pequeña y amarga Jeanine, compró dos entradas de campo para verlos acompañada de Hamlet. Aunque éste me confió que por el valor de la entrada, esos conciertos iban a estar plagados de profesionales cool y exitosos, burgueses asquerosos que alguna vez detestaron el vinilo y hoy aman el MP3, y modelos que sólo dan la cara en revistas de mierda que se leen en las peluquerías. Intenté darle un matiz positivo a la cosa y le dije que Jeanine se estaba jugando en grande al gastarse trescientos pesos, el ochenta por ciento de su sueldo en la pilchería, para ir acompañada por él al concierto. Pero Hamlet se puso a hacer cálculos de cuántos turnos de telos podría haber significado. Pero si ustedes se acuestan en tu casa, le dije. No importa, es un cálculo, me contestó. Siguió afirmando que se podría haber gastado en no sé cuántas botellas de cerveza, y otros cálculos por demás inefables. Le grité que se trataba de los Rolling, el amor de su vida. Y Hamlet me dijo, lentamente, con dolor, que no iba a ser un concierto para la comunidad Stone. Me llevó a su casa, puso un vinilo en la bandeja giradiscos, de los Stones, por supuesto, y bajó el volumen. Mencionó a Jeanine diciendo que no la iba a defraudar, que la iba a acompañar para escuchar desde afuera del estadio a los Rolling, y que esperaría, para disfrutar de nuevo un concierto de los Ratones Paranoicos en el Anfiteatro Humberto de Nito.
Me fui esa noche sabiendo que Hamlet siempre hace lo que quiere, de una manera o de otra. Y lo sé desde que empezó la cosa.

Viernes, 02 de diciembre de 2005

Monólogo en el bar

El martes por la noche, mientras centenares de sexagenarias producidas pugnaban por ingresar al teatro El Círculo para ver y oír a Serrat, Hamlet me dijo que tenía un circuito a seguir por nosotros dos. Un amigo suyo, Germán, estaba dando sus primeros pasos en el oficio actoral, y esa noche representaba un monólogo en un bar de la calle Mendoza, en pleno microcentro. Ahí fuimos. Saludamos al tal Germán, y luego nos instalamos en una mesa vacía. En realidad, teníamos para elegir, porque todas las mesas estaban vacías. Pedimos una cervecita con ingredientes y esperamos a que se apagaran las luces. Le pregunté a Hamlet cómo se llamaba el acto. “Entre rejas”, me contestó. Y justo en el momento en que no entraba nadie más, comenzó el espectáculo.
(Essel está preso. El marco de la escena puede ser un sitio en semipenumbras, una mesita tipo bar austera y una silla de madera. En lo posible una reja entre el actor y el público, pero no es imprescindible. La ropa que luce es una camisa raída fuera del pantalón, también jean raído y zapatillas de tela gastada.)
ESSEL: -Está bien que siempre fui algo vago. Bah, inclinado al ocio creativo. Pero no merecía ésto, se los juro. (Mira al público) Ya hacía mucho que estaba sin trabajo. Vieron cómo son estos tiempos, para conseguir un laburo tenés que invertir más guita que si levantás un hotel cinco estrellas. Que currículum en carpetas, de esas modernas, de plástico, que sobre papel madera, que fotocopias. Si hasta en los avisos te ponen casillas de correo que no sabés dónde mierda quedan para que tengas que pagar tres mangos en la estampilla. Parece a propósito. Porque si vos ves la dirección de la empresa que ofrece el empleo, te ahorrás el correo y la llevás vos mismo de a pie. Pero no, te complican todo. Y después al cartelito de vago que llevás en la frente, no te lo saca nadie. Así, después de tanto andar golpeando puertas, apareció el aviso en cuestión, que ojalá no lo hubiera visto nunca. Pero, claro, uno se deja seducir por esas multinacionales que vienen a invertir al país con propuestas nuevas. Porque el telemarketing es una propuesta nueva. De los noventa. Y el nombre era atractivo, por qué no admitirlo. TEL APONGO. Sí, así. (Escribe con tiza en la pared de atrás para que el público lea.) Suena atractivo, para mucha gente. Una empresa de comunicaciones de capitales norteamericanos y africanos. Y ofrecían diez mil puestos de trabajo. ¿Qué gobierno les iba a decir que no? Así que hice la cola y fui a la entrevista. (Recuerda algo de golpe) Ah, la entrevista. Me preguntaron mi nombre, dónde vivía, si sabía escribir en una computadora, y si sabía hablar. (Pausa, asintiendo con la cabeza) A todos le preguntaban lo mismo y te mandaban a la revisación médica. Decían que la capacitación se haría cargo del resto. (Va hasta la silla y se sienta. Enciende un cigarrillo) La capacitación fue genial. Un salón moderno, lleno de minitas empilchadas (mira al público sorprendido), ¿qué antiguo, no? Quise decir producidas. Lleno de minitas producidas como si fueran a laburar en un shopping. Si los clientes del otro lado del teléfono las hubieran visto, les hubieran comprado todo. Sí, a algunas les pedían el teléfono. Pero yo creo que algo de decepción les quedaría a los clientes, porque ellas decían mi número es... llámeme al 0800-777- MARISA, por ejemplo. (A los hombres del público) Ustedes, muchachos, ¿alguna vez en su puta vida se levantaron una minita que les pidiera que las llamaran a un 0800? (Pausa. Risa cómplice) No, ya sé. Lo de las HOT LINE llegó después. Pero en ese momento, ésto era algo nuevo. Lo cierto es que lo primero que te enseñaban en la capacitación era a atender una llamada. ¿Quién no atendió una llamada telefónica en su vida? (Al público, con reproche cómplice) Ah, sí, qué fácil. En tu casa vos levantás el tubo y te llama un amigo, un pariente, y vos decís: holaaa,¿quién habla? O, bien, ¿Hable por favor? Y de inmediato se inicia la amena conversación. Pero cuando vos apretás el botoncito, con los auriculares puestos. Sí, porque nos daban auriculares modernos, y si tenían alguna fallita te los cambiaban. No, si los tipos habían puesto toda la guita. Decía, te quiero ver cuando apretás el botoncito y tenés que decir: TEL APONGO, buenas tardes. Ahí te quiero ver. Porque yo, al principio, decía TEL y hacía una pausita breve, como para respirar, y atrás le mandaba el APONGO buenos días o buenas tardes, según el turno. Pero después venía el supervisor y te cagaba a pedo. Decía que esa pausa era una forma impertinente de vacilación, que podía hacer perder el cincuenta por ciento de la venta, que ya entraste mal con el cliente, y qué sé yo cuántas cosas más. Y si le discutías, te explicaba que eso estaba en los manuales yanquis del telemarketing, que eran fórmulas ya probadas y exitosas. Lo cierto es que tanto me rompieron las bolas, que en poco tiempo andaba repitiendo por todos lados: TEL APONGO, buenas tardes. Sí, yo no sé si ustedes lo van a creer, pero estos sistemas de trabajo no te conducen a una jubilación indigna. Te conducen a un neuropsiquiátrico, te lo juro. Llega un momento en que entrás a la panadería y te dicen buenos días. Y vos le contestás: TEL APONGO, buenos días. En tu casa ya ni querés atender el teléfono. Y si vas en colectivo y va a bajar alguien, cuando sonó el timbre, si te agarra medio distraído, le decís al que va a bajar: TEL APONGO, buenas tardes. Y el tipo o te manda a la puta que te parió o piensa que estás de la cabeza. Y algo de razón tiene. (Se para y se pasea, pensando, de un lado a otro). Y así, antes de que me ocurriera lo que me ocurrió para que yo esté aquí, pasaron por mi auricular miles de clientes. Estaba el que se confundía. Marcaba mal el número y cuando escuchaba el ya famoso, a esta altura, TEL APONGO, buenos días, te contestaba. sí, ya me la pusiste varias veces, porque ustedes los de la DGI se creen que somos todos boludos y me quieren cobrar dos veces el mismo impuesto, y bla, bla y bla. Y le tenés que explicar que se comunicó con una empresa de comunicaciones y te pide que lo derives y se enfurece porque vos no podés. Qué cornos sabés cuál es el 0800 que el tipo quería marcar. (Pausa) Después estaban los que llamaban por un servicio de internet. Vos le tirabas todos los precios y al tipo no le daba el cuero. Entonces te insinuaba si por unos manguitos le podías mandar una cuadrilla para que le hicieran una conexión clandestina, como la que tenía en la TV por cable. Cuando vos le decías que no, ahí comenzaba la catarata de insultos, y que TEL APONGO las pelotas, que yo era un forro de los yanquis (al público, cómplice), y cuánta razón tenía, que éramos todos unos ladrones, hasta que se cansaba y cortaba. Entonces vos decías: por fin. Y aparecía el supervisor, que había estado escuchando la conversación con su monitor, lo que era habitual, y te decía que no supiste manejar la venta, qué para qué carajos te capacitan. Que era regla de la empresa que si alguien llamaba a la DGI, a la AFIP, o al convento de las Carmelitas Descalzas, tenía que terminar siendo cliente de TEL APONGO. (Pausa. Se sienta otra vez. Respira hondo, como descansando.) Y yo creí que en esas discusiones estaba todo mi mal de empleado. Y ustedes se preguntarán cómo llegué hasta aquí. (Pausa) Todo comenzó cuando nos asignaron llamadas, para vender paquetes de servicios en la ciudad de La Plata. Sí, realmente, nunca viajé tanto como en este laburo, sin moverme de esa silla giratoria. Entonces, me toca un viejito, un anciano, de unos setenta y cinco años. Entonces, ¿qué podés ofrecerle a una persona cándida que está disfrutando de su apacible paraíso jubilatorio? De todas maneras, traté de manejarlo; uno tiene su corazoncito, qué tanto. Le digo al buen hombre que tengo un paquete para él, y me pregunta si soy del correo, y se apresura y habla sin dejarme meter bocado. Que le lleve el paquete a la casa, porque él creía que se trataba de una encomienda. Antes de que profundice con el embale, le explico, de manera pausada, que se trata de otro paquete. Y el hombre me dice que sí, que acepta todo lo que le ofrezca. Ahí es cuando noto que allá en la plataforma, el supervisor me hace señas (Hace señas de ponésela, con el puño cerrado). Yo no entiendo demasiado. Después, con ambas manos, me hace gestos desesperados, así (Hace señas golpeando con el reverso de una mano sobre la palma de la otra). Cuando ve y se convence de que no le entiendo un carajo, se saca el auricular y se me viene como una tromba hasta el box. Yo digo: éste me va a pegar. Se acerca y me grita: acostálo, ya compró; no podés perder esta venta. Entonces, le digo al viejito que tengo internet al cincuenta por ciento. ¿Y eso qué es? Me pregunta. Y es verdad, ¿qué cornos puede saber el hombre lo qué es internet? Trato de actuar con empatía y le explico que es un servicio para conectar su computadora. Ah, pero no tengo, ¿la heladera? ¿no puedo conectarla? Le explico que no, que es un servicio telefónico, que conectando la computadora a la línea puede comunicarse con todo el mundo. ¡Qué bueno, porque tengo un amigo en un pueblito de Italia y perdí el número de teléfono! El supervisor me levanta el pulgar. Y otra vez la seña de: Acostálo. Entonces el viejito me dice que yo tendría que hablar con su hija, que vuelve a la casa como a las diez de la noche, pero que ella es la que entiende y que andaba por comprarle una computadora a los hijos. Ahí es cuando lo miro al supervisor que se agarra la cabeza como si se le escapara el último transbordador a la luna. Yo me hago el boludo y mirando la pantalla de la computadora le digo al viejito: es una pena que se pierda esta promoción. (Pausa) Ahí está la palabra mágica. Cuando el viejito escuchó la palabra promoción, me dijo que agarraba viaje, tomame los datos, pibe, me imploraba. Yo creía que le estaba afanando al pobre anciano. El supervisor abría los ojos e insistía con eso de acostálo, acostálo. Se movía en la plataforma como una víbora en celo. Entonces le digo al viejito que dé su nombre y apellido, y empiezo a cargar los datos. Le pido el número del DNI, y me lo da sin problemas. Le pregunto la calle y me la da también, el número, todo. Pero, ¡ojo! acá viene el momento clave. Le pido las entrecalles, campo obligatorio a completar en la ficha. El viejito vacila y me dice que no se acuerda entre qué calles vive. Ahí me cuenta que hace cuatro años que no sale a la calle, pero que por la promoción lo hace. Me pide paciencia. Dice que tiene que ponerse un abrigo porque está con catarro. Así que me quedo en línea. (Pausa. Imita la pose giratoria de espera en el box). El supervisor también estaba en espera. Con esa venta le ganábamos al otro equipo, así que la ansiedad era importante. Entonces empiezan a pasar los minutos. Diez, quince, veinte, cuarenta, una hora. Ya nos teníamos que ir. Corto la comunicación. Me fui a mi casa, no sin antes recibir los reproches más groseros de parte del supervisor. Habíamos perdido la venta. (Pausa. Mira al público) Ustedes se preguntarán: ¿Y...? (Pausa) Al otro día, llego al puesto con los bríos de siempre, la bolsita de bizcochos para el café, y la disposición para soportar otra jornada de infinitos TEL APONGO, buenos días. La cosa es que, apenas pongo el culo en la silla, me llama la jefa de Personal. Me llevan a una oficina donde estaba la plana mayor del call center. Cuando voy llegando me señalan murmurando algo entre ellos. Yo pensaba, éstos me trasladan a otro tipo de atención al público, qué sé yo. No era el mejor vendedor, pero tampoco era el peor. Me sientan en una silla adónde caían sin contemplaciones los rayos de una lámpara dicroica. Me recuerdan la llamada del día anterior al viejito de La Plata. Yo pensé: ¿éstos no me irán a cobrar el tiempo muerto de llamada cuando el viejo me dejó colgado? Pero, no. Era algo más grave. Me recuerdan paso a paso la llamada, que estaba grabada en el sistema, y me preguntan qué pasó con el potencial cliente de TEL APONGO. ¿Qué sé yo?, les digo. Ahí me dicen que iban a venir a pedirme declaraciones unos oficiales de la justicia, porque al viejito lo había atropellado un colectivo cuando andaba mirando los carteles azules que contienen los nombres de las calles, que allá son números, pero ése es otro tema. Me confirmaron que la familia había hecho la denuncia y que yo me tenía que hacer cargo por no saber manejar la situación tal como me lo había dictado la capacitación. Así que, después vino la reconstrucción. Me llevaron a La Plata, donde no había estado en mi puta vida. Recibí puteadas y huevazos de parte del vecindario de la zona. Y después de unos meses vino el juicio oral, el escrito, el recuperatorio y todas las posibilidades habidas y por haber para joderme la vida. Y así llegué hasta aquí, convencido de que la justicia en nuestro país funciona. Y a toda velocidad funciona. Pero tenía que ser con un boludo como yo. (Se sienta exhausto y se apagan las luces).
Hamlet y yo aplaudimos sin compromiso. Cuando se encendieron las luces, nos dimos cuenta de que había más gente, que había entrado durante la actuación. En un rincón, casi cerca de la puerta de entrada, o de salida, según se mire, dos mujeres bebían sin quitarnos los ojos de encima. No es que seamos muy atractivos, tampoco somos lo peor, pero ése no era el caso. Sí, mis amigos lectores, eran las dos. Cristina Wolf y ella. Se acercaron a nuestra mesa sin que las invitáramos, y el resto fue lo de siempre: cervezas y charlas livianas hasta las tres de la madrugada.

