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diez cuentos acerca de mi ciudad

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diez cuentos acerca de mi ciudad

Estos cuentos pertenecen al c.d. multimedia que publiqué este año. Están disponibles completos, ilustrados por una foto cada uno, aunque el c.d. contiene, además, imágenes en video, más fotos y los diez cuentos leídos por mí para escuchar en cualquier equipo de audio o P.C. Espero que lo disfruten.

detrás de las vías

      Cuando llegué a aquel barrio, bajé de la camioneta, me paré sobre la vía del medio, y supe de inmediato que había llegado, por fin. La descripción que me había hecho Jennifer, basada en fotos que siempre le mostraba su abuela, sólo variaba en que había dos pasos a nivel, en lugar de uno. Es que ella había puesto el acento en la barrera que pertenecía a la estación Ludueña, y yo me encontré con el otro, doscientos metros más hacia el oeste. Parado allí, pude ver el cruce de las vías del Mitre y del Belgrano que resaltaban cual coordenadas. No podía equivocarme.

   Cuando llegué a la casa, detrás de las vías, sobre Felipe Moré, confirmé que el número era el indicado en la carta. Golpeé la puerta de madera, con un poco de miedo a que se pulverizara, tal era el estado. Bien pintada, eso sí. Tal vez con un barniz mezclado con alguna tinta que imitaba el color del roble. Esperé unos segundos, esperé unos minutos, hasta que salió un hombre, muy avejentado. Salió por el costado, una especie de pasillo que lindaba con un jardín simple, pero muy cuidado, lleno de flores y macetas de madera y cerámica. El hombre me señaló con firmeza. Usted viene a reparar el teléfono, me dijo.

   No, le respondí, y cuando iba a presentarme me interrumpió y me pidió que me fuera. Váyase, repitió, hace diez años que espero que me vengan a reparar el teléfono, pero no les voy a pagar más la cuenta. Se dio vuelta para entrar, pero antes me miró a los ojos como ni siquiera mi padre lo había hecho en su vida. Me hicieron perder miles de changas, me llevaron a la ruina, igual que ese tirano que cerró todos los ramales, dijo con énfasis, como a punto de comenzar un largo discurso que yo le interrumpí, esta vez. Vengo de parte de Felicidad Almonacid, le dije de golpe, sabiendo que le estaba tirando toda la vida por la cara, que habría algún efecto. Benito, porque yo sabía que así se llamaba, bajó la cabeza y, cuando iba a abrir la boca le dije: no intente negar que la conoce. Cinco minutos de reloj, podría jurar, estuvimos en silencio. Yo no tenía apuro y Benito repasaba algo en su mente. Recogí una rama del sauce, unas hojas que caían sobre mi cara por acción del viento. Jugué con esa rama hasta que Benito me invitó a pasar.

    Era una casilla monoambiente. Bien pintada, se lo dije. Es para lo único que tengo, me dijo. No tengo ni jubilación. No quise tenerla, siempre quise trabajar, por eso me da bronca lo del teléfono, ¿quiere un mate? Le dije que sí, cómo voy a despreciar un mate de alguien que, tal vez, no recibía visita en años. ¿Cómo supo de Felicidad? me preguntó como al pasar mientras echaba agua sobre la yerba. Por su nieta, Jennifer, a quien conocí en unas vacaciones en Australia. ¿Usted estuvo en Australia? me preguntó. Sí, hace tres veranos. Después seguimos escribiéndonos. Hoy, con el correo electrónico, usted sabe. Yo no sé nada, pero no importa. Así que Felicidad tiene una nieta, agregó, y se quedó pensando vaya a saber en qué hechos remotos. Tres nietas tiene, le confirmé. Asi que se casó, dijo casi en silencio aunque pude leerle los labios. Felicidad me dejó, ¿sabe?, me dijo, y me aclaró antes de que yo pudiera objetarle algo. Se fue a Australia, allá por los años setenta, cuando se iban todos. Y yo que iba a hacer, ¿Iba a estudiar inglés? Si me la pasaba cantando zambas y chacareras con esa guitarra que usted ve colgada allí. Ella pensó que el futuro estaba allá. Y yo, que había perdido a mis padres y a mi hermano, en la revuelta de la libertadora, pensaba que el futuro estaba acá, en las vías, en el ferrocarril. Y está bien, yo quería su bienestar, así que no la iba a obligar a quedarse. Lo que me extrañó fue que se llevara algo muy preciado que le regalé y que me hubiera gustado saber qué pasó con eso. Allí interrumpió su monólogo. Me cebó un mate y me miró como esperando que yo le diera alguna noticia. ¿Y usted qué quiere contarme de ella? me preguntó sin tristeza, como si ya no esperara más nada de la vida. Felicidad murió, don Benito, le dije sin vueltas, porque de otra manera no me hubiera animado. Y Jennifer me envió, en un avión, algo para usted, algo que... la verdad, no se lo pidió Felicidad, aunque, a veces, hablaba de usted en confidencia con su nieta. Benito me miró de pies a cabeza. No veo que traiga nada, joven. Lo tengo en mi camioneta. Yo soy de Villa Ballester. ¿Y se vino hasta aquí para traer eso? me dijo mientras revolvía un tacho despintado en busca de un bizcocho. Es la prueba que me pidió Jennifer. Si cumplo, se viene a vivir conmigo a Buenos Aires. ¿Y la camioneta, dónde está? En la estación Ludueña.

     De allí vine caminando, siguiendo las instrucciones de Jenny. Voy a buscarla. ¿Por dónde puedo entrar? Agarre por Santa Fe y métase por ésta, nomás, que es mano, me explicó.

