diez cuentos acerca de mi ciudad
diez cuentos acerca de mi ciudad
Estos cuentos pertenecen al c.d. multimedia que publiqué este año. Están disponibles completos, ilustrados por una foto cada uno, aunque el c.d. contiene, además, imágenes en video, más fotos y los diez cuentos leídos por mí para escuchar en cualquier equipo de audio o P.C. Espero que lo disfruten.
detrás de las vías
Cuando llegué a aquel barrio, bajé de la camioneta, me paré sobre la vía del medio, y supe de inmediato que había llegado, por fin. La descripción que me había hecho Jennifer, basada en fotos que siempre le mostraba su abuela, sólo variaba en que había dos pasos a nivel, en lugar de uno. Es que ella había puesto el acento en la barrera que pertenecía a la estación Ludueña, y yo me encontré con el otro, doscientos metros más hacia el oeste. Parado allí, pude ver el cruce de las vías del Mitre y del Belgrano que resaltaban cual coordenadas. No podía equivocarme.
Cuando llegué a la casa, detrás de las vías, sobre Felipe Moré, confirmé que el número era el indicado en la carta. Golpeé la puerta de madera, con un poco de miedo a que se pulverizara, tal era el estado. Bien pintada, eso sí. Tal vez con un barniz mezclado con alguna tinta que imitaba el color del roble. Esperé unos segundos, esperé unos minutos, hasta que salió un hombre, muy avejentado. Salió por el costado, una especie de pasillo que lindaba con un jardín simple, pero muy cuidado, lleno de flores y macetas de madera y cerámica. El hombre me señaló con firmeza. Usted viene a reparar el teléfono, me dijo.
No, le respondí, y cuando iba a presentarme me interrumpió y me pidió que me fuera. Váyase, repitió, hace diez años que espero que me vengan a reparar el teléfono, pero no les voy a pagar más la cuenta. Se dio vuelta para entrar, pero antes me miró a los ojos como ni siquiera mi padre lo había hecho en su vida. Me hicieron perder miles de changas, me llevaron a la ruina, igual que ese tirano que cerró todos los ramales, dijo con énfasis, como a punto de comenzar un largo discurso que yo le interrumpí, esta vez. Vengo de parte de Felicidad Almonacid, le dije de golpe, sabiendo que le estaba tirando toda la vida por la cara, que habría algún efecto. Benito, porque yo sabía que así se llamaba, bajó la cabeza y, cuando iba a abrir la boca le dije: no intente negar que la conoce. Cinco minutos de reloj, podría jurar, estuvimos en silencio. Yo no tenía apuro y Benito repasaba algo en su mente. Recogí una rama del sauce, unas hojas que caían sobre mi cara por acción del viento. Jugué con esa rama hasta que Benito me invitó a pasar.
Era una casilla monoambiente. Bien pintada, se lo dije. Es para lo único que tengo, me dijo. No tengo ni jubilación. No quise tenerla, siempre quise trabajar, por eso me da bronca lo del teléfono, ¿quiere un mate? Le dije que sí, cómo voy a despreciar un mate de alguien que, tal vez, no recibía visita en años. ¿Cómo supo de Felicidad? me preguntó como al pasar mientras echaba agua sobre la yerba. Por su nieta, Jennifer, a quien conocí en unas vacaciones en Australia. ¿Usted estuvo en Australia? me preguntó. Sí, hace tres veranos. Después seguimos escribiéndonos. Hoy, con el correo electrónico, usted sabe. Yo no sé nada, pero no importa. Así que Felicidad tiene una nieta, agregó, y se quedó pensando vaya a saber en qué hechos remotos. Tres nietas tiene, le confirmé. Asi que se casó, dijo casi en silencio aunque pude leerle los labios. Felicidad me dejó, ¿sabe?, me dijo, y me aclaró antes de que yo pudiera objetarle algo. Se fue a Australia, allá por los años setenta, cuando se iban todos. Y yo que iba a hacer, ¿Iba a estudiar inglés? Si me la pasaba cantando zambas y chacareras con esa guitarra que usted ve colgada allí. Ella pensó que el futuro estaba allá. Y yo, que había perdido a mis padres y a mi hermano, en la revuelta de la libertadora, pensaba que el futuro estaba acá, en las vías, en el ferrocarril. Y está bien, yo quería su bienestar, así que no la iba a obligar a quedarse. Lo que me extrañó fue que se llevara algo muy preciado que le regalé y que me hubiera gustado saber qué pasó con eso. Allí interrumpió su monólogo. Me cebó un mate y me miró como esperando que yo le diera alguna noticia. ¿Y usted qué quiere contarme de ella? me preguntó sin tristeza, como si ya no esperara más nada de la vida. Felicidad murió, don Benito, le dije sin vueltas, porque de otra manera no me hubiera animado. Y Jennifer me envió, en un avión, algo para usted, algo que... la verdad, no se lo pidió Felicidad, aunque, a veces, hablaba de usted en confidencia con su nieta. Benito me miró de pies a cabeza. No veo que traiga nada, joven. Lo tengo en mi camioneta. Yo soy de Villa Ballester. ¿Y se vino hasta aquí para traer eso? me dijo mientras revolvía un tacho despintado en busca de un bizcocho. Es la prueba que me pidió Jennifer. Si cumplo, se viene a vivir conmigo a Buenos Aires. ¿Y la camioneta, dónde está? En la estación Ludueña.
De allí vine caminando, siguiendo las instrucciones de Jenny. Voy a buscarla. ¿Por dónde puedo entrar? Agarre por Santa Fe y métase por ésta, nomás, que es mano, me explicó.
Fui hasta la estación, pregunté a un vendedor de churros que no dejaba de soplar su corneta y me guió por una curva y contra curva hasta que llegué a Santa Fe. Crucé la vía y giré a la derecha, mientras el animal me lamía porque había pensado, si es que los animales piensan, que lo había abandonado. Cuando llegué a la casa de Benito, éste me esperaba en la puerta. Nunca había visto un hombre llorar tanto como a él. Y nunca había visto a un perro mestizo tan feliz, dando saltos, a pesar de sus cuarenta y tantos, un fenómeno que conoció toda Australia. En la televisión lo presentaban como el perro que espera eternamente. El abrazo duró tanto que parecía que iba a anochecer. Y esa fue la excusa para dejarlos solos. Tenían tantas cosas para decirse. Benito me vio subir a la camioneta y, antes de que la pusiera en marcha me dijo: no se pierda. Venga con la Jenny ésa, algún día. Vendré, hombre, le juro que vendré, y acompañado, le dije y me fui despacio hacia el sur.
corriendo hacia atrás
sin ver ese tiempo
Yo apago mi equipo, me voy hacia la cocina, me preparo unos mates y enciendo la radio. El locutor anuncia a Charly. Al aire sale Sandro. Me pregunto si es un error del operador o algo está pasando en todo el mundo.
calle nueva
así se llama esa mujer
volver a verlo
decir lo mismo
Se separaron, perdiéndose en la oscuridad, y pensando en las palabras que siempre les daba la sensación de que las escribía otro.
las cosas que fueron
mañana lloverá fuerte
Sentado en su techo, solo, miró alrededor y comenzó a tirar sus cosas en el agua que le rodeaba. La frase que había repetido hasta el cansancio: “Mañana lloverá fuerte”, le pareció lo más inútil que había dicho en su vida. Y de nada valía, esa tarde, darle la razón a la televisión, cuando vio el cielo limpio y un sol que descendía con lentitud hacia el poniente.