Viernes, 09 de diciembre de 2005

Nunca una aventura

Con Hamlet, pensamos que a esta altura de nuestras vidas, nunca más una aventura. Sin embargo, fue Germán, quien para sentirse agradecido por nuestra presencia en su espectáculo y por nuestro entusiasmo al aplaudirlo, nos citó para esta semana que pasó,en el bar. Era, nada menos que, para presentarnos dos mujeres que habían venido a un encuentro de teatro regional que tenía epicentro aquí, en Rosario.
Las dos eran directoras de teatro. Una, Alicia, era de Mendoza, y se pasó el tiempo inicial de presentación haciendo gacetilla de turismo, vendiéndonos su ciudad como la más limpia del país, con los mejores restaurantes, con la mejor comida y el mejor vino. Hamlet le preguntaba cualquier cosa, tuviera o no que ver con el teatro, para intentar un acercamiento. Alicia era de las que le atrajeron siempre a Hamlet: bajita, de cabello intermedio (quiero decir, ni demasiado largo, ni demasiado corto), tetas prominentes, carácter, aparentemente, dulce, y sobre todo veinteañera. La otra, demás está decir, era quien debía experimentar afinidad conmigo. Hablamos de, sí amigos lectores, amigas lectoras, hablamos de teatro. ¿De qué otra cosa íbamos a poder hablar en un marco como ése? En épocas del Congreso de la Lengua Española, yo aún estaba con ella (con mi ex, quiero decir), y no tenía estas oportunidades, ni tampoco las buscaba; pero de haberse dado esta circunstancia, hubiéramos hablado de lengua, por supuesto. Por ende, esta vez, la cosa daba para hablar de teatro. Y yo que siempre fui algo limitado al respecto, metía algún bocadillo sobre el teatro clásico rioplatense, mencionando con fervor a Arlt, y parte de la generación de los sesenta: Tito Cossa, Gorostiza, y compañía. Cuando la charla derivó al plano internacional no faltó oportunidad para poner el acento en Brecht, Becket, Miller y Tennessee. Incluso comenté, como al pasar, que alguna vez participé en un elenco que representó “Un tranvía...”, haciendo el papel de Kowalski. Un papelón, agregué para obtener un efecto contrario. Fue Alicia, quien señaló mi parecido físico con el Brando de esa época, lo que provocó algunas risas y una molestia en Hamlet, un pequeño celo del momento. Hamlet cruzó las risas diciendo que todos, alguna vez, hemos hecho teatro: yo hice “Sueños de una noche de verano”, dijo con memorable precisión, y repararon en mí, aunque hacía de árbol. Hubo un instante de duda, en que nadie supo si reír o si asentir seriamente. Finalmente, después de repasar ligeramente, y con algunas inexactitudes, nuestras biografías, salimos del bar y nos bifurcamos de dos en dos. Germán se había ido hacía media hora, con una compañerita de sus clases de teatro; por lo tanto, Hamlet y Alicia anunciaron que se marchaban hacia las peatonales a caminar un rato para bajar las cervezas, y ... ah, pequeño detalle, Estocarda y yo (sí, así se llamaba,ése es el detalle) enfilamos hacia el río.
Mientras le hice alguna referencia acerca de una supuesta estancia de Raymond Carver por estas costas, en los años ochenta, casi le recito el poema “Un pez volador”, adjudicado al escritor norteamericano. Estocarda sacó el tema del origen de su nombre, cuando notó mi dificultad para nombrarla y me dijo que fue un capricho del empleado del registro civil, en Corrientes, cuando la fueron a anotar. Cuando su madre quedó embarazada, ella y su novio andaban enamorados de la película “Grease”. Su padre se había identificado con el personaje que jugaba Travolta, pero su madre, no sólo no se había sentido atraída por el personaje de Olivia Newton-John, sino que se había enganchado completamente con el personaje de Rizzo, que jugaba Stockard Channing. A partir de esa situación, se juramentaron que si nacía una niña le pondrían ese nombre: Stockard. Pero llegado el momento, y a pesar de la fuerte discusión generada en aquella deteriorada oficina pública, el empleado dijo que no atentaría contra el inmaculado nacionalismo que dio origen a nuestra patria, y que, además, era demasiada concesión inscribir una supuesta traducción, porque ese nombre no figuraba en la lista oficial. El empleado ofreció algunos nombres que comenzaban con “E”, como Encarnación, Eduarda, Eulogia, Efemérides, Evelina y otros. El padre de Estocarda había amenazado con presentar una demanda porque, le mentía, tenía una tía abuela en Arizona que se llamaba Stockard, y no podía romper con el mandato familiar. Sin embargo, en pleno proceso de la dictadura militar (año 1980, más exactamente), no había derecho a ese tipo de cosas, ni a otros tantos tipos de cosas. Así deambuló por este mundo durante veinticinco años, una mujer llamada Estocarda. Hasta que recaló en una apacible noche, junto al Paraná, bajo unas estrellas ávidas de imágenes erógenas, en compañía de un hombre llamado Lüar.
El celular, el maldito celular interrumpió nuestra charla. Si ya venía detestando esos sonidos recién llegados a nuestras vidas urbanas, por su intromisión en momentos particulares como el viaje en colectivo, la sala de espera de una clínica, o el auditorio donde se desarrolla una disertación acerca de cómo comprender a la tecnología moderna en el mundo de hoy; ésto fue el colmo. El vulgar aparato destilaba “Kilómetro once” como ring tone. Estocarda, tan sorprendida como yo, buscaba en su cartera, y cuanto más buscaba menos encontraba. Cuando dio con el teléfono (casi no me atrevo a llamarlo así), dejó de sonar. A punto estaba de guardarlo cuando sonó otra vez el conocido hit de Cocomarola. Era su esposo. Sí, tenía esposo, y yo no lo sabía. Le pedía, desde Corrientes, instrucciones para cambiar al bebé que se había meado como el mejor. Estocarda dio cátedra de madre dictándole paso a paso cómo debía apoyarlo sobre la mesa, cómo limpiar la colita, cómo colocar la talquera, como cruzar el pañal descartable y como hamacarlo para que deje de llorar. Cortó y me dijo de inmediato que estas situaciones la ponen mal y que la disculpara, pero quería irse al hotel. Pensé que tendría una oportunidad en el hall del alojamiento, pero mi intuición falló una vez más en mi vida. Estocarda me dio un beso en la mejilla y me pidió que nos viéramos en la función del día siguiente del grupo correntino.
Llegué a casa, me senté en la cocina, encendí un cigarrillo, que ya comenzaba a darme asco, y a provocarme estornudos persistentes. Ya comenzaba a esfumarse una de mis armas de seducción: fumar como un actor de cine. Me preparé un café. Encendí la PeCa, puse un CD de Sabina y, mientras me contaba que sólo quería decirle que el universo era más ancho que sus caderas, pensé en Hamlet y la fiesta que se estaría haciendo con Alicia, utilizando su viejo truco del romántico solitario. Ella, mi ex, no podía faltar a la cita. Se adueñó de mi mente, logrando que lamentara mi soledad.

Viernes, 16 de diciembre de 2005

Salud en el cementerio

El martes fue 13. No quiero hacer referencia a esa fácil superchería que asocia este día con desgracias que, filosóficamente, podrían explicarse de otra manera. No me pregunten cuál, pero seguramente hay otra manera. Este martes, decía, vino a buscarme Hamlet para que le hiciera pata con una salida. Le pregunté si había mujeres de por medio. Me dijo que no, si se entiende por mujeres a aquellas que son accesibles a los intereses sexuales nuestros. Le pedí que fuera claro, para evitar posteriores conflictos que pudieran surgir sobre la marcha y difícil de corregir a tiempo.
Hamlet apeló a mi sensibilidad findeañera y me recordó a su tío Vittorio, aquel que admirábamos de adolescentes porque era sereno de un cementerio. Con el transcurso de los años, el tío Vittorio se jubiló. Había construido su casa, a manera de anexo de un nicho en desuso que estaba en la periferia del camposanto. Luego hubo un juicio porque, al jubilarse el tío Vittorio, lo querían desalojar las autoridades municipales. Finalmente, terció la viuda del dueño del nicho, hablando del cuidado que el tío Vittorio le había dado a los restos de don Gómez Iñíguez de la Bartola hasta que fueron reducidos y colocados en otro sitio. El juez atendió tal testimonio y le dio un título del terreno de ocho por quince metros, para que el tío Vittorio y su familia permanecieran allí. Claro, más de uno se preguntará quién puede ponerse a pelear por un terrenito en un cementerio, quién puede ser feliz en un lugar como ése. Sin embargo, el tío Vittorio lo tomaba como un sacerdocio y realizaba visitas guiadas, comentando los porqués de los ornamentos que se podían visualizar en cada nicho. Eso sí, si bien por la tarde, el tío Vittorio se ponía a tomar mates y a escuchar radio, lo hacía respetuosamente a un volumen mínimo, apenas audible. Y la gente le devolvía el respeto, planteándole cualquier duda, incluso acerca de los tipos de flores a dejar de acuerdo a la conmemoración, ya sea día del padre, día del amigo, día de los santos difuntos y otros. Lo cierto es que Hamlet me comentó, como al pasar, que se había encontrado el domingo en el parque Norte con el tío Vittorio, que andaba por la Feria Retro buscando algún adornito, alguna campanita, algún cometa de brillantina para el arbol navideño de su hija. Y luego me dijo que el tío Vittorio lo invitó para el martes por la noche a cenar, a despedir el año por anticipado, en el nichalet (así le llamaba a su cuidada casita del cementerio). Y, además, que existía el pedido especial de que asistiera yo, porque el tío Vittorio me tenía aprecio desde que lo rescaté de un pozo del emisario 9 cuando volvíamos juntos de una rabona de la escuela.
Así fue que nos encontramos a conciencia buscando algunas botellas de cerveza, algún pan dulce, algún budín, y algunas frutas para una refrescante ensalada, como corresponde a estas latitudes en esta época del año. Más tarde, nos hallamos esperando pacientemente el 101, que nos llevaría hasta la zona oeste, polo de nuestro encuentro de camaradería con el tío Vittorio. Llegamos al cementerio. Tocamos el timbre que había junto a los portones de rejas negras. Vimos a unos trescientos metros la figura del tío Vittorio que se asomaba y se esforzaba por identificarnos en la vereda. Comenzó a caminar hacia nosotros y cuando estuvo a nuestro lado lo abrazó a Hamlet y le dijo: viniste con el sueco. Hola sueco, me dijo. Me acarició el rostro, me apretó la mano y señaló mi remera negra sonriendo por el dibujo del esqueleto con el cigarrillo entre los dedos. Creyó que era una fina alusión a la visita. La verdad, era la única ropa planchada que tenía a mano. Recorrimos el camino bordeado por añosos árboles que sólo cada treinta metros, más o menos, permitía ver la luna y algunas estrellas. Llegamos al nichalet y saludamos a la prima de Hamlet, una hermosa muchacha que vestía recatadas blusas en sacrílega combinación con extensas polleras de aburridos colores, que también utilizaba para predicar los domingos en el barrio. Su nombre era Julia. De ahí el antiguo chiste de Hamlet, desde que me la presentó hace algunos años, que refería a que yo debía escribir “La prima Julia y el escribidor”. Era tremendamente simpática, saludaba con cortesía, emitía cada palabra con una seducción del siglo XIV. Sin embargo, no podría amarla, pero tampoco odiarla. Julia había preparado la mesa y no faltaba ningún detalle para hacernos sentir bien. Puso música de villancicos a un volumen moderado. No se escucha más allá de la ventana, dijo con una sonrisa abarcadora. Nos sentamos a comer los deliciosos canelones que había preparado Julia. Comimos y bebimos animadamente, charlamos recordando viejas épocas, brindamos por nosotros, por nuestra salud y por nuestros deseos, y a las dos, cuando ya era miércoles 14, decidimos marcharnos. Julia me hizo prometerle que nos veríamos en unas semanas. No me atrevía a prometerlo. Por favor, Lüar, nos debemos una conversación, me dijo con un rostro que no veía en una mujer desde La familia Ingalls para aquí. En un rapto de debilidad le dije que, apenas comience el 2006, la invitaría a salir. El tío Vittorio y Hamlet sonrieron aprobando. La cerveza había logrado su efecto. Le dijimos al tío Vittorio que no se molestara, que llegaríamos solos hasta la puerta. Nos dio la llave y nos pidió que la arrojáramos lo más lejos posible, total al día siguiente él tendría que abrir y la encontraría en el camino. Nos saludamos con afecto.
En el camino comencé a sospechar que la cerveza nos acompañaba en el estómago. Las voces venían de ultratumba: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad”. Lo miré a Hamlet que respondía a la mirada con estupor, aunque en silencio. Otra vez las voces: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad”. Eran dos voces que repetían y repetían lo mismo. Observamos alrededor y no había nadie, por supuesto. Llegamos a los portones, abrimos, pasamos del otro lado y cerramos, como nos mandó el tío Vittorio. Arrojamos la llave lo más lejos posible. Caminamos hacia el norte. En 27 de febrero, justo en la esquina, Hamlet me confió que tenía ganas de mear. Me pidió que lo cubriera. Se acercó al paredón y, mientras evacuaba parte de la cerveza, se percató de la presencia de dos linyeras que dormían en ese lugar. Me chistó para que los viera y escuchara. Los tipos levantaban la cajita de cartón del tinto y repetían: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad. Es jugo de naranja”. Hamlet se sacudió riéndose y se acercó hasta mi lugar con cara de escéptico. No hubo tiempo para comentarios, el 101, tal vez el último de la madrugada, estaba allí. Nos trepamos y vimos cómo se alejaba todo, incluso ella.