    Fui hasta la estación, pregunté a un vendedor de churros que no dejaba de soplar su corneta y me guió por una curva y contra curva hasta que llegué a Santa Fe. Crucé la vía y giré a la derecha, mientras el animal me lamía porque había pensado, si es que los animales piensan, que lo había abandonado. Cuando llegué a la casa de Benito, éste me esperaba en la puerta. Nunca había visto un hombre llorar tanto como a él. Y nunca había visto a un perro mestizo tan feliz, dando saltos, a pesar de sus cuarenta y tantos, un fenómeno que conoció toda Australia. En la televisión lo presentaban como el perro que espera eternamente. El abrazo duró tanto que parecía que iba a anochecer. Y esa fue la excusa para dejarlos solos. Tenían tantas cosas para decirse. Benito me vio subir a la camioneta y, antes de que la pusiera en marcha me dijo: no se pierda. Venga con la Jenny ésa, algún día. Vendré, hombre, le juro que vendré, y acompañado, le dije y me fui despacio hacia el sur.

corriendo hacia atrás

    Siempre estaba corriendo hacia atrás con mi mente. Sobre todo en esas tardes de verano cuando salía en bicicleta a recorrer las calles de Echesortu. Alcanzame el rimmel que te sigo contando. Esas calles por las que mis tías me llevaban a la plaza cuando mamá trabajaba. La plaza está cada vez mejor, pero también más sola. Me pregunto qué hacen los chicos y las chicas de ahora, a qué juegan, con qué juegan. O yo soy la tonta que piensa, con un romanticismo que quedó en los setenta, que con una hamaca, un tobogán y un árbol gordo donde esconderse la vida ya está hecha.     Aunque siempre estaba corriendo hacia atrás con mi mente, como ya te dije, fue aquella tarde, un 6 de febrero, que descubrí a ese hombre. Fijate si está el peine fucsia, allí en el cajón de arriba. Estaba sentado en el banco de piedra, ese hombre te digo, leyendo un libro de Poe. ¡Leyendo un libro! me dije, entre alegre e indignada por los tiempos que corren. Me acerqué con el sencillo truco de la goma pinchada. Sí, no te rías, hay cosas más cursis. Le había aflojado la válvula, casi en la esquina. Miré el reloj, no fuera cosa de que se hiciera de noche y me atrapara sola con un desconocido en una plaza, por más que fuera la plaza de mi infancia. Me impactó que leyera un libro de Poe, porque yo sólo conocía las historias de Chiqui Bragaña, que sucedían en casas suntuosas y entre gente que uno nunca iba a poder conocer.     Eso hacía más exóticas las novelas, con esos ajetreados romances entre primos que se disputaban herencias infinitas, que incluían hoteles cinco estrellas, yates y pozos petroleros. Y este hombre leyendo a Poe que, según le oí alguna vez a mi primo Humberto, escribía historias de terror.     Me acerqué en silencio. Me senté a su lado, resoplando por el supuesto percance. Se ofreció a solucionar el problema sin dejar de darse cuenta de que yo no le sacaba la vista de encima al libro. Tomá el peine y escuchá. Observaba la bicicleta dándose importancia, como si se tratara de un transbordador espacial. Tocaba el manubrio, repasándolo con su mano áspera, lo medía. Probaba los frenos. Con la yema de los dedos recorría las cubiertas, como analizándolas en profundidad. Andá llamando a un taxi; en la libreta azul hay números. Por fin, el hombre, tocó la tuerca que ajusta la válvula. Me miró, y vio que a esa altura yo tenía el libro entre mis manos y lo hojeaba con curiosidad. Me dijo que tuve suerte, que no había pinchado. Si da ocupado, probá con otro. Me dijo, este hombre, que el mal estado de las calles había aflojado la tuerca de la válvula, y se ofreció a acompañarme hasta la gomería que estaba a tres cuadras de allí. Probá con otro, te digo, o vamos a llegar tarde. Y me acompañó. Inflamos la rueda de la bicicleta y cuando íbamos a despedirnos me regaló el libro. Fue así como empecé a leer a Poe. En realidad, es el único libro de Poe que leí, gracias a él. ¿Ya viene, en dos minutos? Esperá que agarro la cartera. ¿Llevo el libro, y lo muestro al público? No, mejor lo dejo. ¿Por qué me mirás así? Es cierto, tendría que decir algo de este señor, en la presentación de esta noche, de mi libro “El ejecutivo asesinado por un cuervo irreverente”. Después de todo, fue aquel encuentro que me inspiró la historia.