Viernes, 23 de diciembre de 2005

Científicamente, amorosa

Cuando todas las cosas esta semana tienden a tener carácter de final. Cuando todo el mundo no hace más que mencionar que tiene por estos días la última comida con la gente del club, la última reunión con la gente del trabajo, el último encuentro con las chicas desamparadas de Fisherton R, con Hamlet pensábamos, sin incurrir en esas poses exageradas, si no era la última oportunidad de tener un encuentro sexual antes de que llegue el 2006. Porque, en realidad, la verdadera última semana del año, que es la otra, la que viene, es como si no existiera. Es como si toda la cerveza y toda la sidra que se toma la gente durante la noche de navidad provocara un efecto que dura toda la semana hasta el 31. Entonces, todos los saludos, todos los encuentros, todas las búsquedas suceden sin solución de continuidad en la semana previa al 24, de diciembre, se entiende.
El miércoles por la noche, fuimos a ver la última...sí, discúlpenme mis amigos lectores, pero era la última función del espectáculo de este muchacho Germán, actor vocacional, amigo de Hamlet. Tras el acto, que incluyó un monólogo acerca de lo idiota que se pone la gente en estos días. Ahí mismo sobrevino la discusión acerca de si hay, realmente, una comprobación científica sobre el comportamiento pusilánime de la gente en esta época del año en relación al consumo. Rodeábamos la mesa, Germán, Hamlet, la chica que sale con Germán, dos amigas de esa chica, y yo. Y fue una de las chicas, la más alta, morena y de cabellos brillantes y negros hasta la fantasía, que dijo que sí, que había unos números dando vueltas por ahí, en libros de divulgación, en estudios de importantes universidades del mundo, que reflejaban esta tendencia: que la gente consume cualquier cosa, con tal de consumir, en esta época del año. Esta afirmación fue complementada por un sesudo comentario de la otra acompañante, la chica bajita, pelirroja, de nariz nicolkidmeana, que dijo que si no existieran los productos de consumo, se inventarían para satisfacer las necesidades apocalípticas de los consumidores adictos a los centros de compras y sus contornos (sic). Tras esta exposición, sin dejar de mirar a Hamlet, como si quisiera seducirlo, le habló del otro costado de esa tendencia que implicaba la entrega, el desprecio, el sacrificio, al inclinarse esa gente por un cierto desprendimiento del dinero (sic). Hamlet me miró buscando una explicación a esa mirada de la pelirroja que se llamaba Ethel. Es que desde hacía un tiempo, toda mirada de mujer, más o menos dirigida a nuestros ojos, nos hacía pensar muy fácilmente en el tema de la seducción. Me ocurrió con la morena, que se llamaba Greta, que al comenzar a hablar de lo que pasa en los shopping centers por estos días, me provocó la impresión de que me estaba diciendo: vámonos de este mundo, a una isla en Marte, a un paraíso venusiano, a una galaxia eterna donde podamos juntos... (bajá unos cambios, Lüar, pensé).
Ya habían pasado varias cervezas y varios platitos de papas fritas,cuando a Hamlet se le ocurrió decir que detestaba ese invento nefasto que es la Happy Hour. Que consiste, por si hay algún extraterrestre leyendo ésto, en que un local eventual de un shopping center llama en determinado momento al público para ofrecerle un, supongamos, cincuenta por ciento de descuento en sus mercaderías. Ethel dijo que se trata de un fenómeno que va de la mano con la necesidad de la gente, que esa necesidad data de tiempos remotos, que se refleja en diversos momentos de nuestra historia cotidiana, cuando las amas de casa adoptan como forma de compras el caminar muchas cuadras en busca del mejor precio en tiempos de inflación (sic). Hamlet insistió en que le parecía aborrecible que se anunciara por altoparlantes, o por cualquier otro medio, descuentos en una remera con una estampa de Homero Simpson, y todos los hombres que estuvieran en ese momento en los pasillos del shopping salieran corriendo atropellándose, pegándose codazos, para pugnar por una prenda de ese tipo. Ethel corroboró, científicamente correcta, que se trata de un fenómeno. En un momento muy breve de lucidez, propuse que nos trasladáramos a casa porque iban a cerrar el local. Ethel y Greta aceptaron tras unos segundos de cabildeo, como para no entregarse tan fácilmente a mi propuesta.
Una vez en casa, saqué unos salamines y unos trozos de queso que habían quedado de una picada anterior. Aclaré que no habían sido comprados en ningún happy hour. Serví una botella de cerveza, la única que me quedaba en la heladera, puse música a bajo volumen, y rogué que no profundizaran acerca de las tendencias en el uso del CD con respecto al vinilo. Cuando la botella estuvo vacía, Hamlet y Ethel (eso me suena a cuento infantil) desaparecieron tras la puerta del dormitorio que yo usaba de estudio cuando vivía con ella (mi ex). Greta me dijo, riendo sin parar, que sólo se acostaría conmigo si en el dormitorio tenía un telescopio que le permitiera ver las estrellas después de hacer el amor. Le dije que iba a poder ver las estrellas durante el acto amoroso, y reímos los dos sin parar mientras íbamos de la mano hacia la cama. Abrí la ventana de par en par, el cielo destilaba estrellas refulgentes por todas partes y cuando me di vuelta vi a Greta en toda su desnudez, esperando que me refugiara a su lado. Antes pasé junto a una repisa de colecciones de mi infancia (uno tiene su corazoncito, qué tanto), y recogí el catalejo pirata que había traído la revista Anteojito. Con ésto vas a ver las estrellas, la luna y el resto de los planetas de nuestra galaxia. Apagué la luz y me entregué a lo desconocido, mientras llovían rayos plateados de luz natural sobre nuestro paraíso. Mientras tanto, Greta me demostraba que era, de verdad, científicamente amorosa. En un momento de descanso y observación concienzuda de astros, el silencio se adueñó del ámbito que yo empezaba a extrañar desde que ella (mi ex) me dejó. Ahí fue que escuchamos, sin ánimo de voyeur, a Hamlet y a Ethel. Ella le explicaba, en tono susurrante, cómo sería un viaje a través del tiempo, en qué consistían las hipótesis existentes sobre ese tema, las fórmulas que la ciencia había aprobado, y las probabilidades prácticas de concretar esos viajes. Hamlet intentaba sacarla del tema, pero Ethel insistía en enumerar distancias planetarias y épocas y años y fechas precisas a visitar en un viaje a través del tiempo para constatar la veracidad de los hechos históricos que conocemos a través de libros y documentales. De pronto, ambos fueron devorados por un silencio liberador. Nosotros nos miramos un minuto, nos acercamos nuevamente, y dejamos que la noche, por sus propios medios bajara las persianas por algunas horas.

Viernes, 30 de diciembre de 2005

Mi prima cantaba

Ya ha sucedido un par de veces, creo. Ese nombre y ese apellido me retrotraen a mi más lejana infancia, casi a orillas del Báltico. Döhmer Vestrup, creo que te descubrí. Él firma esos comentarios. Döhmer Vestrup, te venero. Sos el mecánico que me arreglaba la bicicleta durante mi infancia en Linköping, estoy casi seguro. Tu nombre fue una presencia constante en mi adolescencia. Yo te admiraba. Veía cómo tomabas las pinzas, cómo cambiabas los gomines, con qué eficiencia quitabas una cámara y le colocabas un parche sobre la pinchadura en tan sólo tres minutos, y me entregabas el vehículo listo para marchar raudamente a la plaza a pedalear contra el viento que provenía del norte, bien frío, por cierto.
Porque la cosa es así, realmente, mis estimados lectores y lectoras. Soy hijo de madre argentina y padre sueco. Hubo entre ellos un pacto para vivir un tiempo en cada país. Producto de ese pacto me tocó nacer en Linköping, una ciudad no muy lejana a Estocolmo, para quién sea afecto a los datos geográficos. Allí nació, también, mi hermana, la divorciada seis veces. Por ende, toda mi infancia, toda la escuela primaria la hice en Suecia y, por el pacto que ya les mencioné, la secundaria fue hecha aquí, en Rosario, con la suerte que implica haber llegado aquí con una naciente dictadura militar, mientras en la península escandinava surgía Olof Palme. Mi padre, Leäfar Nömar, volvía de vez en cuando a Linköping porque era socio en un diario deportivo local que cubría la pesca de arenque en Noruega, con todos sus campeonatos.
Esto de la idas y vueltas, las noticias que traía mi padre desde nuestra otra patria, me hacía saber de Döhmer. Estábamos en plena guerra de Malvinas, recuerdo, cuando papá Leäfar comentó que Döhmer se había inscripto en la escuela superior de drama y comedia de Linköping. Quería ser actor, dejar las bicicletas que reparaba con idoneidad y, decididamente, conquistar a mi prima que comenzaba a ser famosa en todo el mundo cantando, en inglés, en un cuarteto conformado por su pareja, un petiso con aires de niño travieso, y otra pareja compuesta por una imponente colorada noruega y un pianista de barba que sonreía siempre aún si le avisaban que había un terremoto debajo de sus pies. Yo recuerdo, desde mi más lejana infancia, esos intentos de Döhmer por alzarse con el amor de mi prima. Y se notaba. Ag, así le llamábamos a mi prima, le llevaba su bicicleta, con la que practicaba gimnasia todas las tardes para lograr unas nalgas que llamaran la atención de todo el mundo, y Döhmer le reparaba en tres horas, lo que a mí en tres minutos, en una muestra evidente por estar a su lado y acariciarle esos cabellos dorados que tanto le atraían. Sí, lo recuerdo perfectamente. Así fue, según mi papá Leäfar, que Döhmer realizó el curso intensivo de actuación, seis meses en la escuela y un post grado por correo, a través de un sistema de educación a distancia.
Cada vez que veía por televisión alguna actuación de mi prima, me acordaba de Döhmer. Durante mi adolescencia fue todo un tema, porque mis compañeros, incluso Hamlet, tenían en sus cuartos pósters color de mi prima y vivían más turbados que nunca por su emergente belleza. Además, la situación se ocultaba entre los compañeros, porque todos eran rockeros, y mi prima hacía un pop que rozaba el mal gusto cuando se trataba de versiones castellanas, escritas por Buddy Mc Cluskey, hermano de los Mac y Macs, según mi madre Elena, y de Donald Mc Cluskey, el de “...compañeros, chicken little, chicken little, siempre fuimos compañeros...”, y que le hacía decir, sin que yo pudiera creerle:...creo en angelitos. Lo cierto es que era un secreto entre Hamlet y yo que ella era realmente mi prima, la hija de un primo lejano de mi papá Leäfar, pero que yo veía con frecuencia durante mi infancia, en las nevadas tardes de Linköping. Y algo más cierto eran los debates que se armaban para justificar algún acercamiento con la música que cantaba mi prima Ag. Algunos decían que “Dancing queen” era un temazo que algún día sería reivindicado; otros defendían “Does your mother know?”, como un rock potente de tambores importantes. Lo cierto es que Ag convivía de alguna manera con ellos en su solitaria iniciación sexual y en mis recuerdos, mezclados con la admiración hacia Döhmer, mi bicicletero favorito.
Aún conservo en mi memoria la tarde en que papá Leäfar llegó de uno de sus viajes de Suecia y nos trajo a mi hermana y a mí un disco, un LP (qué vergüenza, qué antigüedad), donde, por fin convergían los dos recuerdos más agudos de mi infancia. Se trataba de “Super Trouper”, de tapa artesanal, luminosa, con una foto de Ag acompañada por el resto del grupo, todos ellos de blanco, y rodeados por gente de casta circense, malabaristas, jóvenes y hermosas equilibristas, y a la izquierda, casi en penumbras, con sombrero y máscara quizás, no se nota muy bien, Döhmer. Según mi padre, lo había logrado. Había aprobado un casting para estar en la tapa del disco, cerca de Ag o, tal vez, ocultando arma bajo la capa para terminar con el petiso de rostro de niño travieso.
Así pasaron los años. Tras la muerte de mi padre Leäfar, no volví a Suecia, no supe más de Döhmer. Hasta aquella tarde en que fui con Hamlet al Centro Cultural Rivadavia para hacerle pata a un amigo que actuaba en un corto en video que allí se presentaba. En esa historia que contaba el corto, “Sigo pensando en su suerte”, aparecía un hombre, un cronista al que no se le veía el rostro. Tal fue el estupor cuando leímos en los créditos su nombre: Döhmer Vestrup, como el cronista. Estuvimos semanas comentando eso. Mi madre Elena pensó que se podía tratar de una confusión y yo caí en un shock delirante. Le comentaba a todos con quien me cruzaba que Döhmer lo había logrado, era actor. ¿Quién? me decían todos con cara de no saber nada. Me asomaba por la ventanilla de los colectivos, gritando ante cada grupo reunido en las paradas: Döhmer vive, y es actor. Le pagaba el boleto a los ancianos y a los niños de la calle y cuando me preguntaban por qué lo hacía, les respondía que porque Döhmer vive y es actor. Cuando conocí a ella (mi ex mujer, la que me abandonó), me preguntó de qué signo del zodíaco era y le respondí que era de Döhmer, incondicionalmente de Döhmer. Con el paso del tiempo, decidí convertirme en escritor y no supe más nada de mi prima Ag, ni de Döhmer, hasta esta semana. Espero que seas, Döhmer, espero que seas, y si estás en Rosario, tenemos que vernos.

Viernes, 06 de enero de 2006

Pensar en 2006

Esta semana comenzó a apagarse la euforia. Lo bueno sería preguntarse, ¿qué euforia? Si vos no sos un joven argentino, soltero de dieciocho años de edad, en condiciones de defender a la patria, no comprenderás qué euforia se desata cuando llega fin de año. Y si sos ese joven argentino, o ese tipo argentino, o ese anciano argentino, tampoco lo comprenderás. Porque esa euforia que se palpa a cada paso, en cada callejón, con o sin salida, en cada lugar, lleno de gente o vacío de gente, no se comprenderá nunca. Es su naturaleza.
Ya al oírse, en cualquier minúsculo sitio, la palabra diciembre, es motivo suficiente para penetrar gratuitamente en ese estado llamado euforia. Aunque te lleves diez materias a marzo, aunque sepas que los números no te dan para irte de vacaciones ni siquiera al Parque Sarmiento de Carcarañá, aunque sepas que debés algunos créditos, que no podrás pagar el año que viene tu tratamiento contra la alergia, no importa; estarás en condiciones de ingresar al fascinante mundo de la euforia. Y rescatarás lo bueno de ese estado que es “no pensar en nada”, sin gastar un mango en pastillas; nada de éxtasis, ni ácido lisérgico, ni cocaína, ni nada. En ese estado de euforia verás que podés salir a la calle y saludar al vecino que odiaste todo el año porque te arrojaba la basura en tu vereda. Podés desearle lo mejor al colectivero que puteás los once meses anteriores porque no arrima el coche al cordón de la vereda, o porque demora en llegar. Y, si tenés trabajo, podés llegar al antro de tu rutina diaria sonriendo y aplaudir cada boludez que diga tu compañero más odiado y abrazar al jefe porque se va a una paradisíaca playa brasileña, diciéndole que lo admirás por la excelente elección que hizo para disfrutar mientras vos te quedás pensando en la mejor y más dilpomática manera de pedirle aumento de sueldo cuando regrese. Eso es la euforia en nuestra Rosario de todos los días. Y más, los medios de comunicación se suman a esa euforia, comentando que todo el mundo se va de la ciudad durante el verano, cuando saben perfectamente que sólo un quince por ciento lo hace de una ciudad de más de un millón de habitantes, y que si lo hiciera la mayoría no alcanzarían las rutas para albergar tanto colectivo, volvé tren que te extrañamos. Te muestran la llegada de los turistas a los distintos puntos veraniegos del país, y luego como plus te dan consejos para que pasés esta infernal época en tu casa, contándote cómo refrescarla, sin agua, sin luz, porque te la cortan, aunque está todo bien y jamás hemos crecido tanto en tan poco tiempo. Y te hacen un paneo de la Florida, nuestro emblemático balneario, con chicas esbeltas que se tapan la cara para que sus amigas no sepan que se tuvieron que quedar en la ciudad. Pero, aclaran los comunicadores, estamos con la gente que es lo más importante. Por eso, en el noticiero de ayer, cuando un imberbe intentó romper con crueldad el estado de euforia en el que estamos importando noticias sobre atentados en Irak, o en la Franja de Gaza, o los incendios de coches en Francia nuevamente, la reportera local, acorde con nuestra legítima situación de euforia interrumpió: vamos a lo más importante, ¿el primer bebé del año, nació en Rosario?
El primer día del año, Hamlet me acompañó a lo de mi mamá Elena. Comimos algunos sándwiches, bebimos algunas cervezas, y nos tiramos en reposeras bajo unos árboles que ella, mi mamá, tiene en el patio trasero. Charlamos con honesta serenidad. Hablamos de nuestros proyectos, de lo improbable que, por fin, comenzaran a ejecutarse, de lo probable que siguiéramos en la lucha, y esas cosas. Mamá Elena me dijo que tendría que ir a buscar a ella (mi ex mujer), porque en esta época las mujeres se ponen más sensibles. Le cambié de tema, comentándole que la semana anterior me acordé de mi prima Ag. Afirmó asombrada: ah, esa chica, sí que le fue bien, ya debe tener casi cincuenta y cinco años, y no la hemos vuelto a ver, ¿seguirá con Björn? No, mamá, ya no, le dije yo. Y agregué: tendríamos que ir a Linköping. Mamá Elena me contempló como cuando yo era un chico de doce años y me dijo repetidamente: cuántas tonterías decís, Lüar, cuántas tonterías. Fueron las últimas palabras, antes de entregarme a un sueño extraño, en una playa cubana, y ¿a que no saben quién estaba, sola, caminando hacia mí, salpicándome agua de mar y lágrimas de emoción por verme? Sí, ella, amigos lectores, amigas lectoras, ella.

Viernes, 13 de enero de 2006

Crónicas de Martes: el libro, la mala suerte y el agujero

El martes por la noche, luego de haber pasado la tarde con Greta, iba a una reunión de bookcrossers, en Entre Ríos y Urquiza, bar en el que se junta toda la crema prominente de la literatura rosarina actual, frente al edificio donde nació el Che Guevara, para más datos. Iba, decía, cruzando el ya casi en penumbras Parque de la Independencia, a la altura del laguito. Llevaba bajo el brazo un libro que amé tanto en mis momentos de soledad: “La tregua”, de Benedetti, en una edición viejísima. Cuando paso junto a uno de los bancos, frente a uno de los carritos pororeros, me doy cuenta de que hay un libro solo y abandonado. Me arrimo con cautela, no sea cosa de que se trate de una trampa, y lo tomo entre mis manos. Era “Crónicas de Narnia” de C. S. Lewis, el tomo del león, la bruja y el armario (ya sé, cinéfilos, el ropero, el ropero; pero vean el libro). Edición nueva, tapa atractiva, aparentemente sin usar. Lo habrá dejado un bookcrosser, pensé. Seguí camino con el libro en mi mano. Lo fui abriendo a cada paso. Las bombas alemanas caían sobre Londres, los niños huían a pedido de su madre a la casa de un profesor, en un viaje en tren. Una vez en la nueva casa, la más pequeña de los hermanos, se introduce en un armario e ingresa en un mundo desconocido. Allí fue cuando sentí que mis pies estaban en el aire. No me internaba en otro mundo desde “El otro cielo”, de Julio Cortázar. Caía en una inmensurable oscuridad, fría, desconocida, hasta que tocaba fondo con el culo y las rodillas golpeadas tras una serie de rebotes. Sólo una pequeña luz lejana, allí arriba, me daba alguna esperanza. A mi lado pasaban ratas malolientes que me observaban como si yo fuera lo extraño en ese mundo. Hacía frío, mucho frío. Una voz estentórea se oyó desde el más allá. “Soy el pororero”, decía. “Mantenga la calma que pediré ayuda”, me gritó. Pensé que debía trasladar mi mente a otro plano. Utilicé el diminuto rayo de luz para seguir leyendo sobre Narnia, mientras un salvaje alacrán comenzó a trasladarse sobre la página. Me pareció que me miraba y murmuraba un: je, je, je. Mi imaginación da para mucho, créanme, sobre todo si estoy bastante asustado. No era tiempo de maldecir a nadie, aunque ya llegaría ese momento. Sólo pensaba en el frío que hacía allí abajo, después de varios días de cuarenta grados a la sombra que hizo en mi ciudad. Continué leyendo. Me atrajo la bruja. Pensé si tendría sexo con todos esos personajes mitológicos, o era la falta de ese ejercicio lo que la convertía en más ambiciosa de poder. Tal vez si me hubiera conocido a mí: Lüar, el centauro. Tal vez su cama de hielo se hubiera derretido en minutos. Tal vez, hubiéramos reinado juntos en Narnia para siempre, y hubiéramos mandado eternamente al león a comprar preservativos no sé dónde. Y los niños, ¿qué haríamos con los niños? Al fin y al cabo, eran los protagonistas. Ya me estaba acostumbrando a ella, la bruja blanca, que curiosamente tenía el rostro de ella (mi ex mujer), cuando un bombero zapador me gritó que tuviera paciencia, que ya me arrojaría la soga.
Y así fue. Me rescataron de ese submundo y apenas asomé a la superficie los flashes me encandilaron. Estaban las cámaras de canal tres y canal cinco, y algunos fotógrafos de los diarios. También algunos curiosos con sus camaritas digitales, tal vez para enviar sus fotos por correo electrónico y reírse de este boludo que se cayó en una alcantarilla que no tenía tapa, y maldigo a la municipalidad, a aguas provinciales, o a quien le quepa el sayo, por no cuidar a la gente.
Me fui hasta lo de Hamlet, que vive por ahí cerca. Cambiarme de ropa y ducharme, o viceversa, me vendría bien. Apenas toqué timbre, Caporosso se asomó con una sonrisa y sin sorpresa. Ya me había visto por televisión, en vivo y en directo. Bravo por una vacaciones en mi ciudad.

Viernes, 20 de enero de 2006

Leyendas y vivencias

Hace varios días que le perdí el rastro a Hamlet. Temo por él, luego de ver toda la historia del robo al banco Río de Acassuso. Pienso que podría estar involucrado. Es tan de él pensar en esas cosas. Lo cierto es que esta semana me la pasé encerrado, leyendo y tirando papeles. Notas de revistas, de diarios, que, finalmente, uno no sabe para qué cornos se van a utilizar, si es que se utilizan en el futuro. Entre otras cosas hallé una nota a Néstor Cappa, un ex ferroviario de los talleres de locomotoras de Pérez, en la que presenta un libro contando vivencias de sus tiempos gloriosos en ese lugar. Inmediatamente me acordé de un amigo que teníamos con Hamlet. Un muchacho que había trabajado, también, en ese taller desde mediados de los ochenta. Nos contaba historias que resultaban totalmente increíbles, pero que nos permitían quedarnos hasta altas horas de la madrugada escuchándolo. Todo lo que le pasaba en relación a compañeros de ese taller y a él mismo, la más mínima anécdota se convertía en leyenda, que en algunos casos superaban en imaginación a la crónicas de Narnia.
Recuerdo que siempre hacía alusión al imbatible equipo de fútbol que tenían, que llevaba no sé cuántos partidos invicto y que le habían hecho un partido a la reserva de River, que integraba entre otros en ese momento Batistuta, porque Passarella no lo quería, y que le habían ganado uno a cero, con gol de él. También contaba de extrañas apariciones, en los patios del taller, temprano, en esas heladas mañanas de invierno, a eso de las seis y media. Solían verse, según él narrador, animales prehistóricos en diminutos tamaños que deambulaban sin pudor, aunque huían cuando un ser humano amenazaba con acercarse. Alguna vez habló de locomotoras que se ponían en marcha sin que nadie las encendiera, y aclaraba que no era fácil conducir una locomotora, y te daba un curso de ese manejo, semejante al que recibían los aspirantes a astronautas en la NASA. Otras veces, comentaba con convicción que existían célebres fantasmas, que le tomaban el mate cocido a los obreros, lo que generaba un conflicto muy delicado entre ellos. Algunos de estos célebres fantasmas eran conocidos por el apelativo de “El pata ‘e bolsa”, “El manguera”, del que se decía que arrastraba su órgano viril como si fuese la cadena del Canterville. Habló, también del “Degollador”, que era, al parecer, un hombre que se había suicidado cuando se enteró que la mujer lo había engañado con un obrero ferroviario de ese taller.
El negro, así lo apodábamos a este narrador impredecible, era capaz de jurar que lo que contaba era verdad y que él comenzó a dar crédito de tales historias una mañana en que bajó del tren obrero, transporte habitual de esos trabajadores, con urgencia inusitada debido a una descompostura que le producía un infernal dolor de vientre. Fue al baño, que se hallaba en el descampado, en plena oscuridad, y alivió su dolor. Ahí se dio cuenta de que no tenía papel higiénico. En ese momento vio una luz, un resplandor que lo asustó mucho, y que de pronto se convirtió en una especie de ángel o hada madrina, que le alcanzó con unas bellísimas manos un rollo de papel, suave como nunca había usado en su vida, que no sólo contribuía a la salud higiénica sino que proporcionaba un placer inconmensurable. No tuvo tiempo de agradecer, el negro, porque el ángel, de cabellos dorados, como en las películas, alzaba vuelo hacia los techos de los galpones otrora construidos por los ingleses. Tras escuchar esta historia, Hamlet destapó otra botella de cerveza, y recuerdo que le dijo: dejá de joder, negro,¿por qué no te ponés a escribir todas estas cosas? Y el negro, con la parsimonia que lo caracterizaba, le respondió: ¿y qué creés que estoy haciendo?
Nunca más lo vi al negro, pero no puedo olvidar sus historias. Tal vez supo vivir de esa forma, asociando vivencias y leyendas para bien de anónimos escuchas.

Viernes, 27 de enero de 2006

Anochece en la ruta

Sí, mis amigas lectoras, ejem... y mis amigos lectores, el calor, cuando excede sus índices normales para esta época, golpea fuerte en nuestras neuronas y nos hace pensar y hacer cosas que con otra temperatura no haríamos. Vayamos al punto en ebullición: el miércoles por la noche tuve ganas de ir hasta el aeropuerto para ver descender los aviones. Al atardecer, me colgué de un “Las Rosas”, esos ómnibus blancos que circulan por nuestra ciudad, como novias en la noche de boda, sin apuro, sin bocinazos, pero con un paso ansioso. Pagué mi boleto, me senté con la prestancia con que lo hace un tipo que se va por estos días a Florianópolis, con enormes expectativas.
El ómnibus me dejó en la ruta, por lo que tuve que caminar hacia el norte, cruzar la vía, y soportar la mirada de algún pasajero de remisse que circulaba por ahí. Llegué al aeropuerto internacional, otra mentira argentina diría Hamlet, pero recordemos que alguna vez llegaron Jumbos desde Miami, y desde Los Angeles, cuando éramos adolescentes, por lo tanto, el mote de Internacional se lo tiene ganado. O acaso, ¿no hay escritores que publicaron un par de libros hace doscientos cincuenta años, y todavía viven del mote de escritores? Así son las cosas por estos lares, y seguirán siéndolo, agregaría nuevamente Hamlet. Lo concreto es que llegué al aeropuerto, me acerqué a la mesa de informes con la mejor cara de viajante y le pregunté a la chica que hablaba por teléfono con una amiga, si había algún avión para ver. Me miró con inspirada ternura, primero hizo una pausa y después, tecleando en la P.C. me preguntó cuál era mi destino. No, no, yo sólo quiero ver descender algún avión. Le iba a aclarar que me gustaban las luces rojas titilantes, el sonido de las turbinas, pero percibí que la cosa no venía bien y me callé un segundo. Ah, usted quiere ver un avión, así nomás, que toque tierra, me dijo. Y no sé por qué el tono de la encargada de información al cliente me sonó a “pobrecito, este muchacho delira”. Sí, por qué, ¿hay alguna disposición nacional o provincial que lo impida? le pregunté intentando una firmeza mal disimulada. No, no, por favor, me dijo con gentileza profesional. Y agregó la frase que yo no quería escuchar: lo que ocurre es que no hay vuelos, por hoy no hay más vuelos, ni hoy ni mañana, hasta nuevo aviso. Me miró con pena. No sé si habré puesto cara de nene que se queda sin su juguete, pero ella agregó: lo siento, la semana que viene, tal vez. Gracias por la información, dije y me fui dando media vuelta. De pronto escuché un ¡señor! Era ella, la informante. ¿Usted va hacia la ruta? me preguntó. Sí, le respondí. ¿Puedo ir con usted? lo que pasa es que anochece en la ruta y se pone peligrosa. La miré con un gesto paternal, no tendría más que veinticinco años, y le dije que la esperaba.
Realmente, hacía mucho tiempo que no me encontraba con una mujer sin saber qué tema tocar. Le pregunté cuánto hacía que trabajaba allí, si le gustaba el trabajo, si estudiaba, si tenía familia (eufemismo por si era libre o tenía pareja). Me respondió, amablemente, una a una de las preguntas y preguntó si podía dejar de lado el “usted” conmigo. Por supuesto que acepté, la cosa ahí cambiaba. Cuando llegamos a las vías, caí en la cuenta de que en el aeropuerto no había nadie más que ella, y que cuando nos fuimos cerró con sus propias llaves. En ese lugar, bajo los potentes focos de iluminación, noté que estaba impecablemente vestida, con una mini celeste con vivos blancos y una camisa blanca con vivos celestes, no transpiraba para nada, a pesar del calor que hacía, y de que tenía atado al cuello un pañuelo de seda celeste y blanco, uniforme del aeropuerto, pensé. Olía a suave fragancia que atraía dulcemente de cerca. No arrimaba demasiado mi rostro al suyo para no ofenderla, sin embargo ella salió del macadam, cruzó con elegancia la zanja y me llamó hacia la vereda, que estaba más oscura que la calle. De pronto, comenzó a oírse una música que yo no identifiqué con facilidad. Era Sinatra, o algo así. Pensé que en una de las quintas donde la gente pasa sus fines de semana, alguien había puesto demasiado fuerte la música. Aunque no estaba demasiado fuerte. Estaba en el punto justo. Ella me abrazó del cuello y comenzó a dar pasos de baile. Ante mi incomodidad, me tomó de la cintura y sacó un llavero. Se acercó a la puerta de una de las casas y abrió. Hay una pileta, dijo, podemos darnos un remojón. La seguí, mi fuerza interior era más poderosa que mi razón. La música seguía y ella ante mi cara de preocupación me dijo que era la casa de unos amigos. Jugamos en el agua, bajo una luna espléndida que, hubiera jurado, no estaba cuando fui hacia el aeropuerto. Me besó en un momento de distracción, mientras yo miraba el cielo surcado por fugaces meteoritos. Se sentó al borde de la pileta, sonriendo y diciendo que hacía años que no era tan feliz. De pronto, los faros de una 4x4 rompieron el idilio. Escondámonos, me dijo y se hundió velozmente en el agua. Yo quedé paralizado. Esto es una trampa, pensé. La gente de la 4x4 entró a la casa, encendieron todas las luces y salieron al parque, donde al verme comenzaron a gritar: un ladrón, un ladrón. Por suerte, mi neurona número seis actuó más rápido que nunca. Les pido disculpas, revisen la casa y verán que no les falta nada, sólo quise darme un chapuzón. Miré al que podía ser el jefe de familia y le dije: el calor, vio. Miré a la mujer, supuestamente la esposa, y le comenté: ya me iba, sólo vine a ver los aviones. Me miraron tristemente los seis, el supuesto matrimonio y los cuatro chicos. Pensé en la chica del aeropuerto, hacía varios minutos que estaba bajo el agua. ¿Está solo? preguntó la señora. Sí, mentí. Lo miró al marido y le comentó en voz alta: al menos este señor está solo, porque los otros cinco que encontramos en lo que va del verano nos juraron que con ellos estaba una mujer de celeste y blanco. Mi espalda se congeló. Era como si toda el agua de la pileta se hubiera convertido en un iceberg. Iba a decir que yo también estaba con ella, pero ya era demasiado por esa noche. Me fui pidiendo mil veces disculpas. Me ofrecieron un toallón para que me secara. Acepté, me sequé, y les prometí que no se repetiría la historia. Miré repetidamente la pileta, para ver si aparecía ella, pero fue inútil, se habría ido por detrás. Me puse la ropa seca que había dejado sobre el césped y me fui por una puertita de alambre que daba a la calle. ¿Quiere que lo acerque a Rosario? me preguntó con amabilidad el jefe. No, gracias, ya viene el ómnibus, le dije desde afuera. Cuando me alejaba, escuchaba caracajadas estruendosas que venían desde la casa. Sin dudas se reían de mí.
Llegué a la parada, en la ruta, y vi con alivio que venía el ómnibus. Le hice señas. Cuando se estaba deteniendo, percibí la sonrisa de ella, la chica del aeropuerto, que venía al volante con el mismo uniforme celeste y blanco. No, dije cuando abrió la puerta, no, tomo el de atrás. El ómnibus arrancó y se perdió rápidamente en la oscuridad de la ruta. Pisé la banquina y me fui caminando, despacio, hacia Rosario.