sin ver ese tiempo

     No nos sorprendió del todo que nos convocara, porque año tras año recibíamos una tarjeta suya desde Utah, Estados Unidos. Teníamos más de quince y llegaban en diciembre con una inscripción que remitía a sabiduría: “No podemos vivir sin ver ese tiempo... el de la secundaria”. Después agregaba: saludos y un garabato ininteligible que, seguramente, era su firma.    Decía que no nos sorprendió que nos llamara, pero sí nos inquietó el lugar. No era un restaurante, una cantina, un bar, donde pudiéramos rememorar aquellos tiempos en que, por qué no admitirlo, él era un pibe retraído, intrascendente, y blanco de muchas de las gastadas a que estábamos acostumbrados a ofrecerle. El lugar era la escuela que está frente al parque Alem, a las once de la noche del 6 de octubre. Y allí estuvimos.      Fuimos llegando de a uno o de a dos. No había sorpresas, no faltaría nadie. Nos habíamos hablado previamente por teléfono. Las puertas estaban abiertas y sólo había luz en el hall de ingreso y en el salón auditorio. Hasta allí nos acercamos. Estaba vacío. En el escenario había un atril y un micrófono. A muy bajo volumen se oía un tema de Sandro que el loco Brandán identificó de inmediato. Nos mirábamos unos a otros, preguntándonos qué vendría ahora, qué espectáculo íbamos a presenciar y, por sobre todas las cosas, qué hacíamos allí.      De pronto un chirrido que captó el loco Brandán, se transformó en un estampido. Eran las puertas que se cerraban, pero no automáticamente, sino como empujadas por unos tipos contratados para tal fin. Nos miramos preocupados, porque temor, miedo, o cualquier cosa semejante no íbamos a tener nosotros, que ya estábamos bastante grandecitos. Al instante dejó de escucharse a Sandro y sólo podíamos percibir nuestra respiración y la reiterada pregunta del loco Brandán: ¿che, qué pasa?    Se apagaron las luces. Un seguidor comenzó a barrer la sala, hasta que se detuvo sobre el escenario. Allí apareció él, de galera y bastón, como los bailarines de los años cincuenta. El loco Brandán comenzó a aplaudir lentamente, mientras nos miraba para que lo imitáramos. La sala se llenó con un cerrado aplauso. La sonrisa de nuestro anfitrión se notó desde la sexta fila, allí donde estábamos nosotros. Nuestro anfitrión esperó que termináramos de aplaudir. Nuestro anfitrión era él, Rogelio Freschi, cómo olvidarlo.    Rogelio se puso a hablar: Buenas noches. Como pueden comprobar, no podemos vivir sin ver ese tiempo, el de la secundaria, porque nos marca para toda la vida.     A medida que avanzaba en su discurso, el tono se iba tornando seco, apocalíptico. Si bien no lo sentíamos, hay que admitir que la mejor descripción era que metía miedo. Rogelio contó de su carrera en informática, sus becas y sus premios y su doctorado en los Estados Unidos. Y agregó, para ponerle calidez al momento: pero no olvido ese tiempo, nuestro tiempo, muchachos. No olvido cuando hicieron desaparecer mi colección de vinilos de Sandro. Travesura de adolescentes. Ya ven, hoy poseo la más grande colección en C.Ds. Pero deseo advertirles algo.    Ahí nos miramos en la penumbra, preguntándonos por qué utilizó esa palabra: advertirles. Esa palabra, que es casi siempre una amenaza, no condecía con la personalidad de Rogelio Freschi.    Deseo advertirles algo, continuó. Desde mañana, habrá Sandro en todo el mundo, en todos los C.Ds. En todos sus C.Ds. Porque como jefe universal de códigos programados anticopias, pude diseñar el programa que así lo permitiera. Como parte de la lucha contra la piratería, y como reivindicación del más grande de todos los tiempos.     A esta altura su voz ya se había tornado estentórea. Se apagó el seguidor, y el loco Brandán dijo: ésto es una joda, muchachos. O éste está más chapita que yo, o ahora nos invita a comer un buen pescado asado y a festejar entre todos este reencuentro.     Se encendieron las luces. Rogelio Freschi no estaba en el escenario. Esperamos diez minutos, porque pensamos que se había ido a cambiar la ropa e iba a aparecer riéndose con nosotros, pero no fue así. Esperamos veinte minutos más. Nos levantamos y nos fuimos. El loco Brandán propuso alejarnos rápido y mencionó un bar de la avenida Alberdi y Génova. Allí fuimos y nos quedamos comiendo pizzas hasta las cuatro.    Al otro día me levanté, cerca del mediodía, y fui hasta el equipo de audio. Estaba puesto el disco de U2 que me regaló Elizabeth en nuestro último aniversario. Pongo play. Se escucha a Sandro. Voy corriendo al teléfono. Lo llamo al loco Brandán, que me putea porque quiere seguir durmiendo. Lo obligo a los gritos, como si estuviéramos al borde del fin del mundo, a que vaya hasta su equipo. El loco es un nostálgico de aquéllos, dice que tiene “The wall” en la compactera. Pone play, me lo dice por teléfono, pero se queda mudo. Escucho, a bajo volumen, pero escucho. Es la voz de Sandro. El loco me dice que hay que hacer algo. Le digo que sí, llamemos a los otros muchachos. Yo me encargo, me dice.

    Yo apago mi equipo, me voy hacia la cocina, me preparo unos mates y enciendo la radio. El locutor anuncia a Charly. Al aire sale Sandro. Me pregunto si es un error del operador o algo está pasando en todo el mundo.