Viernes, 03 de febrero de 2006

Llueve otra vez

En mi querida ciudad, no hay peor cosa que venir soportando días húmedos y calurosos y que llueva para tener más calor y más humedad. En esos casos, desde hace años, he optado por enclaustrarme en mi casa a leer, a trabajar en algún escrito, o simplemente a escuchar música con pantalones cortos, remera liviana y alpargatas.
Estaba en esa situación cuando tocaron a la puerta (sic en las novelas de suspenso y de detectives), así que opté por asomarme a la ventana. Una garúa persistente ahogaba el momento presente, las hojas de los tilos vibraban de frío (sic Edmundo Rivero). Fui hasta la puerta preguntándome quién cornos venía a las once de la noche a romperme las pelotas. Abrí y era Hamlet Caporosso, mi fiel Sancho en nuestras aventuras, mi noble Bernardo si yo fuera el zorro, mi diligente Robin si yo fuera Batman (¿protagonista, yo? ¿se dieron cuenta de que no tenemos superhéroes? son todos extranjeros). Le pedí que pase. Pasó y se dirigió a la heladera, de donde tomó una latita de cerveza que había quedado de no sé qué ocasión. Sonaba Supertramp (¿muy previsible?), it’s raining again. Me paré buscando apoyo en el marco de la puerta de la cocina, y al mejor estilo esposa despechada le pregunté: ¿dónde estuviste todo este tiempo? Hamlet me contempló con una incipiente sonrisa, dispuesto a escuchar todo tipo de reproches, para retrucar más tarde con soluciones inesperadas. Hamlet preguntó luego de un sorbo seguido por un inocente eructito: ¿te acordás de mi prima Lola, Lola Saboya? Mi rostro se iluminó. Sí, la nunca me quisiste presentar, porque estaba demasiado buena, pero soñaba con empresarios de la industria automotriz y vos me dijiste que me haría daño. Exacto, me dijo. Y continuó: Lola, se fue de vacaciones a Villa Gessell con sus dos hijos de cinco y siete años respectivamente, ¿me seguís? Sí, le respondí. Lola me llamó urgente una noche, diciéndome que partía de vacaciones en tres horas, y que se le había caído la niñera. Entonces, ¿cómo iba a desaprovechar esa oportunidad. No le podía fallar a mi prima, que fue abandonada por aquel siniestro empresario de la yerba mate con el que se casó finalmente y le hizo esos dos hijos que son como mis sobrinos. Acepté y, rápidamente, me armé un bolsito con mis cosas, metí algunos libros de cuentos para chicos que traía el Página/12, y que yo guardé no sé con qué objetivo. Y así pasé estos veinte días, hermano, a pleno sol y lectura de cuentos para chicos. Tenés que ver Lüar, nuestra sombrilla rodeada por todos los chicos de la playa escuchando mis lecturas. Fui felicitado por una mujer de Cultura de ese municipio, una mina que andaba por ahí exhibiendo su lomo infartante, y que se detuvo para oírme. Después dicen que no se lee en nuestro país. Y es así, no se lee, agregué; el que leía eras vos. Bueno, sí, vos siempre le buscás la quinta pata al gato. ¿Por qué no escuchás que lo que nos interesa aún no lo conté? Bueno, dale.
Hamlet se tragó el resto de cerveza. Se sentó con las piernas estiradas y las manos en la nuca, dispuesto a contarme el resto de su historia vacacional. Respiró como si fuera a bajar la cerveza y como si pudiera alterar el color rojizo de sus ojitos. Prosiguió: Una de esas noches, Carol, la chica de Cultura de Gessell, Carol Reebok, aceptó tomar un trago conmigo en un parador de la playa. Con el frío del mar lamiéndonos la piel, hablamos de nuestras actividades, de nuestros gustos en teatro, en literatura, en cine, en música, todo lo que sabemos. Hablamos de Rosario, ellos creen que es la Barcelona argentina, lo leen en los diarios, y yo me digo que si Barcelona se inunda cuando caen dos gotas de lluvia, si los colectivos barceloneses demoran una hora y media los domingos, si la periferia tiene una iluminación pésima y si las motos y bicicletas andan en contramano por las calles, sí somos la Barcelona argentina. Lo cierto es que hay que aprovechar los mitos, hermano, y más en nuestra desgraciada situación. Le dije que con vos estábamos haciendo periodismo freelance para algunas revistas de Europa, vos, Lüar, como escriba y yo como fotógrafo. Carol me contemplaba con admiración y asombro. Hasta que me confió que estaba dirigiendo una revista cultural “Mar de letras”, publicación oficial. Me dijo que nos pagarían dos lucas por una nota y fotos sobre la leyenda de Cachilo, el poeta de la calle. ¿Y yo me iba a negar? No, Lüar. Así que le saqué la camarita digital a Lola y sólo me queda contar con tu pericia creativa.
Lo miré haciendo una pausa. Le dije que aceptaba, que si quería podíamos comenzar la semana que viene. Me arrimé al equipo de audio, le pusé stop a Supertramp y le pregunté a Hamlet: ¿con Carol hubo cama? Hamlet se levantó dando un respingo y antes de entrar al baño a mear me dijo: te consigo un laburito, y mirá con qué me salís. Claro que hubo, claro.
Lo ví perderse detrás de la puerta. Y comprendí, por supuesto.

Viernes, 10 de febrero de 2006

Una entrada para ver a Sabina

Si algo me venía gustando este verano, era ver la luz del sol al levantarme. Por eso me despertaba a las diez y media. Para asomarme a la ventana que da al patio y recibir, de lleno en el rostro, el arsenal de rayos tibios que me cargaba las pilas para soportar todo el día. Pero este lunes no fue así. Me levanté a las cinco de la mañana, me tomé un ligero cafecito y me fui hasta el centro. Extrañaba esa luz que me alimentaba cada día. Al salir, me di cuenta de que no había luz en la calle, y que me costaba cerrar la puerta con llave. Uno de mis personajitos internos me decía que la dejara abierta, total qué te van a robar. El otro me decía: cerrá, idiota; si te afanan la compu, no podrás escribir más en tu puta vida. ¿Por qué no voy a escribir más? ¿Y el papel y la birome, para qué están? Sí, pero no vas a poder presentar un trabajo si no está informatizado, y bla, bla, bla. Me fui, peleando contra mí mismo y, en definitiva, sin saber si había cerrado con llave o no. Maldije la falta de luz. A la vuelta de casa, una cuadrilla de la E.P.E., reparando un desperfecto que había dejado sin luz a toda la manzana. Ya la palabra comenzaba a molestarme, justo hoy, por qué, por qué.
Caminé varias cuadras, metiendo la mano en el bolsillo cada tanto para controlar que la guita estuviera en su lugar. Los afiches del pastor evangélico que visitaba la ciudad por estos días, se sumaban al complot iluminador: Hoy es el momento en que verás la luz que estará contigo para siempre. Y el tipo, elegantemente trajeado, bien peinadas sus canas, me señalaba con su índice derecho. Si no era porque deseaba tanto esa entrada para ver a Sabina que comenzaba a venderse este lunes, hubiera pegado la vuelta. Ya llegando al microcentro, me topo con un mural gigantesco. El mismo pastor de los afiches: la luz está contigo desde siempre, no dejes pasar la oportunidad de recibirla.
Intenté desechar todo obstáculo que me impidiera concentrarme en la compra de la entrada para el concierto. Comencé a tararear “Eclipse de mar”, me detuve en un kiosco de diarios y revistas para asegurarme que el diario no hablaba de tí, ni de mí. Sí, yo sé que la realidad es más amarga que mis pensamientos, yo sé que ella (mi ex) me hubiera acompañado, qué digo, me hubiera rogado que fuéramos juntos a escuchar a Sabina, pero yo prefería manejarme, por ahora, con mentiras piadosas. No iba a comprar dos entradas, ni simbólicamente, para ver qué pasaba. En primer lugar, porque no me alcanzaba la guita. En segundo lugar, porque no, y es no, che. Lo cierto es que me levanté temprano para joder a esas revocadas cincuentonas que caerían por el lugar a eso de las once, cigarrillo en mano, últimas toallitas femeninas de sus vidas en la cartera antes de la menopausia, para comprar su platea que les permita un idilio de dos horas con éxtasis al máximo. Así que valía la pena llegar tres horas antes de que abrieran. Me llevé el libro de poesía de Valenti, que me regaló un amigo, “Presagio de la reina ciega”, por si había panorama de levante y me tuviera que lucir con el nuevo autor de culto.
Al doblar por Paraguay hacia la peatonal Córdoba, tuve una especie de presentimiento incómodo. Esa cantidad de pendejas y pendejos de entre dieciocho y veintidós, que hacían cola cómodamente sentados en reposeras, o en el suelo, con termos en la mano, en una mano, y el mate en la otra, vendrían a cubrir a sus mamás y, por ende, a poner en riesgo mi adquisición de la entrada. Tengamos en cuenta que lo primero que se vende es la popular, y por la cantidad de gente que había era seria la posibilidad de que me volviera con las manos vacías. Pronto descubrí que no venían a cubrir a nadie. Algunos pelaban sus guitarras y entonaban sin faltas de ortografías canciones de Sabina y le comentaban a un movilero de una radio que se aprestaba a realizar una nota que estaban allí desde el viernes por la noche, y que por nada del mundo se perderían ese recital. ¡Momento, Lüar! No comiences a analizar la situación. Ya está, y ya está. ¿Por qué esta histeria para ver este recital? ¿Se trata de morbo? Todos saben que Sabina sufrió un percance de salud que casi lo envía sin estampilla al otro lado. ¿Hay un sentimiento implícito de que este es el último concierto? ¿No hubo olfato de los productores que lo contrataron? Porque tal como viene la mano, mientras pienso todo esto voy dando vuelta a la manzana y me doy cuenta de que las entradas se agotan el primer día. Pensé, pensé, pensé. Tranquilo, Lüar, haz que la luz se encienda en tu cerebro. A esta altura, maldije la palabra luz, que me persigue desde que me levanté. Pensé en cómo dispersar a esa gente. ¿Decir que hay una bomba? ¿Dónde, en la alcantarilla? Si hay tres cuadras de cola. Me posicioné en el último lugar. Abrí el libro, página trece: Sintió el calor/ que sobrevendría./ Pero en su idioma/ no había nombre/ para un fuego/ tan inmenso. Sin duda es un presagio que confirmo cuando me tocan el hombro. El número de página, todo, todo coincide. Mi hombro sintió todo ese fuego del que habla Valenti en su poesía. ¿Vos aquí?, pregunté. ¿Te sorprende?, me contestó. Es cierto, dije cerrando el libro pero dejando el dedo índice en la página número trece. Si no conseguimos entradas, me muero, dijo ella (mi ex; a esta altura ya se habrán dado cuenta, supongo). Iremos a ese concierto de cualquier manera, dije. Y agregué, sin tener en cuenta todo lo que había pasado durante estos últimos meses, desde que ella me dejó: te lo prometo, Luz, te lo prometo.
Luz sacó un termo de su bolso de tela y, con una sonrisa impresa en su rostro con ternura, me dijo que no había desayunado. Mientras preparás el mate, voy por las facturas, dije. Así que, mientras Luz cuidaba el lugar en la cola, fui hasta una de esas panaderías exquisitas que ahora inundan el centro y elegí las mejores, las más dulces, y me fui hacia el sitio de campamento pro entrada para ver a Sabina. Caminando, con lentitud, pensé en el poder de Sabina, en lo cómodo que me sentí en esos dos minutos. Pensé en su nombre, Luz Leal, mientras manoteaba una medialuna de manteca. Y pensé en la incomodidad que sentí al doblar hacia Paraguay y verla compartir sus primeros mates con un impertinente mocoso de diecinueve años, no más. Y su sonrisa abierta de par en par, como se abre la puerta a cualquier desconocido.

Viernes, 17 de febrero de 2006

Periodismo aventura

Toda la tarde discutimos con Hamlet acerca de la clase de periodismo que nos hubiera gustado ejercer. Y recorrimos trayectorias, recordando influencias que nos permitían soñar con un futuro mejor, que se convirtió en este presente de mierda. Con Hamlet tuvimos nuestra época de lectores de historieta, cuando, con vergüenza, comprábamos la revista “Intervalo”, para leer las aventuras periodísticas de Tino Espinoza y Vogt, en los episodios de “Mi novia y yo”. Y digo que comprábamos la revista con vergüenza porque la mayor parte de las tiras de esa revista estaban dirigidas a mujeres, con “Helena”, “Gente de blanco”, “Cuentos de Almejas”. Pero a nosotros nos interesaba la tira de Robin Wood. Veíamos a Tino y a su compañero dibujante como el paradigma de lo que queríamos hacer: viajar y conocer gente, y meternos en quilombos que nos hicieran sentir a flor de piel que estábamos vivos. Por ende, el martes, mates de por medio, y cuando ya volvía el calor insoportable, discutimos la propuesta de Hamlet: escribir sobre Cachilo, el poeta de las calles. El asunto pasaba por cómo hacerlo, cómo investigar, cómo ir detrás de la verdad. Porque todo lo que se escribió sobre Cachilo está inundado de conjeturas, de imaginación y de idealización. Allí reside la verdad literaria, que no es lo mismo que la verdad periodística. Además, Cachilo no está. Como no está Olmedo, que tanto nos hacía reír cuando chicos. Sin embargo, si comentábamos en rueda de estudiantes que veíamos “No toca botón” o “Alberto y Susana”, éramos tildados de no menos que retrógrados y superficiales, allá por los ochenta. Más de uno de esos enjuiciadores terminaron haciendo ensayos, documentales, o loas orales hacia el maestro rosarino del humor nacional de improvisación. Con Cachilo pasa lo mismo. Ya no está, ya no lo podemos entrevistar, y muchas paredes ya borraron su poesía.
Pero Hamlet me proponía que inventáramos otro Cachilo, a nuestra manera, que copiáramos los poemas que habían sido extraídos de los muros, de las revistas municipales que las habían reproducido. Y que para ilustrar verazmente, pintáramos algunos en varias paredes olvidadas. A eso me oponía yo. A falsear el pasado. Es recrear, me decía Hamlet, es acercar a la verdad al lector de nuestra nota. No me convencía. Pensá, me gritaba Hamlet echándole dos o tres cucharadas de azúcar al mate antes de pasármelo, con nervios inconducentes. No podemos perdernos esta oportunidad que nos da esta mina de publicar en su revista, ahora que medio mundo cree que Rosario es la Barcelona argentina, ahora que nuestros compatriotas creen que esto es París, que a cada paso te encontrás con un tipo bajo un árbol componiendo una canción, con una mina bocetendo frente al Castagnino su futura obra maestra al óleo o acuarela o lápiz, o lo que venga que sea made in Rosario. Hay porteños que están convencidos, me decía Hamlet, con el termo en la mano, de que los colectivos demoran a propósito para que los creadores puedan inventar en esa media hora un cuento, o que la guardia urbana se inventó para que los cortometrajistas filmen una de acción en la peatonal Córdoba y se vea llena de guardias como si fuera Nueva York. No seas boludo, Lüar, no nademos contra la corriente. En la Boca, en el propio paseo Caminito, agregaba Hamlet, había gente comentando que en Rosario los churreros tocan en sus cornetas la quinta sinfonía de Beethoven, y que las comparsas para estos carnavales danzan al compás de “La flauta mágica” de Mozart. Si no aprovechamos este momento, no cobraremos una nota en la puta vida, Lüar.
El mate era demasiado dulce y Hamlet, cada vez más convincente, intentaba agregar más ejemplos. Acordate lo que nos dijo Soriano en aquella feria del libro del Patio de la Madera, insistía Hamlet: muchachos, lean y escriban mucho y, sobre todo, cobren porque ése es su trabajo.
Estuve toda la noche sin dormir. Pensando en las palabras de Hamlet, y recordando que en mi vida solamente había querido escribir, ficción y periodismo, periodismo y ficción. Habíamos quedado en comenzar al día siguiente con las fotos. Luego, escribiríamos en base al material obtenido. Nos encontramos frente al paredón de lo que fue la Estación de Trenes Rosario Norte. Hamlet tenía su cámara profesional, desde adolescente. La puso en el trípode meticulosamente. Apuntó hacia la pared gris pálido y, con un gesto de satisfacción, comenzó a ponerse el sobretodo negro, raído y holgado. Le alcancé la tiza y antes de ponerse en cuadro me preguntó: che, ¿Cachilo escribía con la zurda o con la derecha?

Viernes, 24 de febrero de 2006

La mujer de los gatos

Hace unos días, mientras Hamlet me convencía de que ya nos mandarían el cheque con el pago por la nota sobre Cachilo, nos salió una changa para reparar un lavarropas a tambor, de los viejos. La mujer que nos había llamado era vecina de una tía simpática de Hamlet que nos había recomendado.
Llegamos al lugar, una antigua casa de la zona sur, por Ayacucho al 3000. Fuimos en bicicleta con nuestras valijas de herramientas donde, excepto el motor Lambda, llevábamos una gran cantidad de repuestos que nos sacaban de cualquier apuro. Tocamos el timbre, cuyo plástico casi se disuelve en una extraña complementación entre el tiempo y la presión de mi dedo. Al rato, apareció una mujer cincuentona, de cabello canoso, mal peinado, con un rostro surcado inevitablemente por los años y los gruesos pliegues bajo los ojos. Mientras acariciaba un adormecido gatito de pelaje negro, nos dio la bienvenida, preguntando si éramos sobrinos de doña Escolástica. Hamlet dejó claro que él era el sobrino, y que yo era el ayudante. Entramos a la vivienda. La mujer, que se presentó con el nombre de María Cristina, veterinaria retirada, nos pidió disculpas por alguna desprolijidad en el living y en la cocina. Hacía referencia, sin dudas a la cantidad de pelos de gato que había dispersa en los viejos y raídos sillones de pana azul, en el piso y los rayones que surcaban las paredes despintadas desde épocas inmemoriales, producto de peleas gatunas, según nos enteramos después. La referencia continuaba en la cocina, donde la grasitud en la mesada, las paredes y el ventiluz hacían que éste último pareciera un vitraux siglo XVI, de calidad espantosa. Y que quede claro que, haciendo reparaciones técnicas, hemos visitado miles de casas y siempre mantuvimos confidencialidad en cuanto a la puesta en escena, que es una cuestión privada y a respetar; pero esta vez, fue indisimulable. Los olores que emanaban de ese sitio y de la humanidad de doña María Cristina, veterinaria retirada, solicitaban un trabajo rápido y barato.
La señora nos guió hasta el lavadero, que estaba en el patio. Apenas salimos al aire libre nos cruzamos con una cantidad incontable de felinos de todo tipo y tiempo y espacio. Si se sabe que los primeros felinos datan de hace unos cincuenta millones de años, éstos parecían haber sobrevivido a todas las épocas, aún con enormes deterioros a la vista. Un cariñoso Birmano se trepó de mi valijita y se friccionó contra mi brazo, mientras ronroneaba de una manera increíble. Ese es Carlitos, dijo la señora, el vagabundo. Sonreí con simpatía y le tiré una caricia desconfiada al minino. Mientras Hamlet hacía su entrada para nada triunfal al patio, porque un Rex de Cornualles (cómo sé de gatos), de pelo suave y cortísimo, pero con chicles varios pegados a diestra y siniestra se arrojaba sobre su cabeza, como diciendo: aquí mando yo. Hamlet tiró unos disimulados manotazos que no ofendieran a doña María Cristina, con un julepe y una molestia sin atajos. Al toque, simuló que se peinaba su escasa cabellera. De pronto aparecieron decenas de gatos, Esfinges, un Mau Egipcio con una lauchita muerta en su boca, Rusos de pelo corto (yo tuve uno así que se llamaba Cuqui), gatos de Singapur, y mestizos varios. Todos nos rodearon como patotas que querían poner en claro quién domina el lugar. Tratamos de disimular nuestra incomodidad y nos abocamos a ver el electrodoméstico de marras ( ¿se acuerdan de éste término?). Dimos vuelta el tambor para verificar el funcionamiento. Enchufamos el equipo. Estaba trabado. Sin embargo, la correa estaba aceptable, a pesar de todo lo que se imaginan. El reloj, aún funcionaba. Volcamos el lavarropas nuevamente, para verificar la paleta de plástico. Hamlet metió la mano y descubrió la causa de la traba. Sacó, con asco, un ratón de quince centímetros que, apenas lo dejó libre, escapó por el tapial más cercano ante el coro desesperado de maullidos y la persecución más feroz que presenciamos en nuestras vidas. María Cristina observó la escena con una mueca de satisfacción y, ante nuestro silencio, masculló un: ¡ésos son mis muchachos!
Limpiamos el lavarropas, le cambiamos el reloj, y le hicimos precio a la veterinaria retirada: diez pesos, por todo concepto. La mujer sacó un billete de una lata de dulce de leche que no había sido bien lavada previamente. Le hice una seña para que se lo dé a Hamlet: yo no toco dinero, dije, soy el ayudante. Hamlet me devolvió una expresión análoga a una puteada, mientras le decía: gracias, doña María Cristina. Nos fuimos del lugar tras acariciar a algunos de los gatitos que se acercaron a despedirnos. La señora, antes de cerrar la puerta, nos invitó a comer. Le dijimos que teníamos otros muchos trabajos por hacer y nos fuimos rápido de allí. Huimos raudamente, pedaleando sin respiro, oliendo el orín de gato en nuestras llantas, y puteando porque íbamos a tener que perder la tarde lavando las bicis.
Cuando llegué a casa, dispuesto a olvidar esa mañana, me encontré con un sobre pasado por debajo de la puerta. Una carta escrita en sueco. El remitente no tenía un nombre, decía una frase:
Det är som jag hörde en sång-
jag tror det är kärlek på gång.
Enseguida recordé lo que seguía:
Waterloo-allting känns rätt, och det är min tro
Waterloo-du är mitt öde, mit Waterloo
Wa wa wa wa Waterloo – du är mitt öde, mitt Waterloo
Y supe de quién era la carta: Nova Larsenvidt, mi amor adolescente, que conocí bailando Waterloo, del grupo donde mi prima Ag cantaba, durante un cumpleaños de una amiga en común. ¿Cómo me ubicó? Abrí el sobre con nostalgia de lo que fue y de lo que puede ser.

Viernes, 03 de marzo de 2006

Nova ha vuelta a mi vida

He mirado tantas veces el sobre hasta que todo se tornara mentiroso. Hasta que todo pareciera un sueño, imposible de ser real. He leído la carta y he sabido que Nova Larsenvidt ha vuelto a mi vida, con su corazón tan blanco. Y he recordado que cuando siendo niño he amenazado con suicidarme con una pistola lanzaaguas y Nova estuvo allí para recordarme que la vida es más significativa que ese momento estúpido, el de creer que una pistola lanzaaguas podría provocarme algún daño. He recordado a Nova durante toda mi educación secundaria en Rosario. Nunca pude olvidar su cabello, sus ojos transparentes, y sus manos frágiles que acariciaban con ternura.
Nova me dice que viene hacia aquí, que nuestro amigo y reparador de bicicletas personal, hoy actor internacional, Döhmer Vestrup, le hizo saber de mí, y que ella no pudo olvidarme. Procuré olvidarte, me dice, en cada mañana, frente a la montaña donde nos besamos, procuré olvidarte. Y yo pienso que hace años que soñé con ella, y no pude olvidar su belleza. Recordé nuestras caminatas de niñez en Linköping, lejos de casa, con la ciudad llena de infinitos carteles que no decían nada, nena, digo Nova. El aerosol en la mano, escribiendo frases de amor en esos carteles. Nova, Nova, Nova. Te quiero, te extraño, nada es igual al ayer, oh, oh, oh, nada, oh, oh.
Recuerdo la pelea feroz que tuve con mi psicoanalista cuando le mencioné por primera vez mi conflicto interno amoroso. Según él, yo deseaba una Nova, por complejo de inferioridad, porque no quería conformarme con una Luz Leal. Usted, me decía, debe seguir a su Luz Leal, ella iluminará su camino. Una Nova es algo inalcanzable, una utopía, mi amigo. Déjese de jorobar, me remarcó, págueme la consulta y vaya a echarse un polvo con su Lucecita. Me indignó, realmente, porque parecía una curandera de cuarta y no un profesional. Le pagué la consulta, le dejé propina, lo tomé de las solapas del saco de botones dorados que llevaba siempre y le dije que cuando nos viéramos en la calle, cruzara de vereda. Fue la última vez que lo ví. Esa noche, hice el amor con Luz Leal, pero pensando en Nova Larsenvidt.
Sigo con su carta en mi mano. Nova me dice que le interesaría montar una agencia turística en Rosario, dadas las circunstancias. Pero que, por sobre todo, desea verme. Me dice, para que las cosas queden claras, que no tiene pareja, que nunca la tuvo, que está más libre que un taxi en un día soleado. Me encandila su prosa. Nova Larsenvidt, cómo podría olvidarte, si a cada paso de mi vida en Argentina, había un motivo para recordarte. Tomaba un plato de sopa y te recordaba, porque a vos no te agradaba esa poción con afán de castigar a los niños. Salía en bicicleta y recordaba cuando íbamos a lo de Döhmer a que le pusiera un parche, mientras tomábamos una chocolatada y veíamos la versión japonesa de Heidi en dibujitos. Veía el sol todas las mañanas y te recordaba, estaba nublado y te recordaba. Pero la mayor impresión fue cuando durante el mundial de fútbol del ’78, aquí en Argentina, vino tu hermano a jugar para nuestra selección, y todos los chicos del barrio y de la escuela lo buscaban porque era la figurita más difícil para completar el álbum. Yo te buscaba a vos, y sabía que eras una figurita difícil. Cómo olvidar cuando en una excursión de la escuela al zoológico de Linköping, te defendí con una rama de árbol añoso de un oso polar que bramaba tras las rejas, queriendo quitarte el paquete de galletitas rellenas “Börg”. Cómo olvidarte, Nova Larsenvidt.
Lo de la agencia de turismo en Rosario, no sólo no me preocupa, todo lo contrario, me abre una posibilidad laboral a sumar a los artículos para el portal de esos locos amigos, y a las notas que encaramos con Hamlet. Podríamos hacernos cargo del local y ver qué pasa. Lo que me preocupa es la expectativa que traés, Nova. Tu negocio en Rosario será tu batalla, así que cuando estés aquí el día de mañana, en la batalla piensa en mí, y te aseguro que seremos felices. Me decís que venís la semana que viene para sondear el lugar y comprobar si los datos que te pasó Döhmer son veraces. Estás viniendo en avión, y luego en micro hasta Rosario. Llegás por la tarde, y te esperaré, creyendo reconocerte entre todas las almas que vagan por la Terminal de Ómnibus Mariano Moreno.
Nova Larsenvidt, bienvenida a esta historia sin histeria. Sabrás que no podrás escapar del lado de acá, quedarás atrapada entre cronopios y famas. Será nuestro final de juego después de tantos años, porque queremos tanto a Döhmer y porque nos debíamos esta oportunidad.