calle nueva

     Llegó con paso lento, como lo hacía de costumbre. Decía, con convicción, que caminar despacio con la valijita de chapa gris, bien limpia aunque estuviera rayada, era también una especie de publicidad. Afirmaba que la gente lo veía y le tomaba el teléfono que exhibía en una calcomanía que llevaba pegada a los costados de la valijita: si paso rápido, me pierdo una enorme cantidad de clientes, y los tiempos no están para desperdiciar changas. Golpeó la puerta de esa casa señorial y, mientras esperaba que alguien abriera contemplaba la calle, el empedrado, el paredón y los añosos árboles que ofrecían una generosa sombra.     Abrió Matilde Ribolza Núñez. Ella misma lo había llamado, porque se lo había recomendado en un té de otoño una amiga con la que, en otros tiempos, había recorrido el mundo. Lo miró de pies a cabeza, se acomodó los anteojos de carey y lo invitó a pasar. Matilde le pidió que la siguiera hasta la cocina.     Cruzaron la sala de estar, un ámbito oscuro de cuyo techo colgaba una araña del siglo diecinueve que tenía dos lámparas de bajo consumo solamente y apagadas. Algo de luz entraba por el ventanal. Él casi se lleva por delante el antiguo piano que descansaba a un costado tapado por una enorme tela de raso de color cobrizo. Cuando llegaron a la cocina, Matilde le explicó cuál era el problema: la canilla goteaba demasiado y no la dejaba dormir de noche. Él le comentó que había que cambiar el vástago completo y que eso le podía salir unos setenta pesos. Matilde le dijo que no había inconveniente, si el trabajo estaba bien hecho. Él le aclaró que tenía que llegarse hasta un negocio de repuestos para sanitarios que había en la calle Mendoza, y que para eso tenía que cortar el agua, sacar el vástago y llevarlo para que le vendieran la medida exacta. No importa, dijo ella, total estoy viendo la novela de la tarde, vaya tranquilo.    Él salió. Antes de tomar hacia Mendoza contempló una vez más la cuadra, el empedrado, el paredón, los árboles. Recordó que, cuando era pibe, su padre pasaba en bicicleta por allí y le llevaba las pelotas de tenis que caían sorpresivamente desde atrás del paredón. Un día lo trajo en la bicicleta, un domingo, y a él le pareció mágico que las pelotas pasaran como si nada, porque no veía a los jugadores. Movió la cabeza para ahuyentar el recuerdo y caminó en busca del vástago.    En media hora estuvo de vuelta. Mientras esperaba que Matilde le abriera, su vista recorrió el empedrado, el paredón, los árboles. Matilde le abrió y le pidió que se apurara, porque se perdía el capítulo de la novela. No sabe lo linda que está, dijo con entusiasmo. Muy pronto estuvieron los dos en la cocina, ella sin sacar la vista de la pantalla y él en la faena de cambiar el vástago con su manera tan meticulosa de reparar.     ¡Claro, ahora la maltratás, pero en “Las siete rosas” bien que te gustaba porque ella era rica y vos un triste jugador! exclamó repentinamente Matilde. Él la miró sin comprender. Matilde notó esa mirada y le aclaró que se refería al actor, que ya había trabajado junto a la actriz con la que jugaba la escena en ese momento. ¡Ahora te quiero ver! ¿Qué le decís al padre? ¡A ver si sos tan guapo, ahora! Se envalentonó Matilde. Él giró la llave caño y reclinó el cuerpo para espiar la pantalla del televisor. Matilde notó esa curiosidad y le aclaró que el padre de la chica había sido el protagonista de “Pendenciero”, una telenovela nocturna que tuvo al país en vilo hacía ya casi treinta años.  Cuando él terminó su trabajo se dio cuenta de que también terminaba la telenovela. Matilde apagó el televisor y le ofreció un café. Él aceptó. Se había levantado demasiado temprano y aún tenía que hacer un par de domicilios más. Mientras él saboreaba el café, Matilde fue a buscar el dinero para  pagarle. Al volver a la cocina le dijo: usted no va a creer, pero estas cosas que muestran en las novelas pasan. Y le confió: yo conocí un caso, la sobrina de la hermana de la nieta de mi bisabuela, porque eran tres nietas, se enredó con un hombre que parecía tan caballero, y sin embargo, supimos por la hija de la hermana de la madre de esa sobrina que le digo, que el hombre, el que parecía caballero, le pegaba cuando volvía borracho del hipódromo. Él se limpió la boca con la servilleta de papel que Matilde le puso en la mesa, entrecerró los ojos como haciendo un cálculo y acotó: usted me habla de una prima hermana suya. ¿La conoce? preguntó espantada Matilde. No, señora, la escuché atentamente y todo es cuestión de recorrido genealógico. Se levantó de la silla y le dijo que la canilla no iba a gotear por mucho tiempo. Matilde le pagó y le pidió que la acompañe hasta la puerta.     Él contempló el entorno y le dijo: usted sabe, creí que ya era una calle nueva ésta, que estaba pavimentada con macadam; yo pasaba por aquí con mi viejo cuando era chico. No me diga, sonrió Matilde, nosotros vivimos aquí de toda la vida, esta casa era de papá. Él le tendió la mano. Matilde le dijo: si tengo otro problema lo llamo. Y lo vio alejarse con la valijita gris, y vio que, de tanto en tanto, se daba vuelta para ver el empedrado y el paredón y los árboles que, ya a esa altura de la tarde, cubrían con su sombra la mayor parte de la cuadra.  

así se llama esa mujer

     Cuando volvió de la amnesia, veinte años después, supo toda la verdad. Esa verdad contenía un sinfín de elementos que él supo amar, apreciar, detestar y odiar. Aparecieron verdades que dolieron y verdades que sorprendieron. Porque él se olvidó de todo cuando era adolescente, y veinte años no es una tontería. Él se preguntaba adónde había ido a parar esa vida que vivió durante esos veinte años. Veinte años de desconfianza. Se arrimaba su madre y cómo saber que era su madre. Se acercaban sus amigos y cómo comprobar si eran sus verdaderos amigos, si la gente no anda por la vida con un carnet de amigo.     Esa mañana se levantó dispuesto a reencontrar a la mujer. En su recuerdo era una chica vital, inquieta, que creía que el mundo podía cambiar, o que la gente del mundo podía cambiar para lograr una vida mejor. Una mujer que le había prometido quedarse a su lado, siempre, pase lo que pase. Alguien, uno de los amigos con los que estuvo escuchando los discos de la época en que querían armar una banda de rock, seguramente le pasó el dato. Caminó treinta cuadras, notando que los nombres de algunas calles habían cambiado, que los números y los colores de algunas líneas de colectivos habían cambiado, que las alturas de los edificios habían cambiado. “Mariel tenía razón”, pensó, “el mundo iba a cambiar inexorablemente”.    Llegó a la esquina indicada. Cada mujer que pasaba podía ser ella, pero ninguna entraba en esa casa. Se arrimó al quiosco de diarios y le preguntó al canillita, un hombre de unos cincuenta que podía darle datos. Mientras le entregaba “La Capital” del día a una mujer que venía de comprar verduras, le señaló a la mujer que empujaba el coche del bebé. “¿Usted quería saber de ella? Mariel, así se llama esa mujer” le confirmó.     Mariel intentó cruzar la calle, pero cierta incomodidad para maniobrar con el cochecito la hizo declinar en la idea. Se metió en la casa. Él preguntó y el canillita respondió: “Hace unos diez años que vive acá”, le comentó mientras sujetaba con unos broches de madera algunas revistas deportivas. “Estuvo jodida varios años. Por un accidente de moto. El loco del novio se estrelló contra un poste de iluminación y casi la manda al más allá”, agregó.    Le dio las gracias al canillita y se fue, caminando las calles que había recorrido de ida. Y pensando, pensando mucho, en las últimas palabras que hablaban del loco de la moto, de las cirugías a las que sometieron a Mariel, del milagro que, según decían, significó que haya parido un bebé, y de la inevitable verdad acerca de los cambios en el mundo.