Viernes, 10 de marzo de 2006

Juntos en la Terminal

Llegué a la Terminal de ómnibus con alguna ilusión. Fui caminando, mientras reflexionaba y para no causarle, de entrada, una mala impresión, no llevé mi bicicleta. Entré como entran quienes van a esperar a sus familiares en el andén respectivo, por la puerta que da a Cafferata. Me senté, para calmar la ansiedad, en uno de los bancos de espera que estaban ocupados por viajantes con múltiples bagayos. Pensé que un altavoz me daría la noticia feliz, me diría, por ejemplo: la señorita Nova Larsenvidt está a punto de descender del micro que la traslada desde Buenos Aires con destino al corazón de Lüar Nömar. Pero no. Los altavoces, prestándose a un juego entre macabro y grotesco me dijeron: Atención señor Lüar, atención señor Lüar, sus amigos Cristina Wolf y Hamlet Alfredo Caporosso le comunican que pronto se van a vivir juntos y, tal vez, para toda la vida.
Traté de alejar esos pensamientos horribles. Mi cerebro es de jugar con esas hipótesis traviesas que, en la mayor parte de los casos, no tienen sustento alguno. Lo importante era que me concentrara en Nova, en la bienvenida a Nova. Lo importante es la primera impresión. Porque, si bien nos conocíamos, reconozcamos que cuando pasan tantos años, uno suele encontrarse con sorpresas. Imaginé que Nova iba a aceptar alojarse en mi casa, sin más vueltas, para poder desenvolvernos con más tiempo y libertad durante sus diez días de estada en Rosario. Imaginé que desde el saludo hasta las primeras propuestas iban a ser naturales, como si hubiéramos dejado de vernos la semana pasada. Ojo, a pesar de la tecnología vigente, quiero decir el uso de camaritas web, sólo medió un llamado telefónico, gracias a que Döhmer le pasó mi número.
La gente iba y venía, los micros, ¿por qué le llaman micros si son gigantes?, también iban y venían. De pronto, llegó una unidad de la empresa Encuentros Turísticos y comenzó a descender un pelotón de viejitos, como que era una excursión del PAMI, o algo así. Entre ese pelotón vi a la mujer que miraba hacia todos lados (era ella, no sean ansiosos, amigas lectoras, amigos lectores, déjenme crear clima), como si buscara a alguien. Tenía un vestido largo, liviano, celeste con flores estampadas muy a lo años ’60; una vincha le contenía su cabello, su hermoso cabello de siempre, y con su bolso en una mano y un cartel en la otra (que decía Lüar, por supuesto), comenzó a acercarse hacia donde estaba yo. Sus ojos transparentes atravesaron los míos, y comencé a acercarme a ella. Nos estrechamos en pleno andén, la sujeté de la cintura, le besé varias veces sus mejillas. Nova dejó su bolso en el piso y sin que aún nos dijéramos palabra, giramos y giramos sin que nos importara la gente. En mis oídos penetraba el leit motiv de Nazareno Cruz y el lobo, de Favio. Era la escena de amor de Nazareno Cruz en pleno andén de la Terminal, estábamos, por fin, juntos en la Terminal (debía justificar el título en una frase). De pronto Nova me miró con esa mirada sólo dirigida por una mujer a un dios del Olimpo, y comenzó a cantar en un susurro:
Det är som jag hörde en sång-
jag tror det är kärlek på gång.
Y yo le respondí:
Waterloo-allting känns rätt, och det är min tro
Waterloo-du är mitt öde, mit Waterloo.
Y los dos, rematamos:
Wa wa wa wa Waterloo – du är mitt öde, mitt Waterloo.
Fue el momento ideal. Ése que no se repite con facilidad en nuestras vidas, y no merecía terminar como terminó. Porque, de pronto, una mano se posó en uno de mis hombros. Me di vuelta sin soltar de la cintura a Nova. No era la Lechiguana, tan bien interpretada en Nazareno... por Nora Cullen, aunque merecería serlo. Era Cristina Wolf, la amarga Jeanine Garófalo de estos lares, ceñida por la cintura, también, por mi fiel amigo Hamlet Alfredo Caporosso. Y la pregunta del millón era: ¿qué mierda hacían estos dos, allí, revocando parcialmente mi momento de resurrección, mi instante cumbre, mi orgasmo vivencial pleno de toda plenitud? La respuesta se oyó de inmediato: venimos de ver a los Rolling Stones en River, y de paso nos quedamos unos días para ver a U2, y de paso nos quedamos unos días para caminar por la ciudad luz de Sudamérica, y de paso decidimos que vamos a vivir juntos, aquí en Rosario. Y de paso, se podrían retirar ya, pensé. Pero mi cortesía llega más allá, y les presenté a Nova. Hamlet la admiró de arriba abajo, mientras la amarga Jeanine la escrutaba, para contarle a Luz toda la escena con lujos de detalles. Nova saludaba con mohínes simpáticos y un castellano rebaladizo como el que utilizaba mi prima Ag para decir: por eso, quiero dar las gracias a las canciones, que transmiten emociones... Jeanine la besó con un compromiso distante y Hamlet la iba a tomar del hombro o a manosear de alguna manera como solía hacer cuando conocía a alguna chica que le gustaba; por eso, le puse el pie adelante, a modo de advertencia. Así que al comprender la señal, se marcharon rápidamente, bajo la promesa de Hamlet de que nos veríamos en horas para ponernos al día con nuestras tareas. Nova elogió el encuentro, mientras ellos se alejaban y, antes de tomar el bolso, me besó en la boca, como para recuperar el tiempo perdido.
Salimos de la Terminal y tomamos un taxi. Llevé a Nova hasta mi casa. Le pregunté si quería ducharse y me contestó que aún no. Le preparé un café, me serví uno para mí. Puse música a volumen moderado y, mientras “Dancing queen” salía dulcemente hacia el ambiente, nos miramos en silencio, devolviéndonos la vida, después de algunos años.

Viernes, 17 de marzo de 2006

Charla hacia el final

Aquella tarde de esta semana me pregunté por qué me levanté con dolor de cabeza, por qué ese presentimiento de que todo está por terminar, justo ahora que Nova está conmigo. Justo ahora que, por fin, hicimos el amor, y bien cabe la palabra. Pero la vida es así, decía mi vecino en Linköping, un anciano pasado de copas y de nariz roja llamado Rudolf: todo lo bueno tarda en llegar, y es efímero. Por eso cuando Nova me dijo, después del almuerzo, que deseaba irse a caminar sola, me entró un poco de temor. Temor que fue diluyéndose cuando aparecieron ellos.
Tomar mates con “Gold” de fondo, con “Dancing queen” en repeat, mientras charlábamos de reencuentros y emotivos momentos, era por cierto delirante. Hamlet me preguntó si había abandonado a Sabina, a días de visitar nuestra ciudad. Le dije que no. Solamente, se trata de un momento de luna de miel, llamémosle así. Döhmer escuchaba sin hablar, mientras chupaba la bombilla con elegancia nórdica.
Hamlet comenzó a contar su periplo en Buenos Aires del brazo de Cristina Wolf (que si se convierte en pareja estable suya, dejará de ser llamada amarga Jeanine, por supuesto). Dijo que flaqueó y que entró al campo a ver a los Rolling Stones, con la entrada que ella le compró. Hamlet sostenía que si bien estaba lleno de caretas, él no tenía cargo de conciencia, porque siempre había sido un stone, de ésos de llevar el L.P. bajo el chivado brazo. Dijo, además, que dada la extraordinaria afinidad, y juro que fueron sus palabras, decidieron quedarse en la capital para vagar por sus calles, hacer el amor en distintos hoteles que Cristina pagó y ver, ya que andaban por ahí, uno de los conciertos de U2. A Hamlet le brillaban los ojos cuando dijo que le dio la mano a Bono y que éste le firmó un autógrafo en el hombro a Cristina, con un fibrón indeleble. Luego de rodeos y detalles acerca de cómo aguantaron tanto tiempo en el campo, hasta la hora del concierto, de cómo se emocionaron con las canciones que conocían a través del disco o cassette, según el caso, Hamlet se despachó con una confesión. Dijo que cuando se habían ido todos a su casa, el campo quedó sólo para ellos. Las luces se habían apagado y él buscó la boca del túnel del local, donde tuvieron sexo desenfrenado. La idea era que cada vez que vieran un partido en River, cuando salieran a la cancha los millonarios, iban a recordar ese momento.
Döhmer me pasó el mate y luego de reiterarme que para él era una alegría enorme encontrarme, me dijo que ayudó a Nova a llegar hasta aquí. Según Döhmer, Nova había tenido seis intentos de suicidio, ante su situación de soledad. Döhmer confió que había comenzado a recorrer el mundo en busca de su destino actoral. Que sobrevivía, en cada país, reparando bicicletas mientras entrenaba actuando en cuanto cortometraje se le cruzara en el camino. Y que, cuando supo de mí, le informó, en uno de sus retornos a Suecia, a Nova acerca de cómo hallarme, puesto que ella le había confiado que me extrañaba desde la adolescencia. Döhmer describió su vida por estos años como la de un aventurero loco, como un romántico empedernido, como un tipo dispuesto a todo con tal de actuar. Y lo había logrado. Hamlet y yo lo habíamos comprobado cuando vimos un corto donde él aparecía. Me convenció de que Nova siempre estuvo pensando en mí. Me convenció de que yo acababa de ingresar en un paraíso posible. Me convenció de que el temor que aparecía en mí por estos días era el temor al cambio definitivo, que era lógico en cualquier ser humano. Me convenció de que el agua estaba fría, así que puse la pava en el fuego, y abrí otro paquete de bizcochos con grasa. Seguimos charlando de cosas pasadas, de una tía actriz de Döhmer de Dinamarca, donde él había nacido, aunque de muy chico su familia emigró a Linköping. Seguimos charlando del futuro de Hamlet, junto a Cristina Wolf. Y seguimos especulando acerca de si Nova se quedaría con nosotros, en Rosario, o si mis días por venir estaban en Linköping. Charlamos hasta que se fueron y yo quedé esperando la vuelta de Nova para decirle que fuéramos a comer pizza a la avenida cercana a mi casa.
Miré por la ventana varias veces, impaciente. Temí que al anochecer le hubiera ocurrido algo feo a Nova. Hasta que golpearon a la puerta. Era ella que, cansada y con una sonrisa natural, me abrazó y entró a casa dispuesta a quedarse una noche más.

Viernes, 24 de marzo de 2006

Juego de tres

Por fin había vuelto Sabina, con sus canciones de siempre. Y yo sin entrada para ver el concierto. Nova se levantó de la siesta y, semidesnuda, caminó hacia el baño haciéndome señas de que pusiera la pava en el fuego para tomar unos mates. Le había encantado definitivamente la infusión, y me la pedía cada tres horas. Cuando salió del baño, aún adormecida, se apoyó en mi hombro para mirar en silencio cómo le ponía yerba al mate en cucharadas milimétricamente calculadas. Es lo único que, desgraciadamente, he calculado en mi vida.
Mientras tomábamos unos mates, le comenté la idea de llegarnos hasta el estadio de Provincial. Con respeto sueco me dijo que si no teníamos los tickets, no íbamos a entrar. Nova, pobre, no tenía idea de quién era Joaquín Sabina hasta que pasó estos días conmigo y le hice escuchar a toda hora varios discos. Nova, pobre, tampoco tenía idea de que yo conozco a Jorge, un portero que trabaja para UTEDYC y me deja entrar en cuanto evento me caza sin entradas, o tickets, como le dice Nova, y tratan de incorporarnos a nuestro lenguaje algunas empresas. Si bien , un crítico de espectáculos recomendaba por radio no acercarse al lugar, para que no se generen disturbios, yo pensé que la recomendación no era para mí, que jamás participo de disturbios, a menos que tenga que defenderme.
Así que, como si tuviéramos las entradas, Nova se puso hermosa al punto que me hizo pensar cómo no me hice músico, cómo no escribí: Nova tomando el sol, bendito descontrol. Yo, como en los últimos tiempos de malaria: zapatos raídos sin lustrar, vaqueros tan gastados que parecían dos extremos, o sucios de verdad de varias semanas, o una nueva moda como ésos que venden con agujeros, y una remera con la cara de Nova estampada dos días antes en el taller de un amigo que acababa de convertirse en una deuda más de mi parte.
Llegamos sobre la hora del concierto, obviamente, es cuando los controllers tienen las manos acalambradas y si les mostrás una entrada de un Central- Temperley del año ’87, te la cortan, la meten en la urna rápidamente y te empujan para que ingreses porque están cansados. Yo no había visto las papeletas que representaban las entradas, no tuve ocasión de ver a nadie que las hubiera comprado. Me llevé los dos cartones bien recortados, y sobreimpreso con brillantina del recital de Serú Girán ’92. Recorrimos las puertas de entrada, hasta que vi a Jorge que me hizo una seña de que lo espere por ahí. Habría que ver dónde era por ahí, y cuándo volvería a ese lugar porque, seguramente, andaba controlando en los pasillos internos. Yo pensé que si amanece por fin nos iba a agarrar allí. Nova me dijo: anda, déjame que me desabroche un botón y me muestre al portero. Al escuchar eso pensé en mi reputación, en la manzana podrida y en que tal vez, Nova, no seas vos la mujer de mi vida. Jorge se asomó de repente, me hizo otra seña de que me acercara a la puerta más cercana a la que estábamos y fue allí que se oyó un estruendo, una ovación, era el ingreso al escenario, sin dudas. Uno de los porteros anónimos me preguntó si nos íbamos a quedar toda la noche allí. Le extendí las dos entradas y leyó con cara rápida y ligera, diciendo: ah, Charly, sí, creo que está como invitado, es amigo del quía; pasen. Correr por esos pasillos hasta la popular, fue lo más cercano al paraíso terrenal, en ese momento. Nos metimos en cualquier boca de entrada, y me mató verlo de remera negra y bombín, gesticulando con un bastón, mientras cantaba. Nova captó mi emoción y me abrazó mejilla a mejilla. Pedimos permiso, y lo conseguimos ante la locura del público extasiado. Nos ubicamos arriba, detrás, en el sector de los mancos, donde en los temas más intimistas jugamos juegos de manos, aunque ahí no daban una de romanos. Luego, la aparición de Baglietto, el primer músico que oí cuando vine a la Argentina y a Rosario a fines de los setenta. Fue corto el concierto, hubiéramos deseado toda la noche. Cuando se encendieron las luces y Sabina ya no estaba en el escenario, llegó la última sorpresa. No, no era Fito, ni Calamaro, ni mucho menos Serrat. Era Luz Leal, mi ex mujer. Estaba hermosa, qué mujer no está hermosa después de un concierto de Sabina, con una remera negra con mi cara estampada. Cuando Nova vio eso, no se sorprendió porque yo le había contado en alguna noche de insomnio sobre ella y sobre mí. Se besaron como dos chicas educadas y bajamos juntos comentando el recital.
Tomamos 27 de Febrero y luego, Ovidio Lagos. Compramos tres latitas de cerveza en un kiosco de la esquina y caminábamos bebiendo y cantando, unas cuadras temas de Sabina, otras cuadras temas de ABBA. Llegamos a casa, los tres, y tomamos (no, más cerveza no; no tenía en la heladera) unos mates y mucho café. Y por esas cosas de la vida que aún no dejan de asombrarnos terminamos en la cama los tres, muy cansados, y abrazados, como tres hermanitos huérfanos de película europea.
Al amanecer, fui el primero en levantarme. Me hice café, y me senté a esperar, cerca del mediodía seguramente, que se despierten las chicas. Luz y Nova tomarían conciencia de la situación. Me puse a leer unos poemas de Kerouac que conservaba por ahí, mientras pensaba que nunca tuvimos conciencia de nada. Miraba de a minutos la puerta del dormitorio, apostando conmigo mismo quién saldría primero. Cuando las vi aparecer juntas, cerca de las doce, me dejé llevar por el fluir de la vida, que a veces te llena de mentiras piadosas.