volver a verlo

     Todas las semanas se proponía volver a verlo. Durante años les había contado a sus amigos y a sus primos que lo había visto en esa zona de la costa del Paraná. Y ellos lo admiraban, porque no es cosa de todos los días ver un pez volador. Así que se iba por las tardes, a la salida del trabajo, con su bicicleta, una caña y una valijita de metal con las carnadas. Se sentaba al borde de la barranca y esperaba. Aspiraba el aroma a río fresco de verano. Contemplaba a los pescadores que, a lo lejos, volvían con sus canoas. De tanto en tanto, sonaba la campanita anunciando que el anzuelo había atrapado algún camalote y la tanza se estiraba hasta que él la liberaba del aprieto. Con los años le asaltó una preocupación, porque tuvo que comenzar a usar anteojos. Entonces, sumó al equipo unos binoculares de potencia visual, y una camarita digital con zoom. Por eso, porque tenía tiempo para pensar en medio de la serenidad del paisaje, supo que le podría llevar el resto de su vida volver a verlo.

decir lo mismo

    Cuando terminaron de hacer el amor, se dejaron descansar en una charla que ya les era habitual en sus encuentros. Dalia contemplaba de tanto en tanto su cigarrillo, mientras exhalaba lentamente el humo como si eso le alcanzara para subrayar sus frases. Nando disolvía serenamente su mentolyptus, que le servía para no caer en la tentación de volver al tabaco. Estoy cansada de que insista en decir lo mismo y no se dé cuenta de que ya no quiero vivir así, se quejaba Dalia. Ya hace seis años que cree con soberbia que me puede manejar como a un títere sin destino, completó. Nando suspiró y dijo: ella es igual, no se da por vencida, nunca me pregunta, si digo que voy al café a charlar con los muchachos, supone que debo ir, sí o sí, a un ministerio en busca de no sé qué.    Se abrazaron con la idea de sentirse menos solos, en ese cuarto de un amigo que repetía hasta el cansancio que no sabía que hacer con el lugar, a quién meter allí y dejarlo hacer lo que le venga en ganas. Dalia apagó la colilla en el cenicero que estaba sobre la mesa de noche. Se besaron para convencerse de que lo físico también jugaba un papel importante al lado de las palabras. Nando la miró durante mucho tiempo antes de darse vuelta para hablar mientras contemplaba el techo despintado. Además, me jode que después de hartarme con férreas órdenes me deje para irse a esas mesas de lecturas a leer poemas y cuentos cortos que no sé quién escucha, se enojaba Nando. Dalia sonrió con desdén y comentó: conmigo es más cruel, llegó a ponerme en el camino un pozo de noche donde caí y me fracturé una pierna; tuve que soportar seis días de internación, porque, claro, daba más emoción a la historia. Dalia suspiró para agregar con contundencia: sabemos que se ven; él también va a esos encuentros de lectura, y me he enterado que vuelven juntos en su coche; pude sentir, más de una vez, el aroma del perfume de ella.    Mientras se vestían, asistiéndose mutuamente, se abrazaron por un tiempo sin tiempo. Dalia dijo: por suerte en algún momento duermen y podemos vernos. Nando agregó: por suerte nos dejaron en la mesa de ese bar, solos, para que tuviéramos la oportunidad de conocernos, aquella mañana de junio. A coro, en voz baja, completaron: ésta es la novela que nos gusta. Cuando cerraban la puerta, Dalia dijo: él no hace más que pensar en el mercado y en encontrar la fórmula, su fórmula, que me involucre, aunque yo no quiera. Nando le acarició el cabello y dijo: ella lo mismo, busca estrategias para concursos, y ruego que termine ya; que nos permita circular por el mundo, y que podamos encontrarnos en cada madrugada.

    Se separaron, perdiéndose en la oscuridad, y pensando en las palabras que siempre les daba la sensación de que las escribía otro. 

las cosas que fueron

     Fabi acariciaba a su perro Cachupín cuando vio que Julio, su padre, preparaba el mate con cierta meticulosidad. ¿Es cierto, papi, que estás trabajando en el edificio más alto de Rosario? le preguntó. Va a ser el edificio más alto, cuando lo terminemos dentro de tres meses, le contestó Julio. ¿Y me vas a llevar a la terraza para ver toda la ciudad? Sí, claro, siempre y cuando vayamos antes del estreno. ¿Por qué antes del estreno? Porque allí va a vivir gente muy importante y van a poner un sistema de seguridad que impedirá la entrada de cualquier persona. Pero, papi, vos no sos cualquier persona. Vos estás ayudando a construirlo. Pero las cosas son así, Fabi. Las cosas que fueron ayer, y las cosas que serán mañana, si no las cambiamos nosotros.     ¿Y cómo se verá desde allá arriba? Va a estar lindo, se va a ver toda la ciudad, como si estuvieras en un avión; todo el río, las islas, y la puesta del sol todas las tardes como ésta. Mirá que hermoso atardecer. Pero acá no es lo mismo, papi. Claro que no, es mejor. Fijate, Fabi, que vengo cansado de pegar ladrillo a ladrillo y, sin embargo, siento placer de poder ver el sol que cae con ese rojo tan particular mientras tomo estos amargos. Y te veo a vos, y al Cachu, mientras esperamos a tu madre que venga de entregar esos pantalones que cosió toda la tarde. Prometeme que me vas a llevar, papi, antes de que pongan a todos esos policías. Sí, te voy a llevar, apenas lo terminemos. ¿Y por qué no hacemos uno igual aquí? preguntó Fabi para sostener la charla nomás. Porque no hace falta. Allá en el centro no pueden ver cuando cae el sol, allá en el centro no pueden ver tantas cosas. Acá podemos ver toda la naturaleza, la lluvia, por ejemplo, que acaso entra sin pedir permiso en tu dormitorio hasta que tapamos las goteras. Acá podés jugar con tus amigos hasta más tarde, y pasan menos autos. Por todo eso no conviene hacer uno igual, Fabi. ¿Pero igual me prometés que me vas a llevar, una sola vez? preguntó Fabi, desde lejos, y se fue corriendo detrás de Cachupín que se había empeñado en perseguir a una mariposa.

mañana lloverá fuerte

     Lo había dicho el día anterior, no porque lo presintiera sino porque el dolor de sus huesos lo sabía. “Mañana lloverá fuerte”, repetía de a ratos, mientras guardaba ropa en bolsos raídos y subía el televisor, la cafetera eléctrica que le había regalado su hija, y el viejo lavarropas a tambor oxidado por el tiempo más que por el agua enjabonada. “Mañana lloverá fuerte, y nos va a tapar a todos”, agregaba sin demasiado optimismo.      Los vecinos que lo habían oído no le creyeron demasiado, porque la ciudad se había agrandado en los últimos veinte años, y ellos ya no se veían en la periferia. Sonreían cuando lo veían cargar sus trastos hacia el precario techo de esa casa bajita. “El clima cambió, pero puedo oler aún el aroma a lluvia fuerte que está por venir”, le había confiado a un hombre de su edad que no pudo convencer a la familia de que tomaran precauciones.     Por la noche, sintió que ya había levantado todo lo que le hacía falta para sobrevivir algunos días en el techo. Antes de irse a dormir recorrió el barrio y se lamentó de que sus vecinos no hubieran tomado ningún recaudo, sólo porque la televisión decía que haría buen tiempo, con sol radiante.    Eran las cuatro cuando se desató el vendaval. En dos horas llovió lo que habitualmente en un año. Los gritos desesperados de algunos, el llanto de otros y las sirenas de los bomberos y de las unidades de defensa civil taparon los últimos estertores.

    Sentado en su techo, solo, miró alrededor y comenzó a tirar sus cosas en el agua que le rodeaba. La frase que había repetido hasta el cansancio: “Mañana lloverá fuerte”, le pareció lo más inútil que había dicho en su vida. Y de nada valía, esa tarde, darle la razón a la televisión, cuando vio el cielo limpio y un sol que descendía con lentitud hacia el poniente.