Viernes, 31 de marzo de 2006

Pesadilla de una noche agitada

Todas las hermosas mujeres de este hermoso mundo estaban conmigo en esta pesadilla. Pero, ¿por qué pesadilla, si estaban todas las mujeres del mundo? Tal vez, no sea el nombre apropiado para definir ese sueño que me invadió en la madrugada del sábado. Si bien estuve viendo todo el día documentales y entrevistas acerca del nefasto golpe del ’76, donde los hijos de puta de siempre: milicos, empresarios y alcahuetes de toda índole, iniciaron la tropelía que nos llevó al país que hoy somos; si bien siempre estuve empapado con el tema, porque me crié aquí a partir de ese período, no aceptaba completamente su influencia.
Nova y Luz se habían quedado dormidas, luego de una agitada noche de convivencia tripartita. Luego de una jornada melancólica afín con el recuerdo de un país quebrado que aún no supimos soldar. Me acosté en el sofá del living, rodeado de discos, de libros y revistas viejas, ya que hace meses, largos meses que no compro nada.
Apenas cerré los ojos comenzó la travesía en un lugar del que siempre uno habla pero jamás recorre. La brisa me acariciaba el rostro en su punto justo. Porque vieron que, a veces, hay un viento molesto, uno se queja, sobre todo en invierno; o, directamente, no hay brisa, y uno se queja también, sobre todo en verano. Esta vez, la brisa estaba en su punto justo. Los árboles daban sombra cuando la debían dar y el sol alumbraba el alma; sí, alumbraba el alma. No me pregunten cómo, pero lo sentía. Yo caminaba lentamente, no porque fuera un cliché de las películas de suspenso, o sí, pero lo cierto es que caminaba lentamente, hasta que de pronto me encontré con un arroyo de aguas cristalinas, de las que pude beber como si lo hiciera de cualquier canilla limpia, de cualquier manguera de mi niñez. Que ese arroyo reflejara el color celeste del espacio, algún refulgente destello del sol, y el sabor del agua fuera a elección. Un metro más allá, sabor a naranja, otro más allá, sabor a ananá, otro más allá, sabor a pomelo. Era el arroyo Tang, pensé intentando asociarlo con alguna clase perdida de geografía. Sin dudas, no estaba en mi ciudad, ni en mi país. Crucé el arroyo caminando entre las aguas, moviéndolas, como revolviendo, levantando una pierna y notando con asombro que estaba seca, la sumergía en el agua y se mojaba, la sacaba y estaba seca, y así, jugaba como en mi niñez. Antes de salir del arroyo, bebí otro sorbo y era sabor multifrut, tal vez producto de la caminata. Una vez que crucé el arroyo ví, más adelante, un pueblo, pequeño, con mucha gente que iba y venía llevando flores, pelotas, de fútbol, de tenis, de rugby, de básquet, pelotas en fin, libros de cristal donde podía leerse la historia a antojo del lector. Yo iba descubriendo todo esto mientras me sumergía en las calles pobladas. Las casas eran transparentes, y así podía ver que dentro había gente sentada alrededor de sus mesas desayunando o merendando y me saludaban levantando sus tazones a manera de brindis. Nadie me preguntaba nada, ni yo preguntaba dónde estaba, ni quería saberlo. Un perro y un niño comenzaron a seguirme, hasta que llegué al bosque. La cantidad de árboles tapaban lo que había detrás. Iba a meterme en ese lugar, por curiosidad. El perro comenzó a pararse y a empujarme hacia el poblado, mientras el pibe, sin hablar, me tomaba de un brazo para que me alejara del lugar. Casi me hicieron caer y me tomé de un árbol, comprobando así que su tronco era blando como una tela, que se movía, y me agaché hacia sus raíces. En un claro de la tela había una firma: Eugenio Zanetti, decía. Era el argentino que ganó un Oscar por “Restauración”, y que había construido el decorado de “Más allá de los sueños”, y ahora, ¿había construido el decorado de mi sueño o pesadilla? Me fui hacia el costado, para no defraudar al niño y a su perro. Llegué a un valle por el que descendí y vi que comenzaban a aparecer mujeres, mujeres que me miraban y esbozaban una sonrisa sarcástica. Algunas me señalaban y simulaban cuchichear entre ellas cuando pasaban en grupo. Me miré y vi que estaba desnudo, y no me había dado cuenta de que en el otro poblado todos estaban desnudos, pero no se me dio por pensarlo. Me escondí detrás de un árbol y me puse un pantalón de tela casi transparente, que con el casi no era lo mismo que transparente. Seguí camino por el sendero que, pude ver se bifurcaba allá lejos, en el final. En ese camino, me crucé con varias mujeres conocidas; en realidad, yo las conocía, ellas no. Así, pasaron la Mona Lisa, Dulcinea del Toboso, sí, no me pregunten cómo lo sabía si nunca le vimos la cara, sólo la imaginamos, pero lo sabía, che, lo sabía, era Dulcinea del Toboso. Pasó también la Maga, y juro que era ella. Y Pilar Ternera, la tiradora de cartas que leían el porvenir. Y Demi Moore, y Ornella Mutti, y la Mona Lisa, y Dulcinea, y etcétera, y otra vez la calesita de mujeres que multiplicaban su belleza, aún cuando no la tuvieran. Yo seguí, sin hablarles, sólo verlas era un consuelo impagable. Crucé ese increíble vergel y me asomé a un llano absolutamente verde, donde brotaban mates de toda clase: de madera, de plata, de calabaza, con bombillas de metales dorados que no llegaban a ser oro. Me agaché y caí en la tentación de chupar de una de las bombillas... y bebí de la irresistible infusión. Seguí camino y allí atrás, donde terminaban los mates, había un jardín circular con dos mujeres adentro, extendidas, como tomando sol. Me acerqué, casi corriendo, porque sabía lo que ustedes se imaginan en este momento: eran Luz y Nova, Nova y Luz. Me vieron y, sin inmutarse demasiado, me hicieron un lugar entre ellas. Nos pusimos a mirar el sol, que no nos hacía ningún daño a los ojos, comíamos uvas frescas, y bebíamos cerveza de un botellón de tronco de un árbol que no pude identificar. De pronto, el cielo se abrió, y como si fueran enormes naves espaciales, aparecieron dos baffles, de los que salían con bajo volumen, pero con una claridad impecable, canciones de Sabina y de Agnetta. Estuvimos una eternidad así. Como no se hacía de noche, nunca era de noche, pues allí la tierra no giraba, no le daba las espaldas al sol en ningún momento. Me levanté y caminé hasta un lago cercano para lavarme la cara. Allí, reflejado en sus aguas insípidas e inodoras, estaba un tipo que escribía sin detenerse más que para tomar café de un pocillo color pelón. Escribía mi historia, lo que yo escribo y vivo por estos días. Pude leer lo que venía y me alejé del lago. Vi a Luz y a Nova que me llamaban a coro: Lüar, querido, Lüar... Era la primera vez en este viaje fantástico que oía hablar a alguien. Me acerqué a ellas, que me abrazaron infinitamente, hasta que nos alcanzó la eternidad.

Viernes, 07 de abril de 2006

Últimas confesiones... y fin

Estoy en el bar de siempre. Sí, ése al que Lüar y Hamlet concurren asiduamente. Por eso no hace falta cita. Sé que vendrá. No en vano soy el autor, para bien o para mal, de toda esta historia de verano. Mientras revuelvo el azúcar que se disuelve con nobleza gaucha en el cortado (esa manera de disolverse cabe mejor en un mate, creo), pienso en cómo lo tomará. Esto de la despedida, digo. Luego pienso que tiene que tomarlo bien porque, al fin y al cabo, pudo haber otras decisiones típicas de taller literario: un accidente automovilístico, justo cuando va a retirar un dinero grande por una nota o un libro periodístico, por ejemplo. No. No. Lo va a tomar bien. De última, si se pone en caprichoso, estampo la firma y se terminó. Aunque no es mi estilo. Ahí viene. Lo veo a través del enorme ventanal por el que entran con absoluta libertad los primeros rayos del sol. Ahí viene. Es exactamente mi inverso. Es rubio de verdad, con ojos de hielo, casi transparentes, ni muy alto ni muy bajo, de andar cansino, típico sueco haciendo turismo. Yo soy todo lo contrario: morocho, alto, fornido, pintón, típico potro latin lover ( ya empezaban a suspirar, se lo creyeron, guachas!!!!). Algo hay, en esto de las diferencias, él es Lüar; yo, Raúl. Él es de Linköping, yo soy de Rosario. Para qué seguir.
Entra en el bar sin recorrer las mesas con su mirada. Viene directamente a la mía. Lo escribí así, y así es, amigas lectoras, amigos lectores. Le explico que estoy aquí para despedirme. Yo te he creado, le digo, pero no soy ni tu padre, ni tu dios; sólo un humilde autor. Me dice que justo ahora, que ha acomodado algunas cosas para vivir mejor. Y lo seguirás viviendo, en un mundo abstracto, le digo, para que puedas contarlo en otra oportunidad, el verano próximo, tal vez. Le pido un cortado, sin preguntarle. Sé que va a aceptar. Por qué viniste, me dice, fracasaste. Sí, sí, fracasaste, me alza la voz. Seguro que si los lectores te lo pedían, seguías escribiendo todas las semanas. Le digo que no, que lo pactado eran veinte capítulos, para pasar el verano. Ah, claro, ironiza Lüar, me das cuatro capítulos de regalo. Qué boludo, se reprocha, cómo no te lo agradezco infinitamente. Le pido que no siga. No es de hombres reprochar. De hombres no, me dice en voz baja, pero de personajes sí. Para congraciarme con él, le comento que reaparece en mi novela “Sólo dos horas”, como un escritor nórdico de renombre que deslumbra a los protagonistas con hermosos cuentos de perdedores. Hace un gesto sobrador ante el cortado que le pone el mozo frente a su nariz. Mientras revuelve el azúcar (no teman, lo de nobleza gaucha ya fue), mueve la cabeza, desconfiado. Para rematar le prometo que aparecerá en mi próximo blog, el verano que viene, llamado por ahora “Los nostálgicos”. Basta, basta, me dice, basta de política absurda. Me duele esta corta vida, que ya ni sé cuándo comenzó. Lüar, le comento a modo de confesión, comenzó cuando Luz te abandonó, y de a poco fuimos construyendo una memoria, en Suecia, y, acá, en Argentina. No seas jodido, che. Es como tomarse vacaciones. Fuiste el revés de mi persona, ante cada situación parecida que vivimos. Ante el periodismo, ante la reparación de un electrodoméstico, ante las relaciones de pareja, actuaste al revés que yo. Sin embargo, algo me preocupa, me confiesa en tono poco amistoso, qué va a pasar conmigo apenas salga de este bar. ¿Quién te dijo que vas a salir de aquí? le digo con sarcasmo. ¡Viste! ¡Qué hijo de puta! ¡Me vas a matar, o a hacer matar! Ahora seguro que entra alguien con intenciones de robo, y empieza a los tiros. Es de escritores de cuarta, delira Lüar. No, pequeño pelotudo ilustrado, fue una broma, le respondo, soy de cuarta, pero no a ese extremo. Puedo hacer que salgas, y cuando atravieses el umbral te sientas liberado de mi birome y cruces distraído la calle para que te atropelle un colectivo. Pero, no. No será así. Puedo necesitarte para otro blog, otra novela, otro guión, otro cuento, no sé. Por eso, te conviene no insultarme demasiado. Porque en otra historia pueden aparecer Luz y Nova, más sexys que nunca y vos estar impotente. Te conviene comprender que uno se enamora de sus personajes, convive con ellos, hasta que como todo ciclo, se termina, se busca un impasse. Uno crea historias para homenajear y para revivir. Yo estoy aquí, como el maestro Migré en el último capítulo de “Rolando Rivas, taxista”, cuando le hace señas y sube al tacho que conduce su personaje, para confesarle que él es quien lo creó, quien le escribió los mejores y los peores momentos de su historia. ¡Hijo de puta! dice Lüar. Estas plagiando. Sonrío levemente: estoy homenajeando. A veces, le digo con firmeza, estoy parodiando, a veces estoy creando y, a veces, estoy tratando de vivir como me hubiera gustado. Uno se pone contento, Lüar, cuando a su personaje le va bien. Tus mujeres, tus notas, tus sueños, tus logros pasaron por aquí, y fueron vistos por nuestros lectores, que nos hicieron saber, en sus comentarios de blog y en sus e-mails privados, que rieron y pensaron. ¿Qué más podemos pedir? Otro cortado, eso podemos pedir, para quedarnos charlando un rato más y ser más amigos. Lüar se levanta, se niega a tomar otro cortado y me confiesa que va a salir, a lo que sea. Le digo que salga tranquilo, que a partir de este momento no pienso más en esta historia, que es su ventaja, que tal vez lo espera alguien o no, que camine todo el tiempo sin importar el rumbo, porque esas cosas escondidas aparecerán en otras páginas. Me robaste la primera persona, Raúl, me recrimina. Esperaste hasta el último capítulo para robarme el protagonismo, me dice iracundo mientras le cae una lágrima por su pálida mejilla. Le tiendo la mano, me la aprieta con resignación, más que con convicción de amigo. No te robé nada, le digo, todo el mundo preguntará por vos, no por mí. ¿Cuándo vuelve Lüar? ¿Qué es de la vida de Lüar? Vos te vas para allá, y yo para acá, como en un espejo: Lüar, Raúl; Raúl, Lüar. Me levanto, rodeo la mesa, me abrazo con Lüar y le agradezco el verano que me ayudó a pasar. Mientras me mira sin querer soltarme la mano, pienso en estas últimas confesiones... y fin.