una pasión Central

    La idea central de esta historia es que Calatorta fue un hombre de una fe inmensa en sí mismo. Porque lo que ocurrió, no surgió como réplica a una apuesta, ni como revancha de nada. Surgió de su propia fe en sí mismo para cumplir su sueño, más allá del extraño encuentro con el hombre del sobretodo negro que le cambió la perspectiva de vida.    Cuando Calatorta fue a ver al presidente de Central que había sacado del pozo al club luego de la intervención judicial, fue directamente al meollo del asunto. Calatorta le dijo que debía firmar para esa temporada porque estaba escrito que él podía darle un campeonato. El presidente, Augusto Bauzaga, le respondió, con esa cortesía que bien saben utilizar los ejecutivos, por supuesto, que ya habían cerrado las incorporaciones para ese año. Lo sé, dijo Calatorta, es por eso que estoy aquí, para sorprender al medio futbolístico con mi retorno a las competencias. Entonces, el presidente se levantó del escritorio de su despacho, despidiendo a Calatorta y señalándole la puerta para que se vaya en ese mismo instante. Éste le franqueó el paso y le dijo al oído: ¿usted no oyó hablar de los mundos paralelos, del triángulo de las Bermudas, de la cuarta dimensión? El presidente Bauzaga sólo había escuchado algo parecido en la madrugada de la cena del colegio de abogados. Cuando con sus ex compañeros de promoción se reunieron para celebrar el aniversario número treinta de su graduación, y se bajaron todos los tintos que había en la heladera del bufet. ¿De qué me habla, Calatorta? Si me escucha cinco minutos, se lo cuento; si no le convence mi explicación, me iré para siempre y usted se hundirá en el descenso de categoría, para pena de más de la mitad de la ciudad. El presidente se separó del aliento a paico que le propinaba Calatorta con sus afirmaciones cerca de su rostro. Mientras se dirigía a su escritorio, con lentitud y cautela, buscaba su celular con la vista para pedir socorro porque pensaba, evitando darle la espalda, que sólo un desequilibrado mental podía emitir esas imperiosas frases extraídas, si se quiere, de películas clase B. Se sentó en su sillón de cuerina auriazul, y concluyó que debía dedicarle media hora a Calatorta para no verlo más por el resto de su vida. Hable, Calatorta, hable, dijo con desgano.    Hace algunos años, cuando yo tenía dieciséis, y entrenaba en la ciudad deportiva con el ímpetu que se merece nuestro más honorable deporte, comenzó a narrar Calatorta. Vaya al grano, interrumpió el presidente. Conocí, en esa época a una chica, muy hermosa por cierto. Bueno, no sé cuáles serán los parámetros de belleza que usted maneja, presidente, pero a mí me gustaba. Bueno, un día, mejor dicho una noche, cuando estábamos tomando un jugo en un barcito de la avenida Alberdi y Casilda, me dijo que se iba a Italia porque le había salido una beca para realizar una secundaria con especialización en no recuerdo qué especialidad. Pero me rogaba que siguiera con mi carrera, que el fútbol para mí era todo y que no podía dejarlo así como así, que ya tenía un lugar en las inferiores de Central, y un montón de cosas que, con el tiempo me puse a pensar si me lo dijo por amor, o porque me quería abandonar.  ¿Y ésto qué tiene que ver con esos mundos... paralelos, que usted mencionó antes, Calatorta? Ya va a ver, presidente. Lo cierto es que hice los trámites, saqué pasaporte, todo, para irme con ella. Y me fui nomás. Pero cuando llegué a Italia, no la encontré por ningún lado, y anduve en algunos trabajos clandestinos, porque allá era difícil regularizar los papeles. Y en esa época, no querían a futbolistas de sudamérica, como ahora, aunque yo les explicara que era el único jugador de inferiores de Central que hizo seis goles en un solo partido. Lo cierto es que cuando pude juntar algún dinero para venirme, ya habían pasado diez años. Y aquí ya no pude jugar más que en el Cruce Alberdi. Porque los pibes debutan en primera cada vez más jóvenes, a los diecisiete, a veces. ¿Y los mundos, el triángulo de los Bermúdez, qué tiene que ver con lo que me está contando, Calatorta? preguntó el presidente, con creciente impaciencia. Bueno, retomó Calatorta, los sábados al irme de la cancha que tenemos en el Cruce Alberdi, ya de noche, sin que me vieran mis compañeros, yo me iba al muro ése, donde se fundó el club, ahí al lado de los talleres ferroviarios. Iba a orar, para que la vida me dé fuerzas para volver al fútbol competitivo. Y una noche de ésas, me encuentro con un hombre extraño, de unos sesenta de edad, con un sobretodo negro, y en verano, lo que hacía aún más extraña la cosa. Este hombre me dice que vino del futuro y que vio todo, porque él se perdió en el Paraná un día de tormenta y apareció en un desierto donde estaban los aviones y los barcos desaparecidos durante la segunda guerra mundial. Y dijo que ese lugar era como la base de un núcleo energético de todos los tiempos en un solo tiempo. Y que allí pudo ver por internet, porque en ese lugar había internet, por supuesto, que todos los sitios deportivos decían que este año Central había ganado el campeonato con un gol mío. ¿Y usted le creyó, Calatorta? preguntó el presidente. Calatorta lo miró con una sonrisa maliciosa. La sonrisa de los jugadores de póker que están por exhibir un as. Como no le voy a creer si me mostró la hoja impresa. Me imagino que usted la tiene allí, afirmó el presidente. No, la tenía sí, pero un día de lluvia se me cayó en la calle y se fue por una alcantarilla. Sin ofenderlo, Calatorta, ¿usted pensó cómo hago para explicarle a los hinchas que contraté a un futbolista retirado...? ¿Cómo retirado? bramó Calatorta, si juego en el Cruce Alberdi todos los sábados y en la semana me entreno corriendo desde Alberdi y Travesía hasta la Usina Sorrento. ¿Usted pensó en el informe médico, en cómo lo va a encontrar la revisión a sus cincuenta y cinco años, Calatorta? Bueno, bajó los decibeles Calatorta, sólo tengo la columna vertebral desviada y un problemita de várices, nada más. Un golcito por sábado sigo metiendo. Además, se habla de que la A.F.A. para detener la violencia entre las barras bravas, va a autorizar la incorporación de un hincha en el plantel, para que participe del campeonato. Piénselo, presidente, piénselo, dijo Calatorta, con un dejo de amenaza que tal vez no se alcanzó a percibir del todo.    En los días subsiguientes, el presidente Bauzaga consumió toda la literatura que le proveyó su adolescente hijo acerca del triángulo de las Bermudas, de los mundos paralelos y esas cosas. A medida que leía, le iba corriendo un frío sudor por la espalda, porque pensaba que Calatorta podría tomar alguna venganza, tal era la excitación que demostraba. Así que cuando la A.F.A. decidió dar el visto bueno a la incorporación de un hincha por plantel, con el fin de parar la violencia en el fútbol, el presidente, en reunión de comité ejecutivo, anunció la contratación de Calatorta, Santiago Calatorta. Y agregó que era mejor así, ponerlo a Calatorta como elemento de experiencia, que hable con los pibes, que sea útil al grupo en una palabra. De última, afirmó, es una nota de color, que buena falta nos hace.    Así, con el transcurso de las fechas del torneo de ese año, lo de Calatorta fue acostumbrando al público, porque el clima en el club venía bien. Iban siete fechas y estaban invictos. Le habían ganado a River, en el Monumental, le ganaron a Boca en Arroyito, ganaron cuatro a cero el clásico, y sólo perdieron dos puntos con Colón en Santa Fe, con un empate sobre la hora. Además, la gente llenaba el Gigante porque querían ver debutar a Calatorta. Porque hasta allí, Calatorta, bien hay que decirlo, era el más querido en el grupo. Cebaba mate en la concentración, armaba los equipos de chin-chón entre los jugadores, y hasta impulsó una banda de rock que integraban el arquero, un zaguero y dos delanteros. Contra Boca había estado a punto de entrar. Cuando Calatorta escuchó al técnico que le dijo: vaya a calentar, pensó por un segundo que lo mandaba a poner la pava para el mate, pero de inmediato se paró del banco y empezó a trotar al borde del campo y ahí sintió por primera vez el cariño de la hinchada. Miró al cielo, agradeció estar allí, soñó con un gol, lo dibujaba en el aire, volvía a soñar, volvía a soñar, hasta que lo despertó el silbato del árbitro dando por terminado el partido. Otra vez será, pensó. Sin embargo, así fue que los dirigentes se dieron cuenta de que la hinchada iba para ver a Calatorta, y que si lo mantenían en el banco hasta el final del campeonato, harían formidables recaudaciones que permitirían sanear la economía del club. Era como en las telenovelas, cuando se espera el beso entre la pareja protagónica y sucede en el último capítulo. Ya se había tornado una mística, miles de seguidores iban a ver al equipo de visitante, por si debutaba Calatorta, y el técnico lo hacía calentar al borde del campo en todos los partidos para alimentar esa expectativa.    Así llegó la última fecha, y Central debía ganar sí o sí, porque atrás venían pegados Banfield y Lanús, con hambre de gloria. Calatorta sabía, por la predicción, que ése era su día. El técnico, ensimismado, pensaba que se jugaba su carrera, porque si no lo ponía y perdían el campeonato, se lo iban a reprochar toda la vida. Pero por otro lado, estaban los pibes que eran más veloces, y con cuarenta y cinco kilos menos que Calatorta. Lo cierto es que la tarde ya se moría, el clima era tenso, como suele suceder en cada cero a cero, y  Banfield iba ganando y le estaba sacando un punto. Cuando el cuarto árbitro puso el tablero dando tres minutos de descuento, al técnico le quedaba un cambio y llamó a Calatorta, que estaba calentando desde hacía media hora. Una ovación descendió de las tribunas cuando le puso una mano en el hombro y le dijo: Calatorta, entrá y hacé lo que puedas, más vale que el triángulo ese sea verdad, porque si no te rompo el culo a patadas cuando termine el partido. De inmediato pidió el cambio, y Calatorta ya estaba trotando, lentamente, pero trotando hacia el área rival. Salió el saque lateral, la tomó el pibito que jugaba de enganche, hizo una maniobra de lujo, y cuando iba a pisar el área, fue barrido por el zaguero. El árbitro marcó la falta sin titubear. Quedaba un minuto. A Calatorta los rivales le hacían cualquiera. Le tomaban la camiseta, le decían viejo, cornudo, varicoso. Cuando salió el tiro libre, y la pelota estaba en el aire, Calatorta quiso salir del off-side y se cayó de espaldas al arco, ante la risa de los defensores contrarios. La pelota aprovechó la debilidad provocada por la hilaridad y dio en la espalda del zaguero grandote, y antes de que cayera sobre la vena safena de la pierna izquierda de Calatorta, éste sacó el zurdazo, manteniéndose acostado y sin mirar el arco. Se fue dando vuelta de a poco y vio cómo el balón pegaba en el palo del lado del río, del arco que da a Regatas. Pegó en el palo y se fue mansita en busca de la red. Calatorta se quedó en el piso y vio la locura de la tribuna. Era la mejor película que había visto en su vida. De pronto una montaña de compañeros se le cayó encima. Y cuando se levantó, vio al árbitro pidiendo la pelota para tocar el silbato por última vez. Después vino la vuelta olímpica, las notas en la televisión, y todas esas cosas sólo reservadas a los héroes. Y durante años, Calatorta cenó gratis en los restaurantes cuyos dueños eran canallas. No pagaba un taxi, no hacía cola para pagar los impuestos, todas las rosarinas deseaban salir con él, y recibía toda clase de reconocimientos de fundaciones, y distintos estamentos provinciales y nacionales.    Unos años más tarde, una mañana cualquiera, no importa cuál, porque esto del tiempo es efímero y confuso, Calatorta se levantó dispuesto a seguir disfrutando de  su gloria. De inmediato notó que un fuerte dolor de cabeza se adueñó de él. Salió a la calle y le pareció extraño que nadie lo saludara como antes. Algo faltaba en la vida de Calatorta. Fue a comer al restobar de Pepino y, al terminar, el mozo le mostró la cuenta. Todo seguía siendo muy extraño. Pasó por el muro de los talleres ferroviarios, donde se había fundado Central, ese día con la cara del Negro, todo azul y amarillo y Dios dibujado pidiendo perdón a Rosario. Se quedó orando, preguntándole a la vida qué estaba ocurriendo, hasta que anocheció. En ese momento apareció aquel extraño hombre de sobretodo del que había hablado alguna vez. Calatorta lo tomó, desesperado, de las solapas y le preguntó qué pasaba. El tipo sacudió el aliento a paico que inundaba la conversación y le dijo, con pasmosa naturalidad: eso fue en un mundo paralelo, en otra dimensión, hermano. Mirá, si no, ahí va el presidente Bauzaga, mirá como lleva pizzas a domicilio. Calatorta vio al tipo, de bigotes tupidos, joven, con anteojos para sol, muy parecido al presidente Bauzaga, verdad, montando una Gilera azul. Pensó que podría ser un hijo. El dueño de la pizzería se asomó y le gritó: Augusto, te olvidás la de anchoas para el viejo de la gomería. Calatorta bajó la vista, soltó al extraño hombre de sobretodo negro y se fue caminando, a paso lento, padeciendo su primera derrota en años y dejando un ínfimo espacio para pensar  en el gol que tal vez haría el sábado siguiente en la cancha del Cruce Alberdi